Autor: ;Garrido, Ernesto. 
   La noche de los cuchillos largos     
 
 El País.    03/10/1976.  Página: 11-14. Páginas: 4. Párrafos: 64. 

EL PAÍS SEMANAL, domingo 3 de octubre de 1976/11

La noche de los cuchillos largos

El 9 de febrero de 1956, hace veinte años, un falangista, Miguel Alvarez, fue herido de bala en un

enfrentamiento entre estudiantes. Durante meses, la vida de este joven de dieciocho años se transformó en

una preocupación permanente para los españoles. Más de cincuenta personas —demócratas los unos,

reformistas los más— serían detenidas y acusadas de provocar los sucesos. Algunos grupos de falangistas

y excombatientes se preparaban para pasar por las armas a los disidentes. El entonces ministro de

Educación Nacional, Joaquín Ruiz-Giménez, y el rector de Madrid, Pedro Laín Entralgo, encabezaban

una lista negra que circulaba entre las manos de los exaltados falangistas. El Ejército, bajo estado de

excepción, lograría, no sin esfuerzo, desarmar a los «ortodoxos». Apoyándose en el testimonio personal

de detenidos y protagonistas, y en la investigación de documentos históricos realizada por Fernando

González, Ernesto Garrido ha redactado este reportaje.

«Mientras yo sea capitán general, aquí no se mueve ni Dios.» La autoritaria orden del teniente general

Rodrigo, capitán general de Madrid, había electrizado, aún más si cabe, el ambiente político. Un

muchacho falangista de 18 años había sido herido de pistola en plena calle de Alberto Aguilera. Los

seuístas, furiosos, pedían venganza.

El Congreso Nacional de Estudiantes había revuelto la Universidad de San Bernardo. Convocado por

destacados líderes —demócratas los unos, reformistas los más—, mediante un manifiesto contra el

monopolio sindical que el SEU ostentaba en la Universidad, ese congreso se convirtió pronto en el

germen de los enfrentamientos.

El documento aperturista hacía referencia a la Declaración de Derechos Humanos de la ONU y fue

redactado por los intelectuales que se reunían en torno al circulo «Tiempo Nuevo», entidad cultural

promovida por el ministro de Educación Nacional, Joaquín Ruiz-Giménez, y el rector, Pedro Laín

Entralgo. Tres mil estudiantes estamparon su firma en el escrito, que fue leído en todas las clases de la

Universidad.

Pocos días después, cuando se discutía el documento en las aulas, los falangistas invadían la Facultad de

Derecho. Provistos de porras, palos y calcetines llenos de arena, arrasan el mobiliario y los enseres del

centro. La respuesta de los estudiantes no se hace esperar y se decide atacar los locales del SEU. La

violencia aumenta por momentos. Una lápida a los caídos queda destrozada y hasta se arrancan flechas

del escudo oficial de Falange.

El 9 de febrero se celebra el aniversario de la muerte del falangista Matías Montero, ocurrida en 1934.

Los periódicos de la víspera insertaban aparatosos recuadros con los actos programados para el festivo día

de exaltación de los valores nacionalsindicalistas. Los recientes enfrentamientos habían convertido la

conmemoración en un desafío político. Según las distintas notas, se celebraría una misa en la capilla de la

conflictiva Facultad de Derecho, una ofrenda de las tradicionales cinco rosas ante la lápida

conmemorativa, en la calle Víctor Pradera y visitas a las tumbas del propio Matías Montero y de José

Miguel Guitarte. Mientras, Arriba descargaba tinta contra los enemigos de la nación. Raimundo

Fernández-Cuesta, secretario general del Movimiento, había cruzado días antes el Atlántico y, después de

asistir a la toma de posesión del presidente brasileño Kubistchek, se dirigía a Santo Domingo. El ministro

de Educación, Ruiz-Giménez, clausuraba los actos conmemorativos del año ignaciano en la Universidad

con comprometidas palabras: «Tenemos en nuestra mochila las armas para triunfar, porque nuestra

esperanza está intocada, como el 18 de julio.»

