Autor: Girón de Velasco, José Antonio. 
 Ante un Aniversario Histórico. Discurso de Girón en "Fuerza Nueva". 
 La obra de Franco no tiene por que morir  :   
 España prospero porque el Caudillo le dio la paz a la Patria y exigió trabajo a los españoles. Conferencia de José Antonio Girón de Velasco en el Aula "Fuerza Nueva". 
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Ante un aniversario histórico

LA OBRA DE FRANCO NO TIENE POR QUE MORIR

España prosperó porque el Caudillo le dio paz a la Patria y exigió trabajo a los españoles

Ante un aniversario histórico

Señor Presidente de «Fuerza Nueva», señoras y señores:

Por expresa invitación del Presidente de «Fuerza Nueva» vengo a ocupar esta tribuna de cuya

popularidad, solvencia y lealtad no tengo la menor duda. Vaya, pues, primero, mi gratitud por esa

invitación y por el tema específico que esa invitación comporta: el recuerdo de Francisco Franco ante el

primer aniversario de su muerte; y vaya con ella, también mi gratitud por las cariñosas palabras, tan

amplias en generosidad, como cordialmente expresadas, que me acaba de atribuir este infatigable,

impávido y sereno luchador de España, que es Blas Piñar. Blas Piñar reúne potencialmente las mas

serenas virtudes de nuestra raza: sentido cristiano de la vida, españolismo, amor a la justicia y valor sin

estridencias. En una época en que se menosprecian o se ignoran los atributos que elevan al hombre sobre

su primaría condición física, en el Presidente de «Fuerza Nueva» han encontrado muchos hombres

jóvenes un ejemplo a imitar y un jefe a quien obedecer. Nuestro entendimiento de la vida —nuestro

estilo— nos exigen la máxima austeridad en nuestras propias satisfacciones dialécticas. Por eso ´yo esta

noche, tan emotiva, tan tensa, no quiero perderme un párrafo de gracias para entrar en directo, sin

protocolo, en el tema que nos preocupa. Ese tema se llama España. La España, un poco desolada, tras la

ausencia definitiva del Capitán que la condujo por derroteros de dignidad y decoro nacionales.

No podemos evocar la memoria de Franco sin hacer antes una clara e inequívoca afirmación: si por

perfeccionamiento del sistema que él nos legó se entiende abrir de par en par las puertas del Estado y las

puertas de España a los enemigos del Estado y a los enemigos de España, nosotros nos opondremos con

todas nuestras energías a esa operación. Si el perfeccionamiento del Sistema .heredado de Francisco

Franco consiste en conciliar legítimos intereses plurales en el fortalecimiento de la unidad de la Patria, de

sus tierras, clases y gentes, entonces si, entonces si colaboraremos a una tarea que ya quedaba marcada

indeleblemente en las postreras palabras con que Francisco Franco, Caudillo de España, se despedía de un

pueblo que, a los pocos meses de asistir emocionado a las jornadas de aquel acontecer histórico, ha

visto cómo los políticos han adoptado una actitud de indiferencia ante las injurias o los menosprecios de

que ha sido objeto aquella memoria venerable.

Quisiera esta noche vencer -toda emoción razonable en servicio de toda claridad exigible. Vengo a

hablaros de Franco. Pero ya se equivocan de entrada quienes supongan que vengo a hablar de Franco

muerto, de su pasado, de su ejemplo, de su obra. Vengo a hablar de Franco en la misma frontera del

futuro y vengo a proclamar sin miedo, que si Francisco Franco cruzó para siempre, en olor de gloria, los

anchos umbrales de la eternidad, la obra de Francisco Franco no tiene por qué morir, aunque lo hayan

dispuesto al unísono la Internacional marxista o la Internacional capitalista.

Franco salvó a España. Franco fortaleció a España. Franco liberó a España y muerto Franco no vamos a

permitir que se arroje el cuerpo saludable de España al atormentado mar donde estuvo a punto de perecer.

Si alguien se propuso eso, no se propuso, en rigor, una reforma. Se propuso una traición. Pues bien:

sépase ya que para nosotros son igualmente adversarios quienes atenten a la unidad, a la libertad a la

grandeza de España, que quienes traten de socavar o destruir el Estado en la versión institucional prevista

por la Ley Orgánica y encarnado en la persona del Rey y a cuya asistencia y afecto nos invitó el Caudillo

en su última consigna.

