Autor: Borrás, Tomás. 
   Cinco anécdotas de Franco     
 
 ABC.    01/10/1958.  Página: 35-36. Páginas: 2. Párrafos: 9. 

CINCO ANÉCDOTAS DE FRANCO

La anécdota es como un gesto que se sorprende en el rostro, el que revela un estado momentáneo

espiritual. Unidas las anécdotas delinean el carácter. Y el carácter es la mitad del hombre, la otra mitad es

su vencimiento del carácter. No somos más que espontaneidad —anécdota—y esfuerzo por ordenarnos a

un fin—conducta—. Los estudios sobre los hechos de Francisco Franco iluminan sus acciones,

sobresalientemente históricas. El anecdotario está inédito. Voy a contribuir a su colección con cinco

destellos que explican, a lo poquito, el modo de ser de una figura de dimensión impresionante.

I.—SERENIDAD

Me lo contó el general Beigreder en el mismo Tetuán, donde sucedió, en aquellos días del 38 en que

fuimos, a las órdenes de Corrochano, Marqueríe, Lucientes, Vela y yo a fundar "España", de Tánger.

Beigbeder me mostraba el "despacho del Caudillo", en la Alta Comisaría, el que ocupó a su llegada el 19

de julio de 1936. En él hay una lápida que lo conmemora.

—Llegó Franco, después de su peligroso viaje desde Canarias; del aeroplano saltó a tierra y Sáenz de

Buruaga y unos cuantos oficiales le dimos el parte de la situación. En el salón de la Alta Comisaría

estudiamos desde media mañana el plano —el primero—de aquel proyecto de reconstruir España

empezando por el cimiento El cimiento había de basarse en la colocación de los puntos de apoyo

victoriosos. De lo que se oía por las "radios", de la confusión de las diversas aseveraciones, sacábamos la

impresión más pesimista. No nos quedaba, después del caos de las primeras luchas, sino Sevilla, donde

Queipo fingía, atrincherado en las ondas, tener millares de legionarios..., todos en la zona marroquí;

Cádiz, Zaragoza, Burgos y alguna ciudad castellana más, Galicia, Navarra, Canarias. Esto era lo seguro.

Lo seguro también, que las milicias marxistas habían aplastado los débiles intentos del resto de la

Península, y aun Baleares parecía tambalearse en el combate desigual. Por la noche, la fiebre no había

remitido. Estábamos convencidos de lo peor. El Ejército de Marruecos, unos 18.000 hombres, permanecía

intacto, fieramente fiel. Pero con la escuadra invadida y los oficiales detenidos, para nuestro Ejército—el

único— comenzaba el bloqueo. Y en el solar nacional, salvo algunos cercos numantinos y ciertas

comarcas a modo de islotes de resistencia, todo seguía anegado por la ola roja, creciente, violenta,

implacable en su numerosidad y ferocidad triunfantes. Decir los cigarrillos que se fumaron, los nervios

que se desgastaron, los proyectos que se hicieron, sería describir el cuadro de unos capitanes y unos

soldados que se ven en el trance peor: llenos de coraje y, al mismo tiempo, aherrojados. Tan sólo Franco

permanecía silencioso, atento a los datos, que unía y analizaba para encontrar la certeza. Pues las noticias

de las emisoras eran cada vez más mareantes, tan contradictorias. Sin embargo, la deducción era la

exacta: nos habían aplastado en los sitios clave, donde había guarniciones, jefes de calidad e industria, y

en las capitales. Nos mirábamos unos a otros y casi no nos conocíamos: tan crispado era nuestro gesto.