El más duro enfrentamiento se produjo el día 9, cuando un grupo de estudiantes falangistas regresaba de

los actos en memoria de Matías Montero. «Varios estudiantes —explicaría más tarde uno de los heridos

en la refriega, Joaquín Ferrero— fuimos agredidos por otro grupo más numeroso, de ideología contraria.

Nos asustaron. Se desabrocharon las gabardinas y en sus manos aparecieron porras y palos, amén de

algunos stick de hockey. No vimos pistola alguna. Uno de nosotros, Eusebio Gamo, de Filosofía, se echó

adelante gritando el Cara al Sol. Empezaron a llover piedras sobre nosotros. Una de ellas descalabró a un

compañero. Entonces comenzaron a sonar tiros. A mi espalda cayó Miguel Alvarez. Todos echaron a

correr. Algunos de nuestro grupo se refugiaron en la esquina de Guzmán el Bueno. Tuve tiempo de

acompañar al que sangraba una farmacia.»

Según el mismo testimonio, unos treinta falangistas venían en marcha: «La masa, vociferante, a los gritos

de a ellos, que son falangistas, avanzó por el bulevar. Decidimos hacerles frente. Entre los universitarios

había alumnos de los colegios José Antonio, Santa María y César Carlos, y algunos cadetes del Frente de

Juventudes.»

Miguel Alvarez fue asistido en una farmacia. Sangraba copiosamente por la cabeza. Antonio Gullón,

secretario nacional de ex cautivos, ayudado por varios muchachos, introdujo a Miguel en un coche. Un

camarada del herido empapó con su sangre la camisa azul. Conmocionado y sin sentido, el herido,

miembro de la centuria Sotomayor, ingresó en la Clínica de la Concepción, perteneciente entonces al

Instituto de Investigaciones Médicas.

A los pocos minutos, los más altos mandos falangistas y destacadas personalidades del régimen llamaban

a la clínica. «No puede morir. Sálvele. El doctor Obrador, médico que asistió a Miguel Alvarez Pérez,

declaraba que el herido presentaba un estado de suma gravedad, shock traumático, inconsciencia y «una

extensa resección en el tejido cerebral lesionado y edematoso en la parte posterior del hemisferio

derecho». A una primera operación le sucedió otra de algo más de dos horas de duración. Jiménez Díaz

vigilaba personalmente el proceso.

Blas Pérez no dormía en los despachos del Ministerio de la Gobernación. Tomás Romajaro, vicesecretario

nacional del Movimiento —hoy secretario del Consejo del Reino; Manuel Fraga Iribarne, secretario

general de Educación; José Solís, delegado nacional de Sindicatos; el delegado nacional de exmbatientes,

Tomás García Rebull; Jesús Gay, jefe del SEU en el distrito de la Universidad, Miguel Ángel García

Ortiz, Vizcaíno, etc., que habían asistido juntos a himnos y glorias por el camarada Matías Montero,

permanecían inquietos en los despachos oficiales.

El camino de la reforma

Hacía dos años que el SEU había iniciado el definitivo camino hacia su fracaso y extinción, hecho que se

produciría diez años más tarde.

En 1954 sólo algunos grupos monárquicos disentían de la línea oficial del SEU. El Hogar Guitarte,

situado a espaldas de la Universidad de San Bernardo, era el lugar de reunión de los falangistas.

Un pequeño núcleo de universitarios —dice Enrique Múgica, actualmente miembro de la Comisión

Ejecutiva del PSOE— ni monárquicos, ni falangistas, consideramos la necesidad de crear un movimiento

democrático de universitarios. Dentro de este círculo había personas como Tamames o yo, que poseíamos

ascendencia republicana. Otros miembros eran Julio Diamante, Julián Marcos, Fernando Sánchez Dragó,

Javier Pradera, etcétera.»

Las últimas organizaciones de la FUE habían sido desmanteladas y «aprovechamos —continúa Múgica—

el nacimiento de un movimiento cultural contestatario. Por aquel tiempo se publicaron libros de Gabriel

Celaya y Blas de Otero. Era la época de Bienvenido, mister Marshall y los cineclubs ofrecían películas

hasta entonces prohibidas».

