Franco y el espíritu nacional     
 
 ABC.    01/10/1958.  Página: 35. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

FRANCO Y EL ESPIRITU NACIONAL

Se han cumplido veintidós años de la exaltación de Franco al gobierno y regiduría de España como

nación libre e independiente. Y no es un deber frío, sino una satisfacción alegre y jubilosa celebrar la

memorable efemérides, en la que un hombre genial y extraordinario, de los que la mano misteriosa de la

Providencia se cuida de colocar en el camino de los pueblos, según Balmes, cuando éstos atraviesan

momentos críticos, empuñan el mando y abren paso a la paz y al progreso y continúan la Historia.

Hombres a los que la Providencia misma inspira la orientación más conveniente del gobierno, la cual

consiste—según fórmula también balmesiana—"en hacer concurrir en un punto todas las fuerzas sociales

y en hallar el centro de gravedad de una gran masa para ponerla en equilibrio". Hay que contar, por

consiguiente, con que ellos mismos representan el equilibrio y la serenidad porque acumulan todas las

virtudes y porque tienen puro el honor oficial, limpia la conducta privada; claras las cuentas y bien

ganada la intención. Porque, en definitiva, y según decía Ortega y Gasset. "son emperadores de sí

mismos, primera condición para imperar sobre los demás".

Pero es que, además, la misión providencial de Franco no se limitó a poner en pie y a reconstruir una

nación con la ciencia política del gobernante, sino a rescatarla victoriosamente con las armas del oscuro

dominio comunista. ¿Quién fue el que apuntó el parentesco vivo y cercano entre la milicia y la política?

¿Quién el que señaló las numerosas coincidencias entre la estrategia política y la militar? ¿Quién el que,

ciego y resentído pronunció aquella estupidez de que. "la paz es, una cosa muy seria para dejarla en

manos de los generales"?

Sin embargo, esta estupidez no fue lanzada por ningún estúpido, sino incluso por un gran patriota.

Clemenceau, que, como tal, lanzó también la frase espartana de pedir que le enterraran de pie por si

Francia le necesitaba en algún momento. Si el viejo "Tigre" galo, que ganó la guerra, pero perdió la paz,

hubiera vivido en nuestros días, se hubiera comido la frase, porque hubiera visto que, contra su opinión,

han sido los generales —Eisenhower, Franco, De Gaulle...,—los que más celosamente se han dado a

defender la paz, cada uno en su esfera y en su país, precisamente contra ideas y subversiones de hombres

civiles, que son los que con más frecuencia en los tiempos presentes arrastran al mundo al peligro de una

nueva conflagración universal.

Acaso el secreto de esta curiosa coincidencia se encuentre en el hecho de que siendo la política—la buena

política—abnegación y sacrificio y responsabilidad puede ser entendida y practicada mejor por los que

tienen impuestas inexorablemente en su código profesional estas difíciles virtudes. "Pospuesta la vida y

propuesta la gloria" fue el lema de los más cumplidos caballeros cruzados medievales. Justicia y sacrificio

al deber lo es de los gobernantes modernos a los que Dios tocó con su inspiración suprema para conducir

a los pueblos hacia la paz y hacia el progreso.

Pero es que también tanto la economía como la milicia han evolucionado esencialmente, porque la

primera no se limita ya, en aras de una de las mayores concesiones al tópico, a catalogar y aplicar

fórmulas de avaricia para amasar caudales privados, sino que ha derivado hacía otras de bien común,

como también lo ha hecho la milicia que hoy, con su fuerza, pero también con su prudencia —Franco lo

ha expresado ya inequívocamente en uno de sus más afortunados discursos—, constituye la más firme

garantía y la más celosa guarda de la paz, que es el bien común más estimable para la humanidad. Algo

ha ocurrido, en efecto, para que estos dos estamentos, tan importantes de la sociedad coincidan y se

complementen, y es que ambos han llegado a confundirse en una aspiración común de paz y de progreso,

y Franco es, entre nosotros, el símbolo visible de esta aspiración.

Podríamos acumular aquí una buena copia de argumentos estadísticos, de testimonios cifrados, por virtud

de los cuales aparecería el balance brillante de la prosperidad y resurgimiento de España bajo el Gobierno

efe Franco. Preferimos, sin embargo, dejar hablar al corazón en vez de hacer hablar a los números, porque

estamos seguros que es más en el corazón generoso que en la cabeza calculadora de los españoles donde

el eco de esta fecha y de esta efeméride tendrá más resonancia.

Hemos citado a Franco—y lo está por derecho propio—entre los campeones modernos de la prudencia y

del buen sentido internacional. Pero quisiéramos también, porque es de justicia, destacar, al cumplirse los

veintidós años de su gerencia de la vida española, el gran paralelismo, la sorprendente ponderación, que

se ha dado entre sus aptitudes castrenses, sobradamente demostradas de toda una vida que ha sido una

pura milicia espiritual, sirviendo a la dignidad y al honor, y sus aptitudes de gobernante pacifico y civil,

incluso en aquellas difíciles y espinosas que entraña la orientación económica, en la cual, por cierto, han

sólido fracasar frecuentemente los grandes políticos que no fueron más que eso, por carecer de sentido

económico. ¿Sería muy aventurado afirmar que la primera República cayó porque Figuero1a, aun siendo

hombre inteligente, no supo asimilar a su Gobierno el sentido económico? ¿Y que la segunda República

cayó también porque, aun conociendo el sentido económico, lo despreció enterrándolo con paletadas de

corrupción?

Franco, por el contrario, como gobernante sagaz y avisado, ha sabido en todo momento cómo lo político,

lo social y lo económico se funden y entrelazan en la vida de los pueblos modernos, y que su manejo

acertado responde también a las fórmulas de la estrategia regidas por la ley de la victoria. Pero es que

Franco ha hecho algo más importante que todo lo apuntado, algo que eleva su gloriosa capitanía a la

cumbre del acierto: Franco ha enseñado a los españoles a ser inasequibles al escepticismo, al desaliento, a

la derrota, a sentir de nuevo—¡y cómo se había perdido!—el pulso de un patriotismo verdadero y

prometedor. En definitiva. Franco en España, como Fichte en Alemania, como Gambetta en Francia y

como Cavour en Italia ha sacudido y despertado el espíritu nacional, la esperanza de un futuro libre e

independiente.

 

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