Autor: JASA. 
   Falange no es fascismo     
 
 El Alcázar.    29/12/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

FALANGE NO ES FASCISMO

CUALQUIERA que se acerque a la Falange con un mínimo de documentación y buena fe podrá advertir,

de inmediato, que no es un movimiento fascista. Que cuanto pudiera inducir a esta vinculación constituye

un reflejo de las formas dominantes en el período fundacional, pero nunca un elemento sustantivo. Pese a

ello, desde diversos ángulos se pretende descalificar la validez de presente y de futuro del pensamiento de

José Antonio Primo de Rivera en base a un pretendido paralelismo con los fascismos fenecidos al término

de la 2ª Guerra Mundial, justificando su supervivencia en España gracias a la protección de Francisco

Franco. Intentaré demostrar que el nacionalsindicalismo como fórmula genuina de revolución española

alberga, a la altura de nuestro tiempo presente, las claves para una profunda transformación nacional

desde el veneno, la savia y la sustancia de nuestra identidad hispana.

Debería ser suficiente, al menos en principio, la afirmación tajante de José Antonio en fecha tan temprana

como el 13 de abril de 1.934: La Falange Española de las JONS nada tiene que ver con el fascismo

español. Pero hay datos que la confirman. En el discurso de proclamación de FE de las Jons, en

Valladolid (4 de marzo de 1.934) subrayaría que "la Falange no es copia del fascismo". Y en abril de

1.936 ratificaría: "Falange no se ha llamado jamás fascismo en el más olvidado párrafo del menos

importante documento oficial ni en la más humilde hoja de propaganda". Su juicio sobre el fascismo,

(julio de 1.934) expresado con claridad ante Indalecio Prieto, era el siguiente: "En el mundo prevalece el

fascismo, y esto más nos perjudica que nos favorece, porque resulta que el fascismo tiene una serie de

accidentes externos intercambiables que no queremos para nada asumir".

Pero la auténtica prueba de la diferenciación entre Falange y fascismo está en la oposición de principios y

de ética. Adolfo Muñoz Alonso, pausado estudioso del pensamiento Falangista argumenta con precisión:

"A José Antonio le han amarrado a la galera naufragada del fascismo. Los adversarios, los enemigos y

algunos entusiastas le han clavado el epíteto de fascista en el tajamar de su pensamiento político como un

mascarón de proa". Y a lo largo de todo un capítulo, desgrana la originalidad española de la Falange en la

línea de nuestra Tradición, ajena a cualquier mimetismo. De esta forma, atribuye al fascismo las

siguientes notas características: a) absolutidad del Estado, b) concepción espiritualista de la persona, c)

compromiso de acción, d) eticidad y religiosidad del hombre, e) historicidad. En definitiva —concluye el

autor de "Un pensador para un pueblo"— un estatismo personalista o personalismo estatista.

Pues bien, aunque la Falange comparte y asume el criterio trascendente de la persona, lo concreta y

dignifica con un entendimiento de libertad y con un sentido religioso. Mientras que en el fascismo el

sujeto real de la libertad efectiva es el Estado, para la Falange es el individuo social. Mientras que el

fascismo considera preceptiva la estrategia de la fuerza, la Falange la interpreta como último recurso.

Mientras que el fascismo se estructura en base al corporativismo, la Falange se asienta sobre los

sindicatos de trabajadores. Mientras el fascismo enarbola un matizado sentimiento racista, la Falange no

discrimina entre orígenes y nacionalidades. La Falange se identifica con el fascismo en la búsqueda de la

identidad nacional, pero rechaza el predominio de una clase —de cualquier clase— en la ejecución de ese

objetivo misional.

Sustanciado este aspecto, se infiere una consecuencia: la Falange no es la vanguardia de la reacción, del

inmovilismo, de la clase conservadora. Plumas esclarecidas sentenciaron, con error, que la Falange estaba

irrevocablemente abocada a una posición de derecha —o de extrema derecha— en base a una

interpretación desgajada y parcial de su contenido, a partir del sentimiento fuertemente nacional y

patriótico de que en todo momento hizo gala José Antonio. Tal postura olvida deliberadamente que la

Falange asumía como propias las más radicales exigencias sociales, con toda su crudeza y con todas sus

consecuencias para los grupos acaudalados, que pretendieron instrumentar la generosidad combativa de

los falangistas —y su ingenuidad ardorosa tantas veces— en defensa de sus intereses, de sus privilegios y

de sus prerrogativas de poder y dinero. El secuestro —sin paliativos— llevado a efecto por el capitalismo

sobre la Falange al término de la guerra de Liberación para domeñar su espíritu revolucionario y

aprovecharse de su capacidad de convocatoria en beneficio propio ha ofrecido a los españoles, durante 40

años, una visión absolutamente distorsionada y falsa del pensamiento de José Antonio.

Ahora que el capital se sirve de otros instrumentos para seguir explotando las mejores energías nacionales

y carga sobre la Falange todos los errores cometidos en este período de tiempo, es necesario que el

nacionalsindicalismo comparezca ante el pueblo español con su perfil distintivo y con su pureza

originaria; es decir, al lucro corrompido de los especuladores y frente a la mascarada avasalladora de los

demagogos. La Falange, por encima de la emoción, de la nostalgia y del recuerdo, tiene validez en cuanto

que España sigue necesitando de una transformación radical y en cuanto que propone una vía

revolucionaria para conseguirlo. La Falange, ante el tiempo nuevo, tiene que hacer valer sus propuestas

atendiendo los requerimientos de la sociedad a la que desea servir y ha servido con tanta generosidad y

coraje, de forma que constituya un renovado proyecto de vida en común sin convidados ni inquisidores.

JASA

29 — DICIEMBRE — 1976

 

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