Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   La hora del envilecimiento     
 
 El Alcázar.    12/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

LA HORA DEL ENVILECIMIENTO

Por Ismael MEDINA

SE llamaba Vicente Velasco Garren y tenía veintinueve años a la hora de morir. Solo le

conocían sus amigos y sus compañeros. Era un sencillo trabajador que precisaba el jornal de

cada día para el sustento de su gente.

Era un español que ejercía, su derecho al trabajo y a una vida digna.

Vicente Velasco Garren, un hombre del pueblo, un sencillo trabajador, ha muerto en el hospital

a consecuencia de las lesiones que le produjeron los componentes de un piquete durante la

huelga general de Vizcaya. Vicente Velasco Garren quería ejercer su derecho al trabajo, usaba

de su libertad, necesitaba de su salario. Su valor civil, la convicción de su derecho, el ejercicio

de su libertad le han costado la vida a manos de los piquetes de huelga, constituidos en

pandillas de asesinos.

Casi al mismo tiempo que expiraba un trabajador, un hombre del pueblo, también en Vizcaya

era vilmente agredido un joven de dieciséis años. Las agencias callan su nombre.

Incluso ocultaron el hecho, ocurrido el día 29 de septiembre, en Orozco. Le arrastraron a lo

oscuro y tras marchacarle a golpes le destrozaron la cara y la espalda con un rastrillo. ¿Por qué

tan salvaje ensañamiento? Su familia había abierto la humilde tienda durante la huelga general.

Su familia había hecho uso de la libertad y del derecho al trabajo. No sólo ha sido castigado

con vesanía inhumana este chico de 16 años. La familia ha recibido orden de no abrir la tienda

en dos meses.

Las dos noticias han aparecido el domingo en los periódicos, sin apenas relieve. Igual que si se

tratara de algo intrascendente. Incluso algún diario las ha desconocido. Pero no faltan las

reiteradas acusaciones y los aparatosos titulares por los excesos «atribútales a la derecha» en

algunas zonas de San Sebastián, sin daño alguno para personas.

Don Ricardo de la Cierva no ha derramado ninguna protesta contra el asesinato del trabajador

Vicente Velasco Garren ni por el atentado contra el joven de dieciséis años, ni en nombre

propio ni por la delegación de ios exquisitos .señores Oreja y Cabanillas, Stanley y Oliver de la

democracia al dictado. Don Josep Meliá no ha escrito, ni a tanto la linea, una de sus frecuentes

y viciadas filípicas contra los que entorpecen el ejercicio de las libertades democráticas. «El

País» se ha metido en semejante sitio el silbato acusador. Los arrastracueros que sovietizan

tantas redacciones, incluso alguna de honrosa historia anticomunista, echan tierra complacida

sobre la voz enmudecida, de un sencillo trabajador de 29 años. Los curas progresistas guardan

en las vitrinas del rencor los cálices prostituidos. Los obispos vasconizantes y sus

correligionarios españoles guardan un silencio espeso y culpable. Los editorialistas no tienen

espacio para condenar a los reos de esas dos acciones criminales. En el Congreso del PSOE

(histórico) nadie se ha levantado para pedir un minuto de silencio por el cama rada Vicente

Velasco Garren ni para condenar a los autores de su muerte y de la agresión del joven de

Orozco. Los señoritos marxistas de la Universidad no han sentido necesidad alguna de aban-

donar por un rato el vino y el sexo, para colocarse lazos negros invadir las calles en señal de

protesta por la muerte de un auténtico trabajador, víctima del la fría táctica subversiva. El señor

Ruiz Jiménez no se ha sentido requerido a grandilocuentes proclamaciones ni siquiera en

nombre de «Justicia y Paz».

Los González y los Tierno han olvidado un duelo que les resulta politicamente molesto. Las

Comisiones Obreras callan complacidas, pues la muerte de Vicente Velasco Garren es una

muestra indiscutible de la eficiencia de los piquetes rojos. El Gobierno no se ha sentido en la

necesidad de una repulsa pública que acaso hiriera la sensibilidad del nacionalismo vasco. El

señor Ministro de la Gobernación no ha creído necesario en este caso acudir a dar excusas a la

familia del muerto. Y el señor Ministro de Relaciones Sindicales bastante tiene con asegurar la

libertad legal de los grupos que financian y protegen a los piquetes, como para acudir a

consolar a la familia de un trabajador insolidario. Todos están de acuerdo en algo que muchos

periódicos, encabezados por «El País», sostuvieron en esta última quincena: la huelga general

de Vizcaya y Guipúzcoa fue un modelo de normalidad democrática y de madurez de la

oposición y el pueblo vascos. Matar a un trabajador y destrozar a rastrillazos el cuerpo de un

muchacho humilde, son incidentes sin importancia. Para vandalismo, el de la extrema derecha,

que destrozó varias lunas de escaparates e hizo desalojar un cine. Asesinar a un pobre

trabajador y dejar casi a las puertas de la muerte al hijo de un tendero, apenas si pasa de

constituir un incidente fortuito de la justicia progresista. Cinco muertos sobre una acera son un

lamentable incidente político. Pero la muerte atribuida arbitrariamente a la derecha de un joven

comunista, cuya salvación hicieron imposible sus propíos camaradas, esa si que es una página

sangrienta, capaz de justificar la movilización de periodistas, intelectuales, políticos, curas,

obispos, corresponsales extranjeros y universitarios con talante de primates. Con una pena

profunda, con una tristeza infinita, angustiado por la soledad de los muertos humildes, de los

muertos no utilizables, yo alzo mi voz ensombrecida, mi voz cansada, mi voz herida,

escupiendo a la cara de todos los fariseos de la libertad y de la democracia, de todos los

farsantes de esta hora, una verdad inconmovible: Cobardes, cobardes, cobardes...

 

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