Autor: García Serrano, Rafael. 
   Personal     
 
 El Alcázar.    30/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

PERSONAL

VIERNES, 29 OCTUBRE

Por Rafael GARCÍA SERRANO

No puede decirse que el acto de hoy en el Palacio de Congresos haya sido un fracaso, ni tampoco un

modelo de concordia, pero nadie podrá negarme que ha sido apasionado y lleno de vida. No es de

extrañar que surgan confrontaciones, incluso violentas en el camino de la unidad. Ni la Falange tiene nada

de conservadora y senatorial, ni la Falange tiene nada de disciplina al estilo de las democracias orientales

— que tanto han progresado en su bienestar y en su libertad, según algunas sorprendentes teorías

escuchadas hace unas horas—, de modo que cada falangista piensa e interpreta a su manera siempre que

conserve justamente lo que es el alma de la Falange: el modo de ser, el estilo. Cuando se carece de él

sucede que no se es falangista así o asao. Simplemente no se es falangista.

El regocijo indudable de nuestros enemigos, es regocijo también en mi —y me alegro de estar de acuerdo

con ellos— porque gracias al acto de ayer he podido aplicar esa pequeña regla de oro del "Arte de

identificar revolucionarios... y a los arma dores", que por desgracia tuvo que descubrir José Antonio. Por

mi parte he de agracecer a Sigfrido Hillers —aparte la indicación biográfica de su tesis doctoral y libro

consecutivo, que voy a comprar inmediatamente— el que entre una y dos de la tarde me aclarase que el

camino de la unidad falangista, pedida a coro por los que allí estábamos, no pasa por sus tesis políticas,

históricas y económicas, aunque si por la emocionante y ardorosa ingenuidad de los muchachos que le

siguen. Si Ramiro Ledesma Ramos nos enseñaba a aceptar como nuestra toda la historia de España,

lógico es que los falangistas aceptamos sobre nuestros hombros toda la historia de la Falange y —

perdón— como ayer escribía pensando en este mediodía del 29 de octubre "con sus aciertos, sus

equivocaciones, sus grandezas y sus miserias".

En medio del tumulto, una admirable mujer falangista, me dijo entre lágrimas: "Entierra ya esto, Rafael´´.

En mitad del sereno, prodigioso, razonable discurso de Raimundo, otra mujer, una muchacha, gritó:

"¡Franquista quédate con los viejos que los jóvenes nos vamos!". Y ninguna de las dos tenía razón. Ni

aquí hay nada que enterrar, al menos por el momento, aunque a todos nos van a enterrar si no

espabilamos, ni el mundo ideológico tiene nada que ver con el Registro Civil. De jovencito, por ejemplo,

y yo le oí hablar, ya me parecía a mi Gil Robles tan viejo como ahora; y hay ancianos de mente clara y

esclarecedora. Por poner un caso de la otra banda: Tito, digo yo, me parece más joven, más vivo y mas

útil para su país que algunos cuarentones y treintones del nuestro a la derecha, en el centro o en la

izquierda, en la oposición o en el gobierno.

Por otra parte seria mucho que se quisieran borrar de la Historia nuestra Guerra, las decenas de miles de

caídos en combate con la camisa azul, la sacrificada lealtad de los que fueron a Rusia, el aguante de un

pueblo cercado, la erradicación del hambre y la miseria y el nombre de Franco. Sería mucho pedir,

además, para no conseguir nada. Porque eso ahí está y no hay quien lo mueva.

Y ahora que lo pienso, sí que hay algo que enterrar: nuestras diferencias, hasta que nuestra doctrina y

nuestro plan de marcha funcionen coralmente, como en el "Cara al sol" que cerró el acto.

Cantando se hizo la guerra. ¿Por qué no vamos a hacer cantando nuestra unidad falangista? Basta con que

todos sepamos tomar el justo tono del estilo de José Antonio.

De ésta, pues, ni árbol ni cuerda, ni menos estruendos wagnerianos, que no nos van. Hablo, claro, por mí.

30 - OCTUBRE - 1976

 

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