Autor: Izquierdo Ferigüela, Antonio. 
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 El Alcázar.    15/12/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

CUENTA ATRÁS

• A donde vamos?. Doy por descontado que el Gobierno Suárez obtendrá en la consulta un sí homolo-

gable en Europa. Es decir, un si que supere el sesenta´ ´$ siete por ciento del censo electoral. Doy por

hechí* ´que esta noche, cuando se firmen las últimas actas, habrán caído los últimos reductos del Estado

anterior y unas instituciones vigentes durante cuatro décadas echaran el cierre. Pero, aún así, sigo

preguntándome ¿a dónde vamos?. Decir que "a la democracia" es una simpleza. Tengo dos elementos

para establecer un juicio previo: el primero y más doloroso, el atentado a don Antonio María de Oriol y

Urquijo; el segundo, las conclusiones del Congreso del Partido Socialista Obrero Español. El terrorismo

es un fenómeno internacional, sólo apto —entiéndase bien esto—para países libres y democráticos; una

forma de salvaje libertad que no puede practicarse en las "democracias populares". Desde ese punto de

vista, no creo que los sies, como explicaba la campaña electoral, acallen la violencia. La violencia

conocerá una escalada poco común y por encima del supremo interés de España y de los españoles, el

interés de los grupos, de los partidos, de las internacionales, volverá a poner en circulación la lejana

estampa del pistolero a sueldo, tan habitual, según las crónicas, en los años inmediatamente anteriores a la

contienda civil. En cuanto a los partidos políticos, ¿a dónde nos llevarán?. El gesto triunfal y desenfadado

del P.S.O.E. al "pronunciarse" por la República Federal, es explicativo; no es una oposición al Gobierno,

que resultaría lógico;. es una oposición al Estado. La oposición al Gobierno es licita y deseable; la

oposición al Estado es subversiva y condenable.

La abundancia de partidos regionalistas o separatistas o cantonalistas, que todo,- para el caso, viene a ser

lo misino hace suponer que España pueda subdividirse en tantas parcelas como papeletas han caído hoy

sobre las urnas. Ni condeno ni aplaudo. Me limito a observar y a explicar a los lectores mis

observaciones, inevitablemente filtradas por los motivos que me impulsaron siempre a profesar una fe

religiosa, un amor a España y una vocación de defensa del pueblo y de los intereses generales, que nada

tienen que ver con los derechos de los separatismos o con los derechos de los partidos. Llego a una

conclusión evidente: esta noche quedarán firmadas las actas de defunción de las instituciones: la

Soberanía Nacional pasará del Estado a los partidos políticos y no al pueblo, como ha proclamado, tan

terca como innecesariamente, la campaña oficial. No estará en las manos del pueblo porque sus re-

presentantes han sido sustituidos por ios intermediarios, que, como ocurre en las lonjas de los mercados,

son quienes se benefician a costa del productor y del consumidor.

Como no pienso pertenecer, por el momento, a ningún partido político, no tendré representación alguna ni

en la Cámara Baja ni en la Cámara Alta. Se ha cerrado el paréntesis: cuarenta años de vida; y, con ellos,

se van a borrar de la faz de nuestra tierra las grandes y las pequeñas conquistas de este tiempo. Todo. Ha

caído el telón y yo felicito al Gobierno del señor Suárez porque, a pesar de la campaña orquestada en el

Ministerio de Información y Turismo, estoy seguro de que esta noche obtendrá el porcentaje homologador

necesario para circular por Europa sin miedo a que nadie le increpe. Le sugiero, de paso, que para que

todo resulte perfecto, armónico, riguroso y absoluto, las elecciones generales se celebren el 16 de fe,

brero de 1.977. Los españoles que no alcanzamos en vivencia práctica aquellas fechas de 1.936, podremos

ver de nuevo en la Puerta del Sol el retrato de don José María Gil-Robles y en la Puerta de Alcalá el de

Mao. Es para completar la homologación con el pasado, que, en el fondo, es lo que importa. Lo que no

veremos ya jamás —¿para qué?— será la imagen de otro Francisco Franco acudiendo generosa y

sacrificadamente a calmar nuestros sofocones. Pero de eso el señor Suárez, no tiene la culpa.

Antonio IZQUIERDO

 

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