Autor: Contreras, Lorenzo. 
   La evocación del discurso de la Comedia, piedra de toque de la división falangista     
 
 Informaciones.    30/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 17. 

La evocación del discurso de la Comedia, piedra de toque de la división falangista

Por Lorenzo CONTRERAS

MADRID, 30 (INFORMACIONES).

EL acto conmemorativo del discurso fundacional de la Falange, hace cuarenta y tres años, se convirtió

ayer en una violenta disputa verbal y física entre el franquismo de base joseantioniana y el falangismo de

raíces puras no colaborante con el régimen del 18 de julio.

Como se recordará, mientras Franco vivió, los aniversarios se celebraron en el teatro de la Comedia, y

cuando estas ceremonias tuvieron encrespados epílogos callejeros, la conmemoración se trasladó al

Consejo Nacional del Movimiento, donde un discurso de personalidad relevante desypachaba cada 29 de

octubre el trámite evocador. Muerto Franco, el acto ha carecido de respaldo oficial, pero se ha autorizado

su desarrollo en el Palacio de Congresos y Exposiciones, donde, efectivamente, la exposición de las

diferencias falangistas ha quedado bien trazada.

Un enorme albondigón humano rodó por el escenario cuando don Sigfredo Hillers, tras formular una

crítica contra el Régimen del 18 de julio, se empecinó en continuar el discurso que pronunciaba ante un

auditorio «pensado» para una oratoria más convencional: la de don Raimundo Fernández-Cuesta, ex

ministro de Franco y ahora depositario oficial de la titularidad de Falange Española de las J. O .N. S. que

le disputaban, entre otros grupos falangistas, los hedillistas y los Círculos Ruiz de Alda. A estos últimos

pertenece como más significativa figura don Sigfredo Hillers.

LA INVASIÓN DEL ESCENARIO

Cuando la invasión del escenario se produjo y los antagonistas rodaron por el suelo, el señor Hillers

permanecía en el pódium rechazando cuántas sugerencias se le hacían para que abandonase el uso de la

palabra. A ambos lados del escenario, las altas tribunas del Palacio de Congresos y Exposiciones

aparecían repletas de público. Tres mil o cuatro mil personas estaban allí, movilizadas fundamentalmente

por un interés ideológico en diverso sentido ante las incidencias que se desarrollaban. Las agresiones

mutuas en el escenario tenían en los graderíos su correspondiente prolongación.

Pudo ocurrir cualquier cosa, pero al final sólo hubo consecuencias de pronóstico leve. Un hedillista

resultó descalabrado y su sangre pareció la única que se vertió en la polémica, se habló de algún brazo

fracturado y de lesiones menores. El día antes supuestos hedillistas habían tratado de impedir con cadenas

y otras herramientas disuasorias la propaganda callejera de Falange Española de las J.O.N.S. Una

propaganda que exigía, con doble admiración, en esta hora política de España. Justicia, unidad, disciplina,

servicio, trabajo y estudio.

En el Palacio de Congresos. Pinilla, Blas Piñar, Gutiérrez del Castillo, Luis Emilio Calvo Sotelo, Utrera

Molina, Pilar Primo de Rivera y su sobrino Miguel, Montserrat Tey, Mónica Plaza, Teresa Loring, Pardo

Canalís, Felipe Solís y hasta Gonzalo Fernández de la Mora (monárquico del 18 de julio), ocupaban las

filas primeras del patio de butacas. Eran estas presencias las más directamente concernidas, junto con la

persona de Fernández-Cuesta, por las alusiones iniciales de Hillers.

La atmósfera se iba adensando progresivamente. Hillers reclamaba para los falangistas la condición de

«aguafiestas iluminados», repetía lo de «amamos a España porque no nos gusta», pero, al mismo tiempo,

invadía terrenos peligrosos cuando hablaba de «un Régimen que jamás fue nuestro», o aludía a «quienes

hemos llegado a ser falangistas a pesar del Movimiento», o «criticaba el papel de «comparsas de la

derecha», o deslindaba del campo de la lucha falangista al régimen del 18 de julio en el sentido de señalar

que «nuestro compromiso es con la doctrina de José Antonio», o puntualizaba que la camisa azul «no

debe ser envoltorio de mercancía averiada», o invitaba a «tener el pudor de no ocupar puestos de mando

en esta Falange de hoy»... Unos se miraban a otros con cólera mal reprimida o con alborozo indisimulado.

ESTALLA LA TORMENTA

De repente la tormenta es talló con todo su aparato eléctrico. Hillers tuvo la temeridad de decir,

aproximadamente, esto: «Todo está prácticamente por hacer y cabe comparar la solemne promesa del

Régimen del 18 de julio con la triste realidad de ahora.» Se inició el rugido general de los franquistas. En

vano moderó Sigfredo su tono. En vano explicó que sus palabras habían sido ya lanzadas cuando Franco

vivía, que formaban parte de una tesis doctoral y que, personalmente, no intentaba «hacer leña del árbol

caído ni aprovecharse de la desaparición del fundador del Régimen». Sonaron gritos de «Franco, Franco».