Muchos años antes de que se cumpliesen las previsiones sucesorias, fui el primero en proclamar que el

fenómeno del Caudillo era históricamente irrepetible. Un hombre así es un regalo de la Providencia para

un pueblo, que sólo se repite al correr de los siglos. Pero si bien la figura humana de Francisco Franco era

irrepetible, si es repetible y mejorable, el patrimonio que legó a los españoles: un patrimonio que, en´ boca

del Rey, se sintetizaba en un presente de paz, desarrollo y bienestar. Y, sin embargo, la realidad

socioeconómica de España no es, por el momento, halagüeña. Frente a esta realidad de poco vale que,

más allá de nuestras fronteras, se nos aplauda o se nos silbe. Los españoles han perdido en parte lo que

obtuvieron del Caudillo y si el rumbo de la política nacional no se endereza, todavía van a perder más. Y

no es licito ni inteligente, tratar de defender algunas amargas situaciones actuales, con el fácil expediente

de atribuirlas a causas anteriores, porque entonces llegaríamos a la comparación del peor momento

pasado con el peor momento actual y, claro está, que las situaciones actuales saldrían perdiendo en este

examen de comparación.

Nadie parece sentirse obligado a explicar las razones últimas de este giro que va desde un razonable

optimismo en la vida social y económica de nuestro pueblo, a un razonable pesimismo en los ámbitos de

esa misma vida. Para hallar la respuesta a la pregunta sólo bastaría detenerse en un análisis brevísimo, en

síntesis si queréis, del método de Franco: ¿por qué prosperó España frente a la enemiga del mundo, sin

planes específicos de ayuda, partiendo de la desolación y la pobreza? Sólo por una razón: porque el

Caudillo le dio paz a la Patria y exigió trabajo a los españoles. La paz y el trabajo fueron las claves del

milagro para que España se situase en una plataforma de lanzamiento camino de ser una potencia en

Europa. Los europeístas estarán, acaso, satisfechos de que nos concedan bendiciones políticas en el viejo

continente, pero nada nos dicen de un hecho estremecedor por su propio significado: antes de que se

cumpliese el año de la muerte de Francisco Franco, el Banco Mundial nos advertía, sin miramientos,

nuestra proximidad a ser inscritos en la relación de los países insolventes, mientras que el índice de

nuestra producción industrial caía aparatosamente y la mediana y pequeña empresa, que han sido, junto a

los trabajadores, la clave del desarrollo, empiezan a cerrar sus puertas, o por la asfixia económica o por la

provocación intolerable de los piquetes de huelga al servicio del marxismo.

Una meditación necesaria

Confío en que todos vosotros entenderéis e) sentido de mis palabras. Vengo a haceros partícipes de una

larga meditación que siente la necesidad de conectar con otras inquietudes, con otros sentimientos y

juicios. Y no deseo que el sentido de sinceridad que aspiro a otorgar a mis palabras sea perturbado por

sugestiones o por fáciles halagos. Esta noche gravita sobre todos nosotros un hecho concreto: el signo de

España ha cambiado radicalmente, ante el regocijo de unos pocos y la insólita incredulidad de la mayoría.

Vamos a analizar el cómo y el por qué de este pasado inmediato, que se inicia en el triste amanecer del

20 de Noviembre de 1975 y que arrastra todo un fecundo periodo de Jamas toleraremos que el futuro

pueda

ser interpretado como el derrumbamiento de la realidad colectiva vida española, concebido para muchos

años y para muchas generaciones. Ya puede decirse que no acertaron ni quienes auguraban para después

de Franco el cataclismo, ni quienes confiaban, sosegados, en las instituciones. No se cumplieron ninguno

de los supuestos. Y lo que ahora resulta evidente es que, después de Franco, se ha producido la deserción

de muchos políticos y la abierta traición de otros. Esto no es obra de casualidad. Las cosas no suelen

ocurrir porque sí. Sobre todo en política. El relato de esta página de historia tiene un preludio trágico del

que hay que partir para un entendimiento cabal de los hechos. Hago constancia expresa de que no vengo a

añorar nada y de que si aludo al pasado, remoto o inmediato, es para situar mejor el análisis del presente

y, sobre todo, para explicar o tratar de explicar, cuál debe ser el camino de nuestro futuro. Durante

muchos años los españoles traducían la palabra futuro con el cumplimiento de las previsiones sucesorias.

Jamás toleraremos nosotros que, la palabra futuro pueda ser interpretada por alguien como la imagen del

derrumbamiento de la propia realidad colectiva. Por eso, hemos de analizar lo que aconteció y hemos de

saber, cuál va a ser nuestro camino para recorrerlo, después, sin vacilaciones ni titubeos. Si Franco ha

muerto, con Franco no puede haber muerto todo el valor de España, todo el honor de España, todo el

sentido común de los españoles. Quienes intentasen borrar un pasado victorioso, en el que España alcanzó

sus logros más espectaculares, cometerían un gravísimo error político, porque si consiguiesen el objetivo

de esa destrucción, forzosamente llegaría a la situación contraria. Cuarenta años de historia fecunda se

legitiman, tanto por su origen y duración, como por el índice de su aceptación universal —Embajadores,

representaciones; tratados y convenios bilaterales, presencia en los altos organismos internacionales,

etc.— lo que significa que el cambio es tremendamente peligroso porque se desconocen las obligaciones

que promovían el consenso internacional y la aceptación interior.

