Autor: ;Barrenechea, Eduardo. 
 Víctima de un exceso de desmitificación. 
 La Reforma Agraria puede morir (I)     
 
 Diario 16.    16/05/1977.  Página: 10. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

10/ECONOMIA

Lunes 16-mayo 77/DIARIO16

Víctima de un exceso de desmitificación

La Reforma Agraria puede morir (I)

José García Abad, Eduardo Barrenechea y Joaquín Estefanía

Este trabajo fue presentado durante el pasado fin de semana en un encuentro celebrado en El Paular y

organizado por la Confederación Española de Cajas de Ahorros y la Agrupación de Periodistas de

Información Económica.

Quizá la característica más notable de la Reforma Agraria es que padece de maldición bíblica. Durante

medio siglo fue para los campesinos españoles sin tierras un mito casi religioso. Soñaron y muchos de

ellos lucharon y dieron la vida con la esperanza de alcanzar la tierra prometida, único camino que creían

podría conducirles a la redención y a la respetabilidad.

Cuando, por fin, llegó Moisés en forma de II República, las siete plagas asolaron la tierra elegida por Dios

para tantas desgracias y sobrevino la contienda fratricida.

Muerto Moisés, le sucedió un duró y largo periodo durante el cual el mito de la Reforma Agraria fue

castigado duramente y el sueño de tierras prohibido por la censura.

Y hete aquí que, cuando muerto el faraón el pueblo recobró la libertad de soñar, muchos de los profetas

que habían conducido al pueblo por los caminos de la Reforma Agraria, la izquierda de Moisés, ordenan

la desmovilización. La Reforma Agraria, aseguraron, ha muerto atropellada por una década de desarrollo

industrial-urbano que marchaba a enorme velocidad.

Reconocemos que las doctas sentencias de estos doctores nos han impresionado en razón de su sapiencia

y su prestigio. Ellos forman parte de un elenco de Jóvenes intelectuales que fueron los primeros en

sacudirse el prejuicio dogmático de la inmovilidad de España durante los últimos cuarenta años. En

consonancia con la actitud del Poder, que pretendía resolver los problemas cerrando los ojos a la sociedad

para que no los viera y la boca para que no los denunciara, la izquierda se negó a ver que algunos de los

problemas habían dejado de serlo, al tiempo que otros nuevos irrumpían en la Patria atormentada. Hay,

pues, que rendir homenaje a quienes, en estas circunstancias, se arriesgaron a la excomunión de la

izquierda y a la persecución de la justicia por negarse a torcer le realidad investigada de acuerdo con

esquemas y mitos heredados. Sin embargo —y éste es un peligro casi ineludible—, la inercia

desmitificadora llevó a estos profetas mas lejos de lo que justificaban los datos obtenidos.

Y lo curioso es que tales pioneros, hasta hace poco vilipendiados, lograron convertir a sus doctrinas a la

mayor parte de la izquierda, que está a punto de expulsar de sus programas una de las aspiraciones que

tradicionalmente les habían caracterizado. La Reforma Agraria podría desaparecer en un ataque de esceso

desmitificador.

Hoy, la polémica sobre la Reforma Agraria, no se riñe, por tanto, entre la izquierda y la derecha. Esta

permanece silenciosa y segura, si no complacida por el sorprendente éxito alcanzado por sus razones. Y

dentro de la izquierda, la discusión apenas se plantea entre los diversos partidos, sino mas bien entre

grupos, escuelas y personalidades del campo intelectual.

Para citar el tema de la Reforma Agraria, hoy parece, pues, imprescindible partir de un análisis de estas

posiciones que pretenden revisar el planteamiento tradicional de la cuestión.

El mito de la Reforma Agraria

En esencia y muy esquematizados, el arsenal de argumentos esgrimidos por la izquierda (r) son los

siguientes:

1) La emigración campesina, facilitada por el desarrollo industrial español y la prosperidad europea, han

aliviado hasta tal punto la presión sobre el campo que ya no es necesario repartir la tierra.

2) Las condiciones de vida en las grandes ciudades industriales son tan atractivas —respecto a las que

ofrece el campo— que el hambre de tierras de otrora se ha trocado en "asco de tierras".

3) Los latifundios no son tantos como se dice —los mayores pertenecen a las Administraciones

Locales— ni en su mayoría son poseídos por la aristocracia ni por la Iglesia, como se venía diciendo. Ni,

en definitiva, están mal explotados.

De todo lo cual concluyen que no hay argumentos económicos ni probablemente sociales para propugnar

la Reforma Agraria.

Nos parece que algunas de estas observaciones tienen peso y, en parte, matizan un tema que nunca será

suficientemente matizado. Pero no hemos podido convencernos de que justifiquen el entierro de la

Reforma Agraria.

 

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