La Universidad comenzaba, después de la posguerra, a ser el centro de las preocupaciones culturales y

políticas, «aunque intentábamos llegar a la política por la estética». La visita a Gibraltar de una alta

personalidad británica derivó en una manifestación nacionalista organizada por el SEU y que contó con

todos los parabienes oficiales. Miles de estudiantes marcharon hasta la embajada inglesa entonando gritos

de «Gibraltar, español». En contra de lo que se podía pensar, fue disuelta por la Policía Armada.

La actuación de las fuerzas del orden produjo tanta irritación entre los universitarios que, reunidos en el

Paraninfo, examinaron la situación y, a los gritos de «prensa libre» —la oficial escondió, como era

norma, los hechos— y «abajo el SEU», se quemaron los periódicos de Madrid y se organizó otra marcha

hacia la Dirección General de Seguridad. El sentimiento democrático todavía se presentaba inmaduro, ya

que muchos estudiantes renegaban de Falange mediante slogans como «Franco, sí; Falange, no».

Semanas más tarde, se organizaron algunos encuentros entre la poesía y la Universidad, en los que

intervinieron escritores contestatarios. Con ellos se intentaba combatir la carencia de espíritu crítico y la

uniformidad cultural.

El éxito de los encuentros influyó decisivamente para que al año siguiente se celebrase el Congreso de

Escritores Jóvenes. Con la ayuda del rector, Pedro Laín —afirma Múgica— «intentábamos desarrollar

charlas y coloquios para la constitución de un sindicato democrático». El Congreso tuvo lugar en unos

locales que cedió el rectorado y en la presidencia se unían, por vez primera, miembros del SEU y

universitarios de corte democrático. Durante las sesiones se editó un boletín informativo de las

actividades, «en uno de cuyos números apareció una esquela de Ortega y Gasset, sin la cruz tradicional»,

apunta Múgica.

El ministro de Educación Nacional, convencido de que podría fraguarse una reforma desde dentro,

sentimiento muy compartido por otra parte por el ala progresista del SEU, colaboró en esta vivificación

de la Universidad. Ruiz-Giménez y Pedro Laín, ministro y rector, respectivamente, habían iniciado una

etapa de seudorrenovación que contaba con la antipatía de los duros personajes de Gobernación y

Secretaría General del Movimiento, encabezados por Blas Pérez y Tomás Romojaro. Ruiz-Giménez se

había propuesto escolarizar a todos los niños españoles.

Al iniciarse 1956, apareció en la prensa, concretamente en las páginas del semanario El Español (lo

editaba el Ministerio de Información y Turismo), un documento sobre la Universidad en el que se denun-

ciaba a diversos profesores y alumnos. Elaborado, entre otros, por Eduardo Navarro y Pedro Rodríguez

García,y atribuido al Opus, el escrito se extendía sobre una supuesta infiltración marxista en la

Universidad. Enrique Múgica, entonces militante comunista de base, era centro de atención por sus

amores con una muchacha en la playa y su osadía al escribir en la arena «soy comunista». Ramón

Tamames era acusado de «poseer inclinaciones electorales».

Derecho era la Facultad más renovadora. Allí se daban cita los profesores y alumnos contestatarios. Su

número había crecido desde el Congreso de Escritores Jóvenes. El éxito de éste hizo pensar en la

convocatoria de un Congreso Nacional de Estudiantes. «Era un intento de democratización de la

Universidad», dice Gabriel Elorriaga, ex gobernador civil, fraguista y en aquel año jefe de Actividades

Culturales del SEU. «El SEU, prosigue, se había transformado en un sistema de representación

corporativo, pero estaba viciado».

Junto a personajes como Tamames o Múgica se aglutinaban en el grupo personas nacidas del régimen.

