Autor: Suevos Fernández, Jesús. 
   La Falange, hoy y siempre     
 
 Arriba.    09/11/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

CRITERIO PERSONAL

LA FALANGE HOY Y SIEMPRE

Por JESÚS SUEVOS

EN el aniversario del 29 de octubre de 1933, fecha de la fundación de la Falange, tuvimos el

honor de hablar a un numeroso grupo de falangistas en el recinto, para muchos entrañable, en

el que José Antonio vivió sus últimas horas y murió por España. Los incidentes que en la

misma fecha perturbaron el acto conmemorativo de Madrid y las glosas, periodísticas

posteriores nos permiten pensar que no seria del todo inútil reproducir en estas páginas una

síntesis de lo que en Alicante dijimos. Porque en medio de la confusión en que se está

encallando —y encanallando— el buen sentido de los españoles, no es inútil lo que de algún

modo contribuya a poner en las cosas un poco de claridad. Se le pueden atribuir a la Falange

muchos defectos, pero de ningún modo el que no haya sabido expresar con precisión, e incluso

con elegancia, lo que lleva dentro de si y se propone. Hagamos todos un esfuerzo para, ahora

más que nunca, ser precisos y claros.

En primer lugar es preciso insistir en que lo que le concede verdadera importancia al 29 de

octubre de 1933 no es que aquel día naciese una agrupación política por mucho que esa

agrupación haya podido influir en la vida española de los últimos cuarenta y tres años, sino que

entonces se propuso a los españoles una renovada manera de ser: en definitiva, la manera de

ser español en el siglo XX. Es decir, la posibilidad de que la idiosincrasia española, lo que

Ortega llamaba con hermoso vocablo la «españolía», pudiese insertarse sin distorsiones ni

traumatismos en las concretas circunstancias del mundo vigente. La Falange se propuso, ante

todo, que el español no tuviese que falsificarse para ser actual y, a la vez, que el peso muerto

del pasado no le impidiese erguirse en busca de un destino contemporáneo. Esta manera de

ser gravitó sobre los españoles ocho lustros, y los fue impregnando de tal modo que a la

mayoría del pueblo le pasa hoy lo que al burgués gentilhombre de Moliere, que hablaba en

prosa sin saberlo. Y los españoles actuales hablan según el estilo falangista, sin darse cuenta,

incluso, los que insultan o atacan a lo Falange. No es de extrañar que muchos de los líderes de

los partidos de «la oposición» hayan militado en el SEU o el Frente de Juventudes y que, a

pesar de lo que dicen, delaten su procedencia por la forma en que lo dicen. Lo Falange, pues,

se ha convertido en mucho más que la agrupación de los falangistas. Y es lógico. Porque

nunca pretendió ser un partido, ni siquiera el único, sino mucho más: la decisiva argamasa de

una nación unánime. José Antonio dijo del viejo SEU que era gracia y levadura de la Falange.

Pues eso es lo que la Falange quiso ser para España: el elemento dinámico que diese forma y

sabor no solo a la político, sino a la entera vida española. Y sólo sabremos hasta qué punto lo

consiguió cuando baje —que ha de bajar— la sucia marea en que hoy chapoteamos.

En segundo lugar, la Falange hizo muy bien en unirse al Alzamiento Nacional del 18 de Julio. Y

no podía hacer otra cosa. Por que en aquel trágico momento no se trataba del triunfo de las

derechas o las izquierdas, de los progresistas o los reaccionarios, sino de un dilema de vida o

muerte: o España mantenía su independencia permaneciendo en el ám bita de la civilización

occidental, o se resignaba a ser un satélite de Moscú. La elección no podía ser dudosa para los

falangistas, fuese cual fuese la desembocadura político del triunfo militar. Lo primero era salvar

a España, porque sin España la Falange no tendría objetivo. Y cuando el Alzamiento obtuvo la

victoria, la guerra mundial, primero, y el antagonismo internacional, después, hicieron que se

demorasen forzosamente los planteamientos revolucionarios. ¿Qué hacer? ¿Abandonar a

España a su destino o seguir al pie del cañón procurando conducirla hasta una ribera de la

historia en que la hostilidad no fuese tan implacable y se pudiera mantener lo verdaderamente

enjundioso y útil del Movimiento? Tampoco esta vez pudieron dudar los falangistas. Servir y

sacrificarse había sido siempre su lema y su propósito. Y lo hicieron así, pero no como meros

comparsas, sino como fundamentales colaboradores en la formidable empresa de

reconstrucción nacional que condujo al pueblo español al más alto nivel de vida que haya

conocido en su historia. No sólo proporcionaron al Régimen del 18 de Julio una retórica y una

liturgia políticas, que no por casualidad se hicieron populares, sino que, con todas las

vacilaciones y cortapisas que se quiera, impusieron una política social de gran envergadura

que transformó por completo al mundo del trabajo. Hemos dicho más de una vez que si no

hubiera existido el 29 de octubre de 1933 no hubiese sido posible el 18 de Julio de 1936 o, de

existir, sería muy diferente de lo que fue. Gracias a la presencia de la Falange el Movimiento

Nacional no se redujo a ser pura reacción o conservadurismo, sino que puso en marcha un

proceso de modernización del país, que aún continúa y que los «reaccionarios de la izquierda»

no podrán detener. El Alzamiento y el Movimiento fueron las oportunidades que la historia

ofreció a la Falange. Se puede pensar que hubiera sido preferible que hubiese ofrecido otras.

Pero no lo hizo. Y como la historia sólo pasa uno vez ante cada generación, la Falange cumplió

con su deber al cogerla en marcha. Quien no comprenda eso no comprende nada de lo Falan-

ge de hoy y de siempre.

 

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