En 1969 se resolvió lo que, hasta aquel momento, consituía una incógnita y una inquietud generalizadas:

la sucesión. De manera inequívoca y tajante, el Caudillo había replicado siempre, frente a los

especuladores del destino, con la clara afirmación de que el Movimiento se sucedería a sí mismo. En la

cercanía de Franco, el Príncipe don Juan Carlos de Borbón se educaba, y se educaba en España y a la

española.

Llegado el momento, ni antes ni después, porque el reloj de Francisco Franco sólo sufrió alteraciones

importantes en los últimos treinta y cuatro días de su larga existencia, don Juan Carlos fue proclamado

«sucesor a título de Rey» en la Jefatura del Estado. Resulta claro que la insigne voluntad del Caudillo no

se proponía sólo cubrir la vacante en la más alta magistratura del Estado; resulta claro que todo el orden

constitucional —y en ese ordenamiento es preciso enmarcar la resolución sucesoria— estaba dirigido a

garantizar el futuro de una España en paz, el futuro del Estado de Derecho y el futuro de una

programación política, servida en una amplia concurrencia de pluralidades, bajo cuya filosofía y espíritu

había conseguido la Patria la etapa más fecunda de su historia. Y Franco quiso garantizar todo esto no

sólo con su voluntad personal, sino con la asistencia, el consentimiento y el apoyo mayóritario de los

españoles. ¿Qué sentido hubiera tenido, si no, el abrumador resultado afirmativo de la consulta pública de

la Ley Orgánica del Estado? ¿Qué sentido hubiera tenido, si no, el resultado, también afirmativo y

mayóritario de las Cortes Españolas ante la propuesta por la que se designaba Sucesor a don Juan Carlos

de Borbón? En 1969 se suscribía, como en un pacto de honor y de valor histórico, la continuidad del

Sistema. Todas las partes estaban en feliz acuerdo: el Jefe del Estado, el Sucesor, las Cortes Españolas y

el pueblo. Los enemigos tradicionales de la Corona hubiesen querido que ese compromiso se

desvaneciera con el último latido del corazón de Francisco Franco.

Mal servicio prestan a la Institución y a España quienes, desde el secreto inconfesable de sus corazones,

se han propuesto la ruptura en lugar de la evolución.

Una sugerencia anticipada

Todo estaba garantizado. Todo estaba previsto. Todo menos una cosa: tras el dilatado período

constituyente del Caudillo que había sometido al pueblo español a una lógica y fructífera «convalecencia»

tras siglos de enfrentamientos y confrontaciones airadas, era preciso orquestar, también, la vida política

de la Nación de forma que, sin destruir el hallazgo joseantoniano de las vías de representación orgánica, a

través de las unidades naturales de convivencia, se facilitase la clarificación de la concurrencia política.

Era un paso lógico y necesario. Pero, sobre todo, era la forma más contundente de evitar que, muerto el

fundador del Estado de Derecho, ese Estado de Derecho se destruyera a instancias de situaciones tan

antiguas que se remontan, incluso, a un par de lustros anteriores al hecho histórico que hoy legitima,

todavía, el régimen político vigente. Era si, legítima esa evolución. Pero no era legítimo cambiar el signo

de la Victoria política y militar del 1 de Abril de 1939.

En 1972, tras muchos años de disciplinado silencio formulé en Valladolid una propuesta que, bien a mi

pesar, llamaría a escándalo. Paradójicamente llamó a escándalo a entidades políticas que sólo tres años

después han ido mucho más allá o mucho más acá, según se miren las cosas, de donde fueron mis

palabras. Pues bien: Frente a quienes alegremente nos atribuyen actitudes monolíticas, aquel día

sostuvimos, sin rodeos, que la sucesión de Franco no podría funcionar, porque carecía de savia e incluso

de sentido, sin el previo encauzamiento de la diversidad de interpretaciones políticas que se dan en toda

comunidad humana.

Una cosa era aquella propuesta y otra la que ahora se pretende, porque no se puede pasar, sin traumas, de

la restricción a la abundancia absoluta y, por consiguiente, no se podía pasar de un largo período de

«uniformidad política» externa, al variopinto juego de los partidos políticos, incluidos los marxistas,

cuando ese multipartidismo va dando, a escala universal, paso a las grandes concentraciones de

tendencias o interpretaciones políticas. En España la vuelta al multipartidismo supone la condena

histórica al Régimen del 18 de Julio y su aniquilamiento. Por eso, el paso inmediato, tras el cumplimiento

de las previsiones sucesorias, hubiera sido el de respetar las Instituciones y aceptar la presencia de tres

grandes grupos que pudiesen discrepar cuanto quisieran en todo aquello que es materia discrepante, y

coincidieran por igual en lo sustantivo: en el respeto al orden institucional y a las propias instituciones de

Derecho que habían sido parte activa y elocuentes testigos de¿ desarrollo español. Se trataba, en fin, de

formalizar tres grandes tendencias políticas. Lo diré con las mismas palabras que utilicé entonces. «Una

mirando adelante y otra un poco más hada atrás; la primera más progresista y revolucionaría; la segunda

más conservadora y tradicional, y la tercera más templada, menos radical, más en disposición de asumir la

acción moderadora; pero las tres, insisto, igualmente leales al Estado, a la Constitución, al Sistema

político que las cobija».