Dionisio Ridruejo, mano derecha del fundador de Falange, comenzaba su repudio ideológico de las

doctrinas franquistas. Igual sucedía con Miguel Sánchez Mazas, José María Ruiz Gallardón, hijo del

Tebib Arrumi, monárquico y hoy ultraconservador, estableció relación con los anteriores debido a su

descontento por el pucherazo que recibiera la candidatura monárquica a las elecciones municipales de

1953. Formaban parte de aquella candidatura: Joaquín Satrústegui, Leopoldo Calvo Sotelo, Torcuato

Luca de Tena y Juan Manuel Fanjul. Gabriel Elorriaga, seuísta reformador, se avino a colaborar ante la

promesa de Javier Pradera —entonces miembro del PCE— de que conseguiría el puesto de jefe nacional

del SEU; jefatura que le había arrebatado Serrano Montalvo, después de que Jordana de Pozas fuese

destituido por criticar la actuación de la policía en la represión de la manifestación pro Gibraltar español.

En fin, otros nombres eran los de Juan Sebastián Garrigues (hijo del ex ministro de Justicia, Antonio

Garrigues y Díaz-Cañabate), Juan Antonio Bardem, Alfonso Sastre, Julio Diamante...

Primer manifiesto democrático

Tiempo Nuevo, círculo cultural presidido por Gaspar Gómez de la Serna y situado cerca de la calle

madrileña de Velázquez, era el punto de reunión de la intelectualidad. Allí se realizó la redacción

definitiva del documento de oposición público más importante después de la guerra.

El llamamiento al Congreso Nacional de Estudiantes se empieza a perfilar en la clandestinidad. La idea

parte de Jorge Semprún, responsable de intelectuales y estudiantes del Partido Comunista. «El documento

—dice Tamames— lo redactamos en el café La Mezquita —hoy café Santander—. Pradera, Múgica y el

mismo Tamames repasaron el escrito en el Retiro y José López Moreno —director de cine— lo redactó a

máquina. Múgica fue el encargado de leerlo en Tiempo Nuevo.

Miguel Sánchez Mazas, hijo de Rafael Sánchez Mazas, ex ministro, puso objeciones al texto. El actual

dirigente ugetista, exiliado en Ginebra, formó parte del consejo de redacción junto con Juan Sebastián

Garrigues y los tres citados. El mismo se encargó de hacer las copias.

El manifiesto fue leído en todas las facultades. Las clases se interrumpieron para recoger firmas.

Tamames, Carlos Zayas —hoy miembro del PSOE—, Gonzalo Sol —director de la guía gastronómica

Sol— y algunos otros recogieron las firmas. Tres mil estudiantes, entre los que figuraba el actual ministro

de Comercio, Juan Lladó Fernández Urrutia, estamparon su firma en el papel.

Las discusiones sobre su contenido se prodigaron. Tamames fue requerido por el decano de Derecho, José

Torres López, para que cesasen los debates. Curiosamente, las firmas nunca aparecieron. El rumor,

posteriormente desmentido por el protagonista, apunta a Juan Sebastián Garrigues como acaparador de

los contestatarios folios.

La noche de los cuchillos largos

En este enrarecido ambiente se producen los sucesos del 9 de febrero. La Universidad estalla. Las clases

se suspenden por decreto. El estado de excepción pesa sobre el país. Dos artículos del Fuero de los

Españoles, tan importantes como el 14 y el 18, serían suspendidos por tres meses.

La Dirección General de Seguridad acusa a los antifalangistas de portar armas y ser los únicos

responsables de los sucesos. Una nota oficial se centra sobre «la provocación de elementos de filiación

comunista». En la calle corren rumores dispares. Algunos dicen haber visto disparar a un taxista. Otros

estiman que fueron policías de paisano los que desenfundaron sus armas. Enrique Múgica estima, sin

embargo, que pudieron ser los mismos compañeros del herido los responsables de los hechos: «Me habían

mostrado en diversas ocasiones todo un arsenal de barras de hierro, pistolas y hasta granadas en el Hogar

Guitarte.»

