Como en los buenos tiempos     
 
 El Alcázar.    17/11/1976.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL ALCAZAR COMO EN LOS BUENOS TIEMPOS

LA convocatoria para la manifestación del 20 de noviembre en la plaza de Oriente ha sido como un soplo

de aire puro, en medio de la polución atmosférica a que la confusión, el arribismo, las piruetas y la

jactancia han lanzado sobre panorama político. El entusiasmo con que el pueblo español, el sano pueblo

español que recuerda al gran Caudillo que durante cuarenta años le llevó por sendas de dignidad,

seguridad y progreso, responde a la convocatoria es notorio, no sólo a nivel de adhesiones, colectivas o

individuales, sino en el aire alegre que ha vuelto a muchos semblantes entristecidos por el espectáculo de

la ingratitud, el revanchismo y la quiebra económica. Si una frase debiera resumir et estado de ánimo de

millones de españoles, seria ésta:

"Todos a la plaza de Oriente. Como en los buenos tiempos".

Puede llamarnos nostálgicos el que quiera. No nos importa. La nostalgia no es ningún sentimiento

censurable, cuando está motivada por la realidad objetiva y la gratitud. El pueblo español tiene perfecto

derecho a sentir nostalgia de una época reciente de su historia, que entraña unos bienes colectivos que

tristemente han comenzado a naufragar. No es lo malo que el pueblo sienta nostalgia. Lo malo es que se

le haya obligado a sentirla tan pronto.

Se dirá que es ya de antiguo conocido el sentimiento subjetivo de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Para la fórmula descalificadora en este caso no. vale. En primer lugar, porque el tiempo pasado no es un

tiempo remoto, que pueda resultar embellecido por la lejanía. Está ahí, a una distancia de meses y

escasamente hace un año que ese mismo pueblo se concentraba en esa misma plaza de Oriente para mos-

trar su adhesión entusiasta a ese mismo Caudillo al que hoy, después de muerto, quiere volver a honrar. El

pasado no lo ha embellecido el tiempo. El pasado ha sido revalorizado por la comparación con el negro

horizonte que ante los ojos de los españoles presentan quienes quieren hacernos volver a un pasado más

lejano, que nadie encuentra bello: el del enfrentamiento partidista, la lucha de clases, el hambre, la sangre

y el odio. Que el español medio, que el hombre de la calle, que el español que no vive de la política, sino

de sus manos, se sintiera hoy más feliz, más seguro, más rico, y la nostalgia no tendría por qué acompañar

a la veneración ni a la gratitud por el gran Cudíllo muerto. Si además de gratitud (y el que no es agrade-

cido no es bien nacido) hay nostalgia, la culpa, repetimos, no es del que la siente, sino de quienes la

provocan con sus errores.

Por eso, miles de españoles acudirán de toda fa nación, de una nación que se niega a convertirse en un

país fragmentado, a la plaza de Oriente. Para gritar un "(Aquí estamos!" que levante el ánimo de los que

duden y haga recapacitar a los que con frivolo aventurismo quieren poner en juego el porvenir de España.

Para mostrar una decidida e irrevocable voluntad de vencer. Como en los buenos tiempos.

 

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