Creo que, a pesar del tiempo transcurrido, todos recordaréis la curiosa reacción que produjeron mis

palabras. Algún periódico de signo oficioso trató de condenarme y hasta consideró que mi sugerencia me

colocaba, poco menos que al borde del Código Penal. De hecho, esa sugerencia no desmentía en absoluto

la utilidad del Régimen y del Sistema Orgánico que puso en marcha; pero era el instante de reconocer

unas instancias plurales que si bien se habían subordinado, voluntariamente, al afán colectivo y unitario

que presidió las primeras décadas del Estado, aspiraban a seguir sirviéndole desde su propia identidad.

Esa propuesta quizá resulte hoy ineficaz, aunque para mí sea válida, porque, frente a ella, se suscitó

primero la ira sorda de los ortodoxos y después la ira indiscriminada de quienes aspiraban a la liquidación

total del Sistema, que sigue constituyendo una fórmula de transición avalada, incluso, como digo, por la

propia experiencia que nos va ofreciendo el dinamismo del mundo circundante en el que el

multipartidismo va dando paso, como os decía, a la conjugación de grandes bloques movilizados por muy

claras y determinadas tendencias. El mundo se enfrenta al futuro y España se vuelve al pasado. Por eso,

señoras y señores; queridos amigos y cantaradas, yo os digo esta noche que la más urgente tarea, la más

apremiante tarea de los españoles de buena voluntad, es constituir un frente sólido, unido, fraterno y

resuelto para salvar a España de la división y los enfrentamientos. Ese frente nacional deberá poner su

acento en lo que nos une y no en lo que nos separa y deberá tener, como primero y último mandamiento,

el mensaje postumo, la postrer consigna con que Franco nos señalaba el camino irrenunciable del futuro.

La conspiración

El asesinato del Presidente del Gobierno, Almirante Carrero Blanco, que llenó de estupor y tristeza a la

España mayoritaria y silenciosa, iba a producir un giro de 180 grados en la trayectoria del Régimen. El

asesinato de Carrero Blanco marca toda una frontera para la historia. Es muy probable que quienes se

propusieron su ejecución, mostraban en aquellos instantes, junto a la aquiescencia para tan repulsivo

crimen, un claro propósito: Carrero Blanco era el puente de convergencia entre el anciano estadista y el

joven sucesor. Franco ya no les interesaba. Franco había cumplido su ciclo histórico y muerto Carrero

pensaban, quizás sin saber que daban plenamente en la diana de la Historia, que la continuidad de su vida

sufriría un enorme descalabro. La vitalidad del Caudillo estaba visiblemente mermada. Cuarenta años de

ininterrumpida gestión al frente de los destinos de la Patria y de un trabajo abrumador por su

responsabilidad y trascendencia, le situaban a las puertas de la Eternidad. La campaña orquestada y la ola

de terrorismo pagado, bastarían para derribar aquella naturaleza consumida en el amor y en el servicio de

su pueblo. Después se produjo la muerte de Francisco Franco. La enfermedad y el caudal de emociones

contradictorias vividas durante los últimos meses de su existencia, vencieron al coloso. El Caudillo

terminó sus días en una popular clínica de la Seguridad Social, que él mismo había creado —pasando,

como en un repaso histórico, por la enfermería de un cuartel— y dejó, como último acto de servicio «post

mortem», el ejemplar testamento político que hoy debe ser el punto de nuestra convergencia. Los

mecanismos institucionales funcionaron con una perfección rigurosa. Luego se impuso la tesis del borrón

y cuenta nueva, como si aquellos cuarenta años anteriores hubieran sido deleznables o sonrojantes para

España, y nuestros políticos nos ofrecieron, a cambio, una fórmula tan original que nos puede situar,

nuevamente, en los albores de 1936.

La más apremiante tarea de los españoles de buena voluntad es constituir un frente sólido, unido y

resuelto para salvar a España de la división y de los enfrentamientos.

Renuncio de antemano a detenerme en los acontecimientos que van del 20 de Noviembre de 1975 a hoy.

Su inmediata cercanía no requiere comprobaciones oí especiales recordatorios. Iré exclusivamente a los

resultados de este primer capitulo del tiempo nuevo. ¿Qué ha sucedido en España? En España ha sucedido

una cosa muy sencilla: se está aniquilando el Sistema Orgánico para sustituirlo por un sistema inorgánico

y liberal y se ha establecido te partitocracia y se ha dado carta de naturaleza o patente de libre circulación

al marxismo. La contienda, a mi ver, sólo se explica por dos cuestiones evidentes: la lucha contra el

marxismo, apatrida e internacional, y el deseo de recobrar una conciencia nacional, una formación

colectiva que cumplir en el mundo, y un proceso revolucionario de libertad y de justicia para los hombres.

