Autor: Izquierdo Ferigüela, Antonio. 
   Su última advertencia     
 
 El Alcázar.    29/11/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

SU ULTIMA ADVERTENCIA

LA revista «Blanco y Negro» acaba de publicar —lo diré con palabras análogas a las suyas— el

verdadero testamento político de Francisco Franco. Fue escrito en 1974 y el Caudillo tuvo como

interlocutor válido o testigo de excepción a don José Marta Barcenas. La señora de Meirás y la Duquesa

de Franco han autorizado ahora la difusión de este singular documento histórico. Lo he leído con

detenimiento v creo que resulta imprescindible situarse en el instante de las conversaciones —Mayo o

Junio de ese año— para extraer de ellas su exacto sentido. Por lo pronto, el Generalísimo no se hace

demasiadas ilusiones: de una parte, advierte cercano el fin de sus días; de otra, no se engaña respecto a la

lealtad de algunos políticos. La lealtad no es una moneda de circulación excesiva. Su escasez ha

alcanzado proporciones inconmensurables. Recuerdo bien aquél tiempo porque tuve que vivirlo, por

razones de oficio, en un puesto de observación muy cercano a las áreas donde se desarrollaban los

acontecimientos.

En la conciencia general estaban latentes dos cuestiones que incidían sobre la suerte de España e, incluso,

sobre el propio equilibrio biológico del anciano y sereno estadista: el llamado «espíritu del 12 de

Febrero», que trataba de homologarse con la materialización del 25 de Abril portugués y una sinuosa

operación de descrédito del Caudillo que propiciaba el fin del Sistema y que denunciarla, en el diario

«Arriba», la recia voz de José Antonio Girón de Vélasco. El documento que publica esta semana «Blanco

y Negro» debió verificarse entonces y si el Caudillo no le dio vía libre fue, acaso porque su vigorosa

naturaleza superó la enfermedad y le permitió albergar la esperanza de otras soluciones.

Sus palabras miran más al futuro que al presente. De ahí su asombrosa virtualidad. Si, Francisco Franco

no se engañaba: «... para quienes hayan albergado en el fondo de sus conciencias la torcida estrategia de

preparar problemas para cuando yo falte, el pueblo podrá exigirles responsabilidades establecidas en la

Ley Orgánica: De los actos del Jefe del Estado serán responsables las personas que los refrenden». La

clarividencia de este supuesto no admite, por su inmediata comprobación, ningún acento. Cabe señalar,

sin embargo, que su apelación no va dirigida a las instituciones o los políticos, sino al pueblo. Pero,

¿entrarla en sus amargas previsiones la posibilidad de que se convocara un referéndum con expresa y

patente ignorancia de la Ley Orgánica del Estado?

En este escrito excepcional, muy superior en concreciones y sospechas al mensaje póstumo de 1975, el

estadista aborda la impenitente y falaz manipulación de las palabras, y como si atisbara desde la cumbre

de su vida el monorrítmico «slogan» de esta hora («España-Democracia») dice con rigurosa naturalidad:

«Yo no he negado jamás la democracia. Es más, deseo ser fial a ese concepto que con tanta alegría se

maneja por los* profesionales de la demagogia. Pero lo que yo estimo que nadie desea es que las

libertades se pierdan en la anarquía. Yo. con mi experiencia, no creo en la democracia liberal». Diñase

que el Caudillo preveía el desenlace del 18 de Noviembre de 1976 y la fatigosa contumacia de quienes, a

diario, nos explican que el término democracia es sinónimo de liberalismo. ¡Ahí está la gran

prestidigitación de está hora, aunque en lugar de usar chistera use tubo de rayos catódicos! España no va

hacia la democracia, sino al parlamentarismo; y, para-eso, desdeña la magna operación de perfeccionar la

constitución orgánica de un Estado moderno, y acepta, por imposiciones foráneas, el vehículo

decimonónico y excluyente de los partidos y el Parlamento, la incitación a los cantonalismos y la cuenta a

atrás en el reloj de la historia. ¿Por qué? También lo explica Francisco Franco en el criado texto, inédito

hasta ahora: «Solo basta con mirar hacía la Historia de España y hacia el presente de la Historia

Universal, para ver que esa democracia liberal es un mito con el que se ha pretendido enmascarar la

apropiación indebida de los frutos del trabajo en favor de unas minorías que, en nombre de tales

libertades, de tales democracias, resurtan ser los beneficiarios de esas pantomimas demagógicas».

El lector encontrará, en estas mismas páginas, el texto integro del documento que cito. Lo que sí está

claro es que quienes han pretendido justificar posturas parlamentarias de última hora «en la fidelidad al

Caudillo» van listos. ¡Con razón se recordaba el día 20 a sus señorías en la Plaza de Oriente de Madrid!

Antonio IZQUIERDO

 

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