La prensa recuerda los avisos que lanzó antes del día 9. Efectivamente, Arriba y otros periódicos

insertaron en sus páginas diversos artículos anticomunistas. El órgano de Secretaría General reprodujo un

artículo de Mundo Obrero, escrito por Federico Sánchez —alias de Jorge Semprún— en el que se

criticaba al SEU y se llamaba a «la lucha a favor de las libertades democráticas de expresión y

asociación».

Mientras los renovadores simultaneaban sus reuniones en las casas de Ruiz Gallardón, de Garrigues y de

García Valdecasas, Tamames era sometido por la policía a su primer interrogatorio. «Curiosamente no me

preguntaron», dice, «quién escribió el boceto». Tomás Romojaro y Gumersindo García —jefe del servicio

de investigación de la Secretaría General—, entre otros, alentaban a los falangistas para responder a la

«provocación». Desde los mismos locales oficiales se llamó a todas las centurias y juventudes.

Madrid temía una noche de los cuchillos largos. Una lista que contenía los nombres de más de cincuenta

personas circulaba en los exaltados ambientes falangistas. El ministro de Educación, Ruiz-Giménez; el

rector, Laín Entralgo; el decano de Derecho, Torres López, estaban incluidos junto a Tamames, Múgica,

Ridruejo, Pradera, Bardem, Sánchez Mazas, Garrigues y un largo etcétera.

En el lugar de los disparos, camaradas del herido Miguel Alvarez hacían guardia permanente. Torres

López, al conocer que estaba en la lista, huye a París. La Guardia de Franco, los falangistas ortodoxos, el

Frente de Juventudes estaban en pie de alerta. Las armas de los círculos seuístas pasaron de mano en

mano. Se ha estimado que 5.000 personas estuvieron aquella noche amenazadas de muerte. Luis González

Vicen, jefe de la Guardia de Franco, llamaba incansablemente a sus incondicionales.

Muñoz Grandes y los mandos militares hacían lo imposible por controlar la situación. El primero de ellos,

vicepresidente del Gobierno, era recibido urgentemente en El Pardo. Franco hace saber que todo depende

del estado del herido, que continúa debatiéndose entre la vida y la muerte.

Detenidos bajo excepción

El primero de los detenidos es Dionisio Ridruejo. Fuerzas policiales acuden a casa de Tamames, pero éste

se encuentra en la finca de Luis Miguel Dominguín (el padre de Tamames era médico del torero). Los

inspectores llaman por teléfono y Ramón Tamames tiene que trasladarse a Madrid con urgencia. «Es por

motivos de seguridad», me dijeron cuando me introducían en el coche, afirma el economista. Ruiz

Gallardón es detenido en plena reunión y en su casa. Es interrogado dos veces. Enrique Múgica, que se

hallaba cumpliendo el servicio militar, es trasladado a la capital. «En los interrogatorios —dice—

contesté que los manifestantes no llevaban ni siquiera un alfiler.» Gabriel Elorriaga es arrestado en La

Coruña, donde se encontraba pronunciando una conferencia.

Por fin, los centros de Falange, SEU y Guardia de Franco son inervenidos por el Ejército. Algunas

personas son desarmadas por la calle.

El Juzgado número 19, se ocupa del sumario. El «camarada» Roberto Reyes asume la representación de

la familia de Miguel Alvarez; Reyes era delegado de Justicia del Movimiento...

«Estuvimos nueve días incomunicados en la Dirección General de Seguridad», narra Ramón Tamames.

Al décimo día, el juez decreta la libertad provisional de los detenidos, pero el ministro de la Gobernación

ordena su traslado a Carabanchel. Los ministros y altas personalidades se suceden en sus visitas a la

Clínica de la Concepción. Juan José Pradera, hombre de confianza de Raimundo Fernández-Cuesta,

intercede no por su sobrino, Javier Pradera, sino por otro de los detenidos: Gabriel Elorriaga. El padre de

Tamames hace llegar sus preocupaciones a Agustín Muñoz Grandes.