Convengamos, por tanto, sin rasgarnos tes vestiduras y sin adoptar gestos o posturas grandilocuentes o

extremas, que te victoria ha sido regalada al adversario. Si la culminación de una etapa como la que

significa la presencia de Franco en España reside en volver al pasado, es que ni Franco, ni el Movimiento,

ni las colaboraciones políticas con que contó el Estado, ni el callado y laborioso esfuerzo de los

españoles, ni te obra colosal que se consiguió con ese esfuerzo, tenían razón de ser. Si el

perfeccionamiento del Régimen consiste en abrir de par en par las puertas de España a quienes trataron de

hacer de España una dictadura al servicio del Kremlin, ¿qué explicación histórica podremos dar al

Régimen del 18 de Julio? Me temo que ninguna; pero, del mismo modo, podríamos nosotros preguntar

qué explicación congruente y racional pueden ofrecernos quienes, reconociendo y aceptando la fertilidad

del Estado del 18 de Julio, lo han destruido para sustituirlo por un antecedente tan pernicioso. No puede

disculparse la situación actual con el fácil argumento de un juicio pesimista, porque, de ser asi, saldría

malparado el instante que empuja ese pesimismo. La dificultad presente puede justificarse con el

hecho de que se haya producido en el peor momento: veinte años antes o veinte años después el camino

habría estado más despejado. En el primer supuesto, habrían existido fuerzas para frenar con eficacia y en

el segundo supuesto habría desaparecido todo obstáculo. Pero, ¿no se llega así a una ficción peligrosa?

La evolución prevista

Nadie que haya seguido con alguna atención mis intervenciones públicas o mis sugerencias escritas,

podrá atribuirme una posición de inmovilismo. La evolución era necesaria y estaba prevista con bastante

anterioridad a la fecha del 20 de Noviembre de 1975. En el ánimo de todos nosotros gravitó siempre la

idea de que la continuidad del Estado ni estaba ni está reñida con su perfección. Pero, es más, esa

previsión de reforma o de evolución habra sido calculada y anunciada por el propio Caudillo, quien, con

ocasión de ser inaugurada te IX Legislatura de las Cortes Españolas, decía lo siguiente:

«Tal como ya podemos vislumbrarlo los españoles, después de haberlo preparado juntos durante más de

treinta años, nuestro futuro político puede y debe ser un futuro en el que la totalidad de nuestro pueblo

participe en la conducción de sus destinos dentro del marco constitucional que se ha dado a si mismo a lo

largo de un cuarto de siglo y aportando a esa Constitución, según los cauces legales por ella misma

previstos, los enriquecimientos, las mejoras, las modificaciones que cada circunstancia y cada coyuntura

aconsejen a nuestros compatriotas, de hoy o de mañana.»

Y para mayor abundamiento, Franco añadía:

«Siempre las normas constitucionales que se integren en las Leyes Fundamentales han sido calificadas de

abiertas, lo que ciertamente implica su progresiva evolución, pero no puede implicar en ningún caso

irresponsable destrucción. En esa evolución cabe prever que las diversas corrientes de opinión suscitadas

por la vida real, por las ideas políticas, por los problemas sociales y económicos, encontrarán creciente

campo en el que debatir serenamente sus respectivos pareceres.»

Resulta innecesario señalar que el quid de la cuestión en la reforma política debió residir en hallar la

fórmula para hacer viable aquel proyecto del Jefe del Estado sin dañar la esencia del Sistema. Es decir, se

puede ir a una democratización rigurosa de la sociedad española sin incurrir en contrafuero o dar saltos en

el vacio. Las Asociaciones Políticas pudieron existir concebidas como aquellas grandes tendencias a las

que aludía Franco en 1967, pero con dos condicionamientos claros: el acatamiento a la Ley de Principios

fundamentales del Movimiento Nacional y la ausencia de cualquier dirección internacional que pudiera

menoscabar o dañar la soberanía de España y la independencia del Estado. Por otra parte, sin menoscabo

de los Principios Fundamentales del Movimiento, y mediante el sistema de ser proclamados los

candidatos por vía orgánica y elegidos mediante sufragio universal por la totalidad del censo, pueden ser

elegidos los concejales, los alcaldes, los presidentes de Diputación, los diputados, los procuradores en

Cortes, los consejeros nacionales y un largo etcétera.

No necesito explicaros que la situación política generada por la transición no sólo ha creado un estado de

confusión general, sino que simultáneamente, hace muy difícil todo método de autocorrección. Cualquier

optimismo nacional posible se enfrentará, inmediatamente, con los tres vértices que determinaron todo el

proceso de nuestra desintegración nacional: la lucha multipartidista; la lucha de clases, con la imagen

agónica del sindicalismo nacional, dinamitado por el propio poder y sin el menor respeto democrático,

para la base popular que lo sostuvo durante tantos años; y por último, las pugnas consuetudinarias de los

separatismos regionalistas.

