Autor: Izquierdo Ferigüela, Antonio. 
   Las fuerzas armadas     
 
 El Alcázar.    27/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

La ventana indiscreta

LAS FUERZAS ARMADAS

EN torno a las Fuerzas Armadas hemos escuchado muchas voces. Todavía no hemos escuchado, sin

embargo, la voz de las FF.AA. ¿Quién está en condiciones de interpretar esa voz? No lo sé. No puede

confundirse una declaración de Gobierno o un criterio editorial con la interpretación de una filosofía, tan

concreta, como la que anima a esas instituciones. Tampoco resultarla demasiado congruente hacer, en

nombre del apoliticismo castrense, declaraciones de valor político. Las grandes verdades, puestas en

moneda de circulación general, se convierten en tópico. Repetir ahora el juicio escrutador de Spengler,

sobre la última instancia salvadora de la civilización, no resulta muy convincente, acaso, porque vivimos

en un mundo de respuestas exactas, técnicas y científicas, y el hombre se ha convertido también en tópico

de su propia esencia: el honor o el heroísmo no conforman, según parece, las extremas coordenadas para

la conducta humana. Existe una propensión, cuyo juicio analítico exigiría más líneas de las previstas en

esta ocasión, a convertir a los Ejércitos en una especie de guardias nacionales o de bomberos para la

extinción apresurada de cualquier sofoco público.

Las FF.AA. de España se han puesto de moda por manipulaciones menores. Resulta paradójico que

mientras se tupió un ancho velo con que cubrir el legítimo dolor de nuestros soldados en la última

aventura de España en el mundo —el Sahara— se descorran ahora apresuradamente todos los tapices y

visillos para explicar, muy a la luz del día, que los ejércitos tienen que permanecer en una actitud

impasible ante las pugnas interiores. Será, digo yo, si con ellas ño. peligra la existencia de España. La

historia se repite. Bastaría exhumar algunos documentos para aclarar que lo último que puede perder el

sentido histórico y de futuro de un pueblo son, precisamente sus FF.AA. ¿Es lícito decir que España se

está jugando su futuro?.

Se nos ha dicho todo en torno al Ejército. Se nos ha dicho todo menos una cosa: la interpretación que las

Fuerzas Armadas otorgan hoy al articulo treinta y siete de la Ley Orgánica del Estado, que les atribuye,

taxativamente, la defensa del Sistema institucional. De eso no se ha dicho nada, aunque algunas voces se

apresuren a sugerir que una previsión de esta naturaleza es demasiado para un Sistema. Ocurre, sin

embargo, que la defensa armada de la Constitución no es un invento franquista. En la ley constitutiva del

Ejército de Tierra (29 de noviembre de 1.878) se atribuye a ese mismo Ejército la defensa de España de

sus enemigos externos o internos y difícilmente va a sostenerse esa función sin un acatamiento riguroso a

los cantables constitucionales; y en otra ley, de igual rango, se sostenía (19 de julio de 1.889) que el Ejér-

cito debe defender la integridad de la Constitución.

Cualquier persona medianamente informada del acontecer histórico, podría llegar a la conclusión de que

muchos de nuestros males están dados por el hecho de que las Constituciones fueron más que una norma

de obligado cumplimiento, una platónica declaración de principios. Sólo cuando existe una garantía de

permanencia tienen sentido. La ley constitucional podrá ser susceptible de acomodación o de mejoras,

pero jamás objeto de destrucción. En esta hora de España puede proclamarse desde un punto de vista

opinable, que va a destruirse nuestra Constitución y que existe el propósito de no recordar —de no querer

recordar— la previsión del articulo treinta y siete de la Ley Orgánica del Estado.

No sé que pasará al fin con la reforma; sé que la reforma puede llevar camino de convertirse, de hecho, en

un golpe de Estado. No sé si se velará o no el cadáver de España en el hemiciclo de las Cortes, como

patéticamente anunciaba Rafael García Serrano en estas páginas. No sé lo que va a ocurrir y sólo me

atrevería a, decir que si tales cosas acontecen habrá dos que me producirán una enorme tristeza: que junto

al cadáver del Estado Español no exista un oscuro pelotón de soldados, como anunciaba Spengler y que, a

fuerza de profesionalizar a nuestros Ejércitos, se extinga para siempre la llama, el manantial.

Antonio IZQUIERDO

 

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