Aquello era peor, mucho peor, que combatir. Hablábamos a un tiempo, en tensión de no poder hacer,

nosotros que teníamos poder para ello, los únicos que disponíamos de fuerzas; los demás, incluido Mola,

impelidos a racionamientos inverosímiles de municiones, sin talleres, con hombres, pero hombres con

pistolitas o palos. La desgracia se cernía sobre el Alzamiento como ave agorera. Así, hasta las once de la

noche, todos a punto de estallar. Excepto Franco, digo, que miró al reloj y nos dijo con su sencillez

pasmosa: ´´Bueno, es hora de irse a dormir." Y, saludándonos, se metió en su cuarto despacho, este mismo

que tiene la lápida. Pensé, como pensamos todos: "Se ha metido ahí para evitar el ruido, para meditar en

silencio, para trazar algún plan." Eso creíamos. Pero yo, curioso, a los cuantos minutos abrí con sigilo la

puerta y me asomé. Franco, en su cama de campaña, dormía tranquilamente. Volví a la tormentosa

reunión, sonriente. Me dije para mí: "Tenemos quien nos guíe con seguridad. Con la seguridad del que

domina los acontecimientos." Y así ha sucedido.

II. PREOCUPACIÓN

Esto me lo relató Millán Astray, en la llamada zona nacional, en una de nuestras cordiales entrevistas,

donde glosábamos las teorías falangistas y el posible diseño del nuevo Estado.

—Ya sabes lo que ocurrió cuando los rojillos tomaron Teruel. Era la primera. acción en que podían cantar

victoria, debido a que el comandante de la plaza capitulara. Pero el hecho, por inesperado. Impresionó

mucho, ¿te acuerdas? Además, ya sabes que el Generalísimo acude a la. cita militar siempre, y los

comunistas-separatistas habían planteado la batalla en un lugar para nosotros muy desfavorable para la

logística, por lo desértico y la falta de accesos. Lo mismo que acudió Franco a Brúñete, a la cita que le

daban con su ataque, acudió a Teruel. Pero lo de Teruel, con haber sido tremendo lo de Brunete, era peor.

Pues allí había que llevar unos cuantos Cuerpos de Ejército a la desolación lunar, sin pueblos, sin

caminos, sin agua, sin base posible alguna; la más cercana, Zaragoza. No sabes lo que es eso para un

general. Tener que hacer acampar sin escamotear al servicio de vigilancia enemigo cientos de miles de

hombres al aire, a la intemperie, sin protección y con decenas de grados bajo cero... Yo estaba en

Salamanca, y me emocionó pensar cómo el Caudillo estaría a aquellas horas preparando una ofensiva

durísima, quizás trascendental para el curso de la guerra, en las peores condiciones que se le pueden

presentar a un jefe. No me pude contener y me fui a "Terminus", como se llama el cuartel general de

Franco. Quería verle y quería ayudarle en algo, en lo que me indicara. "Términus" era un tren, en aquella

fase de la guerra. Hallé al Generalísimo, como me lo figuré, hondamente preocupado. Después de los

saludos, siguió paseándose a lo largo del departamento, inclinado el rostro; estábamos en silencio, yo

también en pie, contemplándole en su abstracción, en la elaboración de sus cálculos, de los que dependía

la suerte de una batalla importantísima... Se detuvo ante su mesa llena de planos y mapas, tomó una

cuartilla, trazó unos números y me dijo, ceñudo, severo: "Pepe, ¿tú crees que con tres pesetas diarias,

puede vivir un pescador gallego con su familia? Pues, a eso toca dividiendo por trescientos sesenta y

cinco días todo lo que gana al año." Y tiró sobre la mesa el papel, indignado. Era lo que le preocupaba en

aquel momento, que a mí me padecía decisivo. Le preocupaba la justicia social, lo que se debía hacer en

España después de la victoria. La batalla no le preocupaba. Estaba dominada de antemano por él.