Un día antes de que Miguel Alvarez comience realmente a recuperarse y mueva alguno de sus miembros,

son destituidos sin explicaciones —como era habitual— los ministros de Educación, Ruiz-Giménez, y del

Movimiento, Fernández-Cuesta. Laín, rector de la Universidad de Madrid, Fraga Iribarne, secretario

general técnico, también son apartados. Jesús Rubio y José Luis Arrese ocuparon los Ministerios de

Educación y Movimiento. Diego Salas Pombo sustituye a Romojaro en la vicepresidencia general.

Reliquias, plegarias y misas se suceden en todo el país por el estado de salud de Miguel Alvarez. Jorge

Mistral ofrece su sangre por si fuera necesaria una transfusión. El doctor Elío informa a la prensa: «Se

han aplicado al herido drogas neoroplégicas y su cuerpo estuvo sometido a hibernación.»

En la cárcel se unen a los anteriormente citados otra serie de personas, entre las que se encontraban

Fernando Sánchez Dragó, Julio Diamante, Julián Marcos, José Luis Abellán, Jesús López Pacheco. Juan

Sebastián Garrigues no llega a ser arrestado, debido a las gestiones de su padre.

Al mes y medio de los sucesos, un nuevo y nutrido grupo de personas ingresa en prisión. Vicente Girbau

y Francisco Bustelo son acusados distribuir ilegalmente un escrito de solidaridad con los detenidos, que

finaliza con la frase: «Abajo Blas Himmler.». Los defendería José María Gil-Robles en su primera

actuación como abogado de un juicio político, después de su vuelta del exilio. Al parecer, Franco se

interesó personalmente en la causa, pues le preocupaba que los acusados fueran absueltos.

Los treinta de Carabanchel

A los restantes se les acusa de reunión ilegal. «Tuvieron que incluir en el sumario hasta a los criados de

mi casa —dice Ruiz Gallardón—». Alguno de los detenidos es sospechoso de delito por tener en su casa

obras del «sedicioso filósofo» Ortega y Gasset y otros han de responder por poseer documentos de la

Comunidad Europea del Carbón y del Acero y de la Europa verde. Ruiz Gallardón se encarga, además de

su propia defensa, de la de Ridruejo y Sánchez Mazas. Antonio Garrigues, padre, defiende a su hijo. La

vista de la causa nunca se celebró, ya que, el mismo día en que dio comienzo, el fiscal retiró la acusación.

Ridruejo y Tamames pintaban en Carabanchel sus primeros cuadros y Fernando Sánchez Dragó

conseguía el premio de poesía, promovido por los detenidos en primavera. Ridruejo fue autorizado a salir

de su celda para asistir al entierro de su hermana en Soria. Al regreso fue otra vez conducido a

Carabanchel.

Elorriaga logra salir a los cuarenta días por medio de una instancia enviada «a tan alta jerarquía» como

Arrese. Javier Pradera cumple arresto en un cuartel de Getafe, dada su condición de teniente jurídico del

Ejército del Aire. El 17 de abril sale Tamames. El último es Enrique Múgica. El tiempo que permaneció

en prisión se lo descuentan del servicio militar.

La reforma ha fracasado

Los sucesos sirven para que los ultras tomen posiciones en distintos ministerios. Blas Pérez apuntala su

poder con la ayuda de García Hernández, padre del ex ministro, que posee una vivienda en la Dirección

General de Seguridad y es el encargado de organizar a la policía.

La reforma desde dentro ha fracasado y los falangistas consiguen su objetivo: apartar al propagandista

Ruiz-Giménez. Arrese es autorizado a ensayar de nuevo la revolución pendiente. Desde Secretaría

General intenta recuperar el SEU sin éxito. Reaparece La Hora, revista que dirigiera antes de los sucesos

Gabriel Elorriaga. Fraga es nombrado, con el tiempo, subdirector del Instituto de Estudios Políticos.

Según Javier Pradera, «1956 es un año de suma importancia en la historia del régimen». Ese año,

personas como Dionisio Ridruejo y Miguel Sánchez Mazas comienzan a distanciarse del franquismo. La

vida política se inicia en la Universidad. La oposición agrupa no sólo a los ilegales de siempre». Nace la

Asociación Socialista Universitaria (ASU) de la mano de Vicente Girbau, Francisco Bustelo, Montesinos

y Víctor Pradera (hermano de Javier). También se crea el Frente de Liberación Popular, compuesto por

cristianos de izquierda como Julio Cerón y Raimundo Ortega. Los monárquicos desaparecen de las aulas

universitarias.