Y esto, ¿por qué? Y esto, ¿para qué? Diñase que una conjura de valor internacional tomó conciencia del

instante decisivo para destruir nuestras instituciones y alterar nuestro camino. Diríase, también, que un

mimetismo palurdo y hortera ha arrastrado, a su conjuro burlesco muchas inteligencias que suponíamos

claras y hasta preclaras, y muchas vocaciones que presumíamos indestructibles. De este vasto proceso de

desintegración, ¿quiénes serán los beneficiarios?. ¿Los españoles que a cambio del ejercido de unas

hipotéticas formalidades están viendo hipotecadas sus libertades prácticas? ¿Los partidos políticos que

recobran el artificioso frenesí de la lucha intestina, como si hubieren sido exhumados, por una mano

mágica de un sueño eterno de dolor? ¿La multiplicidad de nuestras regiones que por afanarse en un pueril

empeño autóctono se convertirían en sujetos para las ambiciones y las dependencias extranjeras? ¿Los

sindicalistas que formarán en las filas atomizadas y maltrechas de mu y una versión del Sindicato frente a

la omnipotencia capitalista?

No; los beneficiarios de esta sonrojante almoneda en que se malvenden las mejores esperanzas

nacionales, son aquellos dos totalitarismos que nos amagan de nuevo: el totalitarismo marxista y el

totalitarismo capitalista. Por complacer no se sabe qué extrañas demandas o sugestiones, arriamos lo

mejor de nuestra soberanía nacional para entrar vertiginosamente, en la órbita de una y otra potestad

universalmente reconocidas: o la Internacional marxista o la Internacional capitalista. Mientras, Europa

avanza a oscuras hacia un porvenir cada vez más incierto a pesar de lo que hasta ayer eran sonrientes

niveles de consumo y abrumantes cuadros estadísticos de promoción y producción de mercados

comunitarios; el viejo Continente tiene cada vez menos influencia en el universal concierto de los pueblos

y su viejo espíritu agoniza entre horrorosas degradaciones de valor humano, de valor religioso, de valor

social y de valor político. Todo esto sucede así y al mismo tiempo el capitalismo universal (el capitalismo

que nada tiene que ver con el capital, ni con la propiedad privada, ni con la iniciativa privada) toma

posiciones en España. ¿Se vende España? ¿Se hipoteca nuestra independencia? ¿Se acepta abiertamente

un dirigismo financiero extranacional? Si tal sucediese tendría una explicación congruente la facilidad

que han encontrado los grupos o partidos derrotados en 1939, para resucitar en España.

No es una incongruencia: se vuelve a la vieja técnica liberal capitalista; aseguradas las fuentes del poder

económico, decisorias, en gran parte, del poder político, la contrapartida que se ofrece, engañosamente, a

los hombres es el ejercicio de una supuesta libertad que los esclaviza doblemente, porque, de una parte,

serán mínimas células económicas excitadas por las vibraciones de los colosales circuitos publicitarios

para el consumo, y, de otra, piezas que utilizar en la hiena partidista casi siempre fratricida, en servicio de

otros oscuros designios extranacionales.

Reducir los problemas de España a un problema político o a una confrontación de ideologías, resulta, en

gran parte, ficticio: primero, porque en nn porcentaje elevado esa problemática ha sido prefabricada;

segundo, porque el más serlo problema con que se enfrenta España en 1976 no es político sino

económico, no es ideológico sino social. Anteponer cuestiones de índole administrativa o, incluso,

ideológicas a la verdadera realidad socioeconómica de la nación, es practicar una política de «Bombas de

humo» o una dramática inconsciencia. El gobierno de España es de suponer que se plantee serena y

fríamente este dilema incuestionable: o atiende a complacer las instancias de los grupos y grupús-culos

que han aflorado tras la muerte del Caudillo y se embarca con todas sus consecuencias en la aventura

reformista, en el sentido de desmantelar el sistema vigente para cambiarlo por un sistema demoliberal o

coge por los cuernos el toro de la economía y afronta, sin vacilaciones, la más grave de las cuestiones

planteadas: la crisis económica y social. Esa disyuntiva no puede ignorarse o posponerse. Y me atrevería

a decir que una solución simultánea es, por el momento, inverosímil. Si complace aquellas instancias que

defienden intereses privados de grupo o partido, es muy probable que salga airoso de la confrontación

política; pero es indudable, también, que el Gobierno saldrá airoso a costa del supremo interés de España.

