Autor: Chico Pérez, Rafael (LUIS MONTES). 
 Etapas de cautiverio en zona roja: (II). 
 Muñoz Grandes y Miaja: Entrevista secreta en Porlier     
 
 El Alcázar.    05/01/1977.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 34. 

ETAPAS DEL CAUTIVERIO EN ZONA ROJA: (II) Por Rafael CHICO

MUÑOZ GRANDES Y MIAJA:

ENTREVISTA SECRETA

EN PORLIER.

Intervención de la Cruz Roja en los primeros meses de 1937

—Rafael, avisa al recluso Agustín Muñoz. Esto me dijo Vidal, el Oficial de Prisiones que estaba de

servicio aquel día en la Prisión de Porlier y que acababa de subir del "Centro" a la Cuarta Galería, donde

yo me había "enchufado", de escribiente.

—Agustín Muñoz ¿que?, pregunté yo que, sin embargo me había dado cuenta de que se refería a Muñoz

Grandes, no recuerdo si a la sazón Teniente Coronel o Coronel, que no estaba en la Galería cuarta, sino en

la vecina enfermería. Y me puse a buscar en. el fichero aún a sabiendas de que en la galería no había

ningún detenido con ese nombre y apellido.

—No me han dicho más que Agustín Muñoz, me dijo Vidal.

—Pues aquí no esta, mira, le dije enseñándole el fichero, donde había varios Muñoz ^ pero ninguno de

nombre Agustín.

—Pues bajaré a ver el segundo apellido, dijo Vidal y salió del rastrillo, donde estaba, separada por una

reja, la Oficina de la galería.

Nada más abandonar ésta el Oficial me apresuré a entrar en la Oficina de enfermería y al escribiente de la

misma, mi buen amigo Javier Martín Artajo, le advertí de lo que había ocurrido. Y después de ello me

volví a mi puesto, ya que en aquel momento subían los de las parihuelas que traían los paquetes de coñu-

da para los presos de la galería cuarta y yo tenía mi trabajo que hacer y que, concretamente aquel día,

tema dos misiones especificas que cumplir y de signo bien distinto.

Por un lado, los Agustinos de El Escorial que me habían advertido que les enviaban hostias sin consagrar

para poder dar y recibir la Comunión en aquellas misas que se celebraban con todas las precauciones

necesarias en la última de las Salas de la galería. Y por otro, el aviso de que en uno de los termos

destinados a un preso, en vez de café con leche venía el contenido de una botella de cognac. Y, además,

apartar mi cesta en la que mi familia, junto a algo de comida, casi siempre un arroz bastante amarillito y

en el que unos pimientos encarnados, únicos tropezones que traía, formaban los colores de nuestra bendita

y añorada bandera nacional, venia en el forro de la cesta el parte de Burgos de la noche anterior, parte

que, una vez leído por nuestro grupo de amigos, recorría toda la galería.

Así lo hice hurtando de la vigilancia del miliciano de turno en la galería los tres paquetes a que he hecho

referencia y que fueron entregados mi cesta a mi amigo José María Fernández y los otros dos a sus

destinatarios. Ni que decir tiene que al igual que e1 parte de guerra fue conocido Rápidamente por toda la

galería, yo tuve mi parte tanto de aquellas Sagradas Formas, una vez consagradas, como de aquel cognac

que había entrado en el termo.

Aquel día tocaba y lo mismo el miliciano de turno que yov nos quedamos envidiosamente admirados, al

ver los paquetes que habían llevado la familia de los ganaderos de Barajas, los Llórente Sevillano,

consistentes en unos pollos asados, que estaban diciendo "comerme".

No habíamos hecho más qué terminar el reparto de paquetes cuando volvió el Oficial de prisiones, Vidal

y me dijo que le abriera el rastrillo pues el recluso Agustín Muñoz que buscaba estaba en la enfermería.

Le abrí y pasó aver a Martín Artajo. Salió al cabo de un rato y después de unos minutos volvió a subir y

me dijo que avisara al recluso Agustín Muñoz que saliera, pues tenía visita.

Entré y después de hablar con Javier Martin Artajo_, fui a la celda —celda de frailes en su origen y ahora

de presos— donde Muñoz Grandes ocupaba una cama. En ella había otras tres camas que ocupaban otros

militares de alta graduación, de los que sólo recuerdo el nombre de uno llamado Chacel. Le dijo a Muñoz

Grandes lo de la visita, me preguntó que quien era, yo le dije que no sabia y se levantó de la cama y tras

vestirse, un sim-

Sle pantalón y un jersey de cueo alto, salió conmigo, cojeando ligeramente. En el rastrillo se emparejó

con el Oficial de prisiones y ambos salieron de la galería.

Media hora más tarde volvían a subir Muñoz Grandes y el Oficial de Prisiones quien esta vez, aunque

siempre fue correcto, pues no se trataba de miliciano, sino de auténtico Oficial de prisiones, trataba más

afectuosamente al preso. Abrí el rastrillo y acompañe a Muñoz Grandes a su celda y al volver, pregunté

ingenuamente a Vidal que aún permanecía en el*rastrillo que quien era el visitante a lo que Vidal me

contestó sencillamente. Miaja.

No había pasado mucho tiempo cuando subieron del Centro un gran paquete, diciéndome que era para el

recluso Agustín Muñoz y cuando me disponía a

llevárselo el miliciano de guardia me dijo que había que "cachear" el paquete y que para que lo

presenciara avisara al recluso. Así lo hice y delante de él procedí a abrir el paquete que consistía en

comida y tabaco latas de conservas de toda clase, galletas, pitillos, etc. Una vez que el miliciano dio su

visto bueno, recogí todo y se lo llevó a Muñoz.

Grandes a su celda. Diez minutos después Muñoz Grandes había repartido todo lo que contenía el paquete

entre sus compañeros de celda y otros reclusos hasta donde llegó. Algo me llegó a mí que lo compartí con

mi grupo de amigos.

¿De que´ hablaron en aquella entrevista el general Miaja, Jefe de la defensa de Madrid y Muñoz Grandes?.