Convencidos de que la contestación universitaria continuará, el Gobierno incrementa los efectivos de la

Policía Armada y las fuerzas de orden público en general. José Antonio Girón encamina al desastre

nuestra economía con su slogan «subiremos los salarios y no los precios». La galopante inflación agrava

la recensión económica producida por las heladas. Una gran nevada cae sobre el país y las exportaciones,

sobre todo las de cítricos, tocan fondo. La autarquía no es solución para la crisis. Los nuevos aires

económicos no llegarán a las esferas gubernamentales hasta la entrada en el Gabinete de Mariano Rubio y

Alberto Ullastres.

Franco estudia en un castillo sevillano, asesorado por Javier Conde y José Luís Arrese, la estrategia

política a seguir. El general percibe que la doctrina falangista sólo es viable traduciéndola al franquismo.

Blas Pérez abandonará el Ministerio de Gobernación, cargo al que había llegado de la mano de un hombre

de la confianza del general, el notario Martínez Fusset. La oposición estaba contenida, de momento, por

el miedo.

MIGUEL ALVAREZ VIVE

Después de ser operado, Miguel Alvarez no recordaba nada. Había olvidado todo, completamente todo.

Ni siquiera sabía rezar oración alguna. Un amigo, falangista, comenzó a enseñarle con paciencia. Después

de algún tiempo, recobró la memoria y aprendió cuanto necesitaba. Aún no sabe nada sobre el estado de

excepción decretado por Franco hace veinte años ni de los detenidos.

Miguel Alvarez vive. Casi ciego, paralítico de medio cuerpo, olvidado por casi todos, aquel joven

falangista de 18 años, herido de bala en un enfrentamiento entre estudiantes el 9 de febrero de 1956, pasa

horas y horas pensando aún en su recuperación. En un modesto piso situado en la calle General Alvarez

de Castro, 21, olvida poco a poco los sucesos de los que todo un país estuvo pendiente. Nada recuerda del

estado de excepción decretado por Franco hace veinte años. Tampoco sabe nada de los detenidos. Miguel

fue recogido por manos falangistas, manchado de sangre, cuando los manifestantes huían de los disparos

por las calles de Alberto Aguilera y Guzmán el Bueno. El XXII aniversario de la muerte de Matías

Montero fue el día más luctuoso para los supervivientes de la semiolvidada posguerra. Todo el país

pendiente de su vida. Una vida que salvó, en dos arriesgadas operaciones, el doctor Obrador y el cuadro

médico que dirigía el profesor Jiménez Díaz.

«Después de la operación —dice la madre— no recordaba absolutamente nada. Había olvidado todo,

completamente todo. Ni siquiera sabía rezar oración alguna. Un amigo nuestro, falangista, comenzó a

enseñarle con paciencia. Después de algún tiempo, recobró la memoria y aprendió cuanto necesitaba. Hoy

posee una gran cultura.»

Los partes médicos eran seguidos con inquietud por los detenidos y sus familiares. Incluso por personajes

que ocuparon puestos oficiales, como Laín Entralgo —rector de la Universidad de San Bernardo— o el

propio ministro de Educación y Ciencia, Joaquín Ruiz-Giménez. Los primeros tenían un juicio acalorado.

Los segundos sabían que sus nombres circulaban por el Madrid político en las listas elaboradas para una

noche de los largos cuchillos.