Si por el contrario, consciente de su responsabilidad histórica pospone aquellas complacencias y aborda

resueltamente, valientemente, el problema económico, quizás se queme en la empresa, quizás se

autodestmya, pero habrá prestado a España ua heroico y glorioso servicio. Pero, ¿puede adoptarse esa

postura con aceptación de un desequilibrio social propenso a la huelga, al derroche de energía y a la

pugna estéril entre empresarios y obreros? La huelga es un procedimiento de defensa del obrero. Pero el

trabajador sólo hace uso de ella cuando tiene la conciencia exacta de que el Estado se desentiende de sus

problemas y desdeña y abandona la suprema tarea de impartir justicia. El Estado, señores, no puede

permanecer impasible ante la bárbara ley de los piquetes marxistas que condenan a los trabajadores al

paro.

En España se está aniquilando el sistema orgánico para sustituirlo por un sistema inorgánico y liberal.

Una cita con las urnas

Mucho camino había recorrido España. Pero se ha puesto de moda desandar la Historia. El por qué y el

para qué creo haberlo explicado. El cómo, está a vuestro alcance y, todavía, quizás, en vuestra decisión.

La sonrojante sumisión de estas o aquellas individualidades políticas no tiene por qué ser reflejo de la

voluntad popular. Pronto serán convocados los españoles a las urnas. En las urnas otra vez depositaremos,

con una simple papeleta, el destino de España a cara o cruz. No es justo, porque el destino de la patria no

puede ser objeto de decisión fortuita y las tensiones y los intereses menores se impodrán sobre el interés

supremo de España. Si alguna idea deseo dejar clavada en vuestras mentes y aún en vuestro corazones, es

ésta: si los políticos no han sido consecuentes con el Estado no podemos recluir nuestro deber en el

ámbito cerrado de nuestra propia celda, de nuestra vida privada, de nuestra comodidad personal. No

importa que nos calumnien. No importa que se fabriquen sobre nosotros historias y leyendas o que se

ensañen tratando de destruir nuestro honor o el honor de los nuestros. No importa que se nos amenace. Lo

que importa, sobre todo, es España. Y si España vuelve a poner su destino, como os decía, al evento de

las urnas, a las urnas acudiremos en bloque, solidariamente, fraternalmente unidos, arriando diferencias y

levantando entendimientos, uniéndonos en una comunión de amor a nuestro pueblo, de compromiso con

su historia y de compromiso con su porvenir. En ese frente nacional que debemos propiciar, cabemos

todos los españoles sin distinción de clases ni colores, porque para llegar a él, sólo basta, como patente, la

generosidad, el valor, el amor a la justicia y el patriotismo. Esa será la clave del futuro. Si acertamos,

España se salvará. Si por reparos menores o por afanes personalistas o por pequeneces, desatendemos la

sagrada voz de España, España se hundirá ante el sonrojo de nuestra impotencia o de nuestra cobardía.

Los enemigos del Régimen, obedeciendo determinadas consignas internacionales, proclaman a coro, que

muerto Franco, se acabó para siempre el franquismo... Pero, ¿se ha detenido alguien en el análisis de este

concepto? Yo creo que no. Hace algunos días leí en un comentario periodístico un tímido intento

esclarecedor: «el franquismo no es una instancia ideológica —decía— es una posición mental. En este

aspecto tan concreto, tan esencial para la vida presente y futura de España, voy a ir mucho más allá:

mientras Franco vivió, el franquismo resultaba innecesario y por eso el Caudillo jamás lo fomentó.

Muerto Franco yo os aseguro que es necesario que hagamos nacer al franquismo. ¿Y qué será el

franquismo? Pues, sencillamente, el punto de coincidencia de cuantas familias políticas, desde sus

distintas posiciones ideológicas, tienen como meta y último ideal a España y al pueblo español y no están

comprometidas en pactos o coaliciones ajenos al interés nacional. Esas ideologías pueden ir desde un

radicalismo social y revolucionario, pero netamente español, hasta un sereno y firme concepto de la

tradición, pasando por cuantas versiones encontréis, discrepantes en métodos y doctrinas, pero

firmemente unidas en el servicio a la entidad nacional, a la patria, a España. ¿No os dais cuenta que

Franco fue el hombre producido por esa circunstancia histórica unificadora? Cuando los españoles que

anteponían la unidad, la grandeza y la libertad de la Patria a sus propios intereses y a los intereses de sus

partidos decidieron hallar el camino común, surgió el hombre. Pues bien: cuando él, que fue antes que

cualquier otra cosa un moderador de las identidades ideológicas de cada grupo o familia política, ha

desaparecido, nos queda la impagable lección de la norma que debe conducirnos por los caminos del

futuro. En resumen: el franquismo no es, ni debe ser jamás, una nostalgia, sino una estrategia; no es, ni

debe ser jamás, una pueril uniformidad, sino una pluralidad fraterna y resuelta; no es, ni debe ser jamás,

una posición estática, sino el punto de referencia para una acción dinámica y progresiva; no es, ni debe

ser jamás, la cancelación de esperanzas y promesas al pueblo, sino el aguijón que nos obligue a

cumplirlas. Eso es el franquismo, señores. Y, en estos instantes de vejaciones y ofensas a su recuerdo,

debe ser, por razón de honor, una actitud hidalga y generosa para su persona y para su obra.

