Autor: Calleja, Juan Luis. 
   ¡No!     
 
 El Alcázar.    04/12/1976.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 21. 

¡NO!

Juan Luis CALLEJA

POR culpa, sin duda, de Benengeli, Cervantes nos cuenta una gran mentira cuando,

según él Don Quijote contesta "Decís bien" a quien le aconseja, que vuelva a casa. Yo

sostengo que Don Quijote respondió de esta otra manera:

— Cuando tantos se cobijan en casa rabo entre piernas, forzoso es que otros salgamos de

ella. Me exhortáis a la cordura, pero también a la flojedad que acompaña al que deserta de

su oficio. Me recordáis la prudencia, sin adivinar que es prudencia arrostrar el peligro

sin acrecentarlo, de suerte que no caiga en temerario el valiente, ni el juicioso en cobarde.

Pues ¿no veis que las maldades del mundo son naturales hijas de nuestra querencia a la

muelle habitación donde echamos llaves y cerrojos a las ansias de nuestro espíritu? ¿No veis

que Jesús, Señor Nuestro, púdose quedar en Altísima Casa, sobre los espaciosos cielos y, sin

embargo, quiso bajar de ella para redimirnos? ¿Qué hubiese sido de nosotros, señor

Cura, si, después en medio de la transfiguración, hubiese El escuchado las pláticas de Pedro

cuando pidióle que afincase altí con ellos, en una tienda o palacio, que para El

construiría en aquel monte?

Imagino al caballero (frente en alto) siguiendo así:

— Escóndanse los muy avisados que ven la injusticia y siguen adelante, camino de casa como

si fueran en la paz y gracia de Dios que, con sólo eso, ya han perdido. Pero ¿vamos a

amadrigarnos ios ganosos de enderezar lo que se´tuerce y de mantener firme lo que todos

combaten? No hay razón ni derecho a quejarse si calentamos a la lumbre nuestros miembros,

más ateridos de miedo que de frío. Porque detrás de las traiciones, de ios escándalos y los

infortui-nios ha habido y habrá siempre un prójimo que prefirió decir que sí y disimularse en

casa.

Con voz triste, pero animosa, con sonriente seriedad en los ojos, don Quijote prosiguió:

— Quédese en casa el que no osa, o no sabe o no quiere sudar el pan, la fama y el honor.

Yo, no.

Quédese en casa el que tiene por oficio la lisonja y por beneficio las rentas de la adulación. Yo,

no.

Quédese en casa el que rezonga en voz baja lo que calla en voz alta. Yo, no.

Quédese en casa el que se mofa de las sandeces del pobre y finge oir música sacra ante (as

necedades del rico. Yo, no.

Quédese en casa el que aplaude la Burla y el Cieno cuando usurpan el trono del Arte. Yo, no.

Quédese en casa el tarugo que se cree navegante porque sigue a flote. Yo, no.

Quédese en casa el que sigue el rumbo que le fija el miedo, el que se hincha con los buenos

vientos y desfallece con los adversos. Yo, no.

Quédese en casa el que atisba a diestra y siniestra, como asustada comadreja, a ver si le

permitirán vivir el próximo instante. Yo, no.

Quédese en casa el que piensa blanco y proclama negro y el que diciendo negro no piensa

nada. Yo, no.

Quédese en casa el listo, el cuco, el harto y el displicente. Yo. no.

Quédese en casa el que se venda los ojos para no ver lo que el corazón debe sentir. Yo, no.

Quédese en casa el que llama delirio al fervor, chifladura al entusiasmo y desvarío a la lealtad.

Yo, no.

Quédense en casa los astrólogos que sólo escrutan el sol que más calienta. Yo, no.

Quédense en casa el pequeño que no se crece ante lo grande y el grande que no se .amengua

ante lo chico. Yo, no.

Quédense en casa el tigre astuto, la sierpe cabildera, el topo zapador, el ratón callado, la hiena

acuciosa, et verraco galamero, el camello ufano, el sordo pedrusco y el mono berreón. Yo, no.

Quédese en casa el que entiende la vida; quédese en casa el que no entiende la muerte;

quédese en casa el que teme pasar por iluso, enamorado, crédulo, ingenuo y loco. Yo, no.

Quédese en casa el que se ríe de las Españas, de la Imperial Toledo, de las Siete Partidas y

del santo amor que inspiran la Tierra y la Fe de nuestros padres. Yo... ¡NO!

En suma, señor Bachiller: el que recibiendo un cuerpo no le pone alma; el que siendo hombre

no se hace caballero, vayase a casa, responda sí a la tentación aunque con ello le rabie la

conciencia, enciérrese, arrebújese y deje libre y limpio el aire raramente apacible que respiran

los andantes. Pues por todas estas razones y por las nobles leyes de la Caballería, jamás se

dirá que don Quijote no supo decir que no y se volvió a casa.

 

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