La casa donde hoy vive Miguel Alvarez Pérez está situada en el Madrid castizo de Chamberí. Estrecha,

sin luz, de escaleras desvencijadas. En el recibidor se agolpan un piano, el tresillo de terciopelo, un

tocadiscos último modelo y dos cuadros con sendos dibujos a carboncillo de Miguel y su hermana

Concepción, ya casada. Sus padres, Romualdo Alvarez Arenas y Concepción Pérez, acompañan a Miguel

a todas partes. Viven juntos en la misma casa de bodas, en el lugar donde nació el falangista galardonado

con la medalla al valor. La mayor parte de los vecinos desconocen su identidad. La familia Alvarez es una

familia cristiana y falangista. «Tanto él como su padre —asegura la madre— son hombres de ideas firmes

y patrióticas.» El abuelo de Miguel fue militante de Acción Popular. Miguel no pudo pilotar un avión,

objetivo para el que trabajó, antes del 56, en el Bazar Chamberí (Eloy Gonzalo, 28) y algunos bares

cércanos a su domicilio. Actualmente, su afición es tocar el piano, oír música y hacer gimnasia. «Me

hubiese gustado dirigir una orquesta y ser compositor. Ya no puedo, pero tengo realizadas varias obras

pequeñas.» Es un forofo de la zarzuela y de la música clásica y no se pierde concierto alguno del Teatro

Real.

La familia vive de la jubilación del padre y de los beneficios obtenidos por el quiosco de bebidas situado

frente al Palacio de Comunicaciones, y que el conde de Mayalde, entonces alcalde de Madrid, les

proporcionase. «No hemos recibido más ayuda que el quiosco —nos dicen—. Pero cualquier día cambian

de alcalde y nos lo quitan.»

Miguelito, como suelen llamarle todavía los médicos de la Clínica de la Concepción —lugar donde fue

intervenido por primera vez—, estima que los sucesos del 56 contribuyeron a garantizar «otros diez años

de paz para España». Es todavía socio de los Círculos de José Antonio, aunque su ficha no aparezca en

los archivos actualizados tras el último congreso. «Antes —dice— iba a menudo al círculo; hace tiempo

que no voy por allí, pues sólo daban conferencias y no se hacía nada.» Recuerda con nostalgia a Hedilla,

padre, «hombre que escribió cosas muy duras y que llevaba razón en lo que dijo sobre Franco. Estoy de

acuerdo con él». Opina que José Antonio Primo de Rivera «no hubiese vivido de cualquier forma» y que

actualmente es «urgente la unidad de los falangistas». «Me daría igual —continúa— que como jefe pro-

visional nombrasen a Arrese, Girón o Fernández-Cuesta, aunque es preciso reconocer que son viejos y

han de dejar paso a los jóvenes.» «¿Fraga?, Fraga es un chaquetero.»

Ni Elorriaga, Ruiz Gallardón, Tamames, Múgica, Padreda, conocen personalmente al falangista de la

centuria de Sotomayor. Desde la cárcel oirían su nombre y poco después, reconocerían a Miguel en las

fotos publicadas en los periódicos. «Ruiz-Giménez y su mujer nos han visitado varias veces. Incluso me

felicitan en Navidad y el día de mi santo. Son muy amables. Arrese y el conde de Mayalde también

envían recuerdos. Sí, Girón sí nos escribe. Fernández-Cuesta nunca se ha preocupado, no ha venido

nunca.»

Miguel Alvarez se pone muy nervioso cuando recuerda los hechos, a pesar de los treinta años

transcurridos. No tiene amigos, «los que tenía se han casado. Antes nos reuníamos unos treinta que

pertenecíamos a la misma centuria. Siempre marchábamos juntos en las excursiones. Al casarse, todo

varía. Yo lo comprendo.» Sus padres piensan que podía trabajar; «otros muchos —afirman— han

encontrado empleo».

«El doctor Obrador (habla la madre) hizo cuanto pudo.» Jiménez Díaz se portó muy bien. El doctor

Boixador, también. Jiménez Díaz hubiera deseado tener un hijo como Miguel, con el mismo amor a la

patria, con sus mismos ideales.» «Conservamos todos los recortes que se han publicado sobre el tema. En

cualquier biografía sobre Franco aparece Miguel. Nos han dicho que en un libro de un historiador francés

aparece una fotografía suya. He encargado a unos amigos que lo compren.»

«Franco —concluye Miguel—, me dijo que contara con él cuando recuperara la vista.»

 

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