Un solo camino: la unidad

No seremos nosotros quienes sumen nuevos ingredientes a la ceremonia de la confusión nacional. Si la

batalla se da en las urnas, a las urnas acudiremos. Luego bastará con desvanecer la niebla que impide el

tránsito para que España no se detenga, para que la nave del Estado no embarranque y escore hacia la

derecha o hacia la izquierda. ¿Quién puede oponerse a una voluntad de unidad y de servicio? Yo os lo

diré: sólo quienes alberguen en su alma el rencor de la frustración o el odio; o un inconfesable ánimo

revanchista que quisiera fulminar la única victoria de Europa sobre el comunismo, o quienes se dejen

arrastrar, torpemente, por rencores domésticos originados en las locas carreras hacia el Poder. Creo que

aún estamos a tiempo. Creo que aún podemos ordenar la vida política de España en un régimen de

libertad y convivencia, sin atomizar a la sociedad, sin enfrentarla, sin volver a la esclavitud y la tiranía

dictada por los mil y un partidos. Y que digan los de fuera lo que quieran. La primera obligación de

España respecto a Europa es mantener su fortaleza, su unidad, su reciedumbre. La primera obligación de

Europa respecto a España es la de respetar nuestra soberanía, sin intromisiones ofensivas, sin vejaciones

inadmisibles. Pienso que no está reñida la participación política de todos los españoles con el

sostenimiento de un Estado fecundo y moderno; y pienso, por último, que si el camino dé la división, del

enfrentamiento y de la multiplicación de intereses de grupo se mantiene, habremos desandado la Historia

y volveremos a ser un pueblo sometido al vergonzoso vasallaje de otras potencias. Quienes pregonan la

mayoría de edad del pueblo español están en lo cierto. Pero entiéndase bien esto: los españoles han

alcanzado esa mayoría de edad cuando España volvió a ser fuerte, libre y unida. Ni antes ni después.

Destruir esa fortaleza en servicio de intereses pequeños o de imposiciones ajenas, sería un crimen de lesa

Patria. Pero sería, sobre todo, una incongruencia.

Señoras, señores, amigos y cantaradas: Os he hablado esta noche de España desde el recuerdo

emocionado a Francisco Franco. Os he hablado, también, desde mi legítima e inalterable condición de

falangista. Hace unos días, con vitalidad y hasta con juvenil destemplanza, volvió a izarse la bandera roja

y negra. La Falange nació con un deseo integrador y jamás con un discurso de girón en "FUERZA

NUEVA".

El Estado no puede permanecer impasible ante la bárbara ley de los piquetes marxistas que condenan a

los trabajadores al paro propósito monopolista. Salió a la calle con el deseo de sumar y no dividir; con el

afán de superar, mediante un proceso de justicia, todo abuso de clase, de grupo o Poder. Con esas mismas

ilusiones, ha vuelto a la intemperie. Y ha vuelto como nació, pobre, alegre, dura, valiente. Lo dio todo y

nada recibe a cambio. Dio sus hombres en la guerra, y en donde se reclamó sangre española para reparar

injusticias o desafueros. Dio al Estado contenido, savia, doctrina. Vuelve a la intemperie satisfecha de

haber cumplido con su deber. Asi nos lo dijo, con juvenil y extraordinaria elocuencia Raimundo

Fernández Cuesta, primer Secretario de aquella heroica Falange fundacional que hoy asume la tarea de

agrupar a los falangistas y a cuantos españoles lo deseen, al amparo de la misma esperanza de entonces.

José Antonio nos reclama también, desde su insobornable mensaje, el deber que tenemos para con

España. Pues bien: sin renunciar a mi identidad, yo os invito a la sagrada ceremonia de la unidad y a lo

que ella comporta como adscripción a una empresa sublime y a un compromiso revolucionario.

Pensad que si el nombre de Francisco Franco debe ser borrado de la historia y para ello, envilecido y

degradado, el pueblo que le aclamó y los políticos que le obedecieron durante cuarenta años tampoco

saldrán bien parados.

Señores: por la grandeza de España, por la libertad del pueblo, por la abolición de la injusticia y por la

esperanza de que sepamos superar las dificultades de hoy para alcanzar nuevas etapas de paz y de gloria,

yo os invito a que participéis en la convocatoria de la unidad que tendrá por marco la Plaza de Oriente de

Madrid, donde tantas veces Franco se encontró con los españoles y los españoles con Franco. Será un acto

de fe. Será un acto de esperanza. Pero, sobre todo, será un acto de gratitud y de hidalguía frente a la pobre

miseria de quienes intentaron manchar y oscurecer el nombre glorioso y venerable de Francisco Franco.

 

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