El piñarismo se movilizó. Con gesto airado, el notario don Blas empezó a gritar, pero lo interrumpieron

las voces de «unidad, unidad», mientras las primeras agresiones se intercambiaban.

Hillers, atornillado al «podium», trataba de hacerse oírse nuevo. De vez en cuando se le acercaba el señor

Urgorri Casado, procurador en Cortes, para sugerirle la conveniencia de abandonar el intento, pero Hillers

le despedía con modos cada vez más destemplados. El orador hizo un ensayo supremo: levantar el brazo.

Los aplausos rubricaron el gesto. Parecía operado el milagro de una dificilísima concordia «in situ», pero

las nuevas frases del orador desencadenaron las cóleras con redoblado vigor. «No basta —añadía

Hillers— decir que nunca hemos vivido mejor que ahora..» No pudo continuar. Su voz era inaudible.

En medio del escándalo, algunos falangistas franquistas tomaron el camino de la puerta entre gritos de

«Falange, sí; Movimiento, no». Doña Montserrat Tey comentaba cerca de este cronista: «Si continúa éste

—por Hillers—, me voy.» Acto seguido se produjeron las agresiones en el escenario.

Fernández-Cuesta, sentado en la mesa presidencial, fue «acordonado» por sus leales, jóvenes falangistas

uniformados. Hillers alzaba su voz para reanudar el hilo de sus argumentaciones. Decía: «Hacer

parangones con el ayer es como comparar las marcas de nuestros atletas del año 1976 con las de los

atletas del año 1936...»

En medio del tumulto, un joven vestido de falangista era apeado del escenario mientras gritaba hasta

enronquecer «Viva Franco».

NUEVA FASE DEL ACTO

Limpiado el escenario de luchadores, el acto entró en una nueva fase. Se habían marchado Blas Pinar y

sus partidarios. Se habían ausentado otras personalidades del Régimen. Había desaparecido Fernández de

la Mora, Raimundo Fernández-Cuesta, que antes hizo amagos de irse, subió al «pódium» entre aplausos.

Había ya muchos claros en las grandes tribunas. El ex ministro pidió silencio y orden «para no seguir

dando el espectáculo que hemos dado». Antes de que pronunciase su discurso, habló el presidente de los

Círculos Doctrinales José Antonio, pero su voz tropezaba con los gritos de «Sigfredo, Sigfredo». Carlos

Pinilla optó por abandonar la sala. El presidente de los Círculos pronunció unas frases retóricas,

rematadas por un nuevo alboroto cuando el nombre de Sigfredo volvió a ser invocado.

En la agitación anduvieron mezclados los Primo de Rivera. Se dijo que habían intentado agredir a Pilar,

pero este cronista no pudo comprobar este extremo. Fernández-Cuesta había hecho su amago de

evacuación, pero, al fin, se halló en el uso de la palabra. Inició su oración, pero le interrumpieron con

gritos de «O todos o ninguno». Acabó haciéndose oír. No todos los presentes aplaudieron su discurso.

«Más de cuarenta años no pueden olvidarse», decía don Raimundo. Y añadía: «Si Falange estuvo en el

Gobierno, no por ello ejerció realmente el Poder.» La concurrencia se agitó al oír esto. Los «pretorianos»

de Fernández-Cuesta se habían repartido por los pasillos de los graderías y silenciaban a los revoltosos

que aún permanecían en la sala. El ex ministro continuaba: Falange debe sentirse orgullosa de su

aportación, que ha hecho que muchos hayan sido falangistas sin saberlo.» Sonó una voz: «Raimundo, eres

el mejor.» El orador arrancaba nuevos aplausos al proclamar que la Falange, sin su acción en los años de

Franco, sería ya un mero recuerdo histórico. Pedía unidad entre «los históricos y los jóvenes».

Denunciaba «los propósitos de atomizarnos». Pedía la eliminación de los rencores. Trataba de refutar las

acusaciones de que la Falange es totalitaria, antidemocrática y derechista. Defendía la democracia

orgánica frente al sistema liberal, «impotente para contener el avance del marxismo».

Eran los estertores del acto. Alguien comentaba cerca de este cronista: «Se están cargando el 20 de

noviembre.» Lo decía con pena. Llevaba camisa azul. Raimundo Fernández-Cuesta terminaba su

discurso. Se cantaba el «Cara al Sol», brazo en alto.

Fuera, en la explanada de acceso al Palacio de Congresos y Exposiciones, la Policía Armada pedía a los

grupos que se dispersaran. Se había conmemorado, sin Franco, el aniversario del discurso fundacional de

la Falange. La vieja guardia contra la joven guardia. Los beneficiarios del 18 de julio contra los

partidarios de heredar el espíritu de José Antonio, administrándolo como un legado intacto llegado a sus

manos tras un túnel de cuarenta años.

INFORMACIONES

30 de octubre de 1976

 

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