III.—EL SOLDADO

Fuí a Burgos a un asunto de mi servicio. Me enteré de que el Generalísimo iba a visitar un hospital, y para

saludarle me incorporé al grupo de espera. Al mismo tiempo le daba un abrazo a mi amigo el doctor

Larrú, que ejercía en aquel hospital su tutela científica. Llegó el Caudillo. Vestía, como siempre en la

campaña, el capote holgado, sin más condecoraciones que el yugo y las flechas; tocábase con el gorrillo,

pero eso sí—elocuente detalle—, si los combatientes, sin excepción, y eran por millares de millares,

ladeaban el gorrillo hacia la derecha, derribándole un poco sobre la ceja como guiño picaresco, el gorrillo

de Franco permanecía en la vertical exacta, sin marchosería, disciplinado. El hospital era más doloroso

que los de primera cura. Naves con dos filas de camas entre artilugíos de listones, cables, cuerdas, poleas

y pesas, en cuyo enredo yacían, inmóviles, los heridos escayolados que precisaban pasarse en aquel

tormento cuarenta, más días, para suturar las fracturas, las parálisis momentáneas, las trepanaciones.

Franco recorría, cama a cama, el aparatoso inverosímil laberinto de la ingeniería médica. Dentro de cada

artilugio, un hombre asomaba su cara joven, empalidecida, los ojos más negros y más ígneos, quemados

por la fiebre. A cada cual le daba la mano. No hablaba. Se le veía conmovido. Así llegó a un bulto

entrapajado de cuya alba envoltura de vendas salía un ojo sólo. El médico de guardia le iba explicando la

lesión de cada cual. "Tiro en la cabeza", le informó al oído. Franco tomó la mano del soldado.

"¿Mucho?", le preguntó. "Sí, mi capitán". "¿No llevabas casco?" "Sí, mi capitán". Franco se animó. Sin

dejar la mano del, soldado, se puso a explicarle. "Mira, gracias al casco te has salvado de que te atravesara

la bala, porque las curvas del casco están, calculadas de tal modo que el proyectil resbala sobre su

superficie; pocas son graves debido a lo estudiado de su curvatura. Sólo un tiro de frente, muy frente a

frente, sin resbalar, entra. Por eso lo tuyo ha sido de refilón. Y por eso te pondrán bueno. Además, ya

sabes qua el casco libra de los otros proyectiles, las piedras que hace saltar la artillería.. ¿Té acuerdas?

Para eso es muy útil. Cuando vuelvas a filas, no olvides que hay que inclinar la cabeza en los

bombardeos. El casco te libra de las piedras, que muchas veces son peores que las balas. Y esto de ahora

no te preocupes muchacho" El soldado sonrió alegre, por primera vez, quizás. "Si, mi capitán." Soldados

aldeanos que no sabían las graduaciones. Eran voluntarios, pocos días aún en filas. A todos los jefes les

contestaban "Sí, mi capitán". A Franco le había dicho el médico: "Tiro en la cabeza. Mortal." El soldado

se confortaba con la conferencia del buen capitán, que sabe cómo enardece, hasta para morir, una palabra

de tú, una palabra de corazón a corazón.

IV.—FIDELIDAD

Me intrigó que la insignia de la Falange que llevaba Franco fuera de un metal oscuro, como de hierro.

Pregunté. Me contestó un ayudante: "Se la ha mandado hacer con el plomo de los proyectiles que extraen

a los soldados heridos."

V.—VISÍON

Un día llamó al ministro de Información, no sé si lo era ya, Arias Salgado, o fue antes de su gestión

activísima. Le dijo: "Hay que hacer una revista ilustrada para los obreros y personas que no pueden

emplear mucho dinero en periódicos. Las revistas que se publican cuestan demasiado para los

trabajadores manuales, deben tener su revista." A continuación le expuso su idea minuciosamente. Así

nació "7 Fechas", que, en efecto´, en seguida llegó a una de las mayores tiradas de la Prensa española.

Las anécdotas enriquecen la vida de los héroes, evitan en su retrato el apresto de la solemnidad, les

acercan a los hombres comunes. Alguna vez contaré más anécdotas de Franco, en que aparece el hombre

llano, sensible, sencillo y juvenil.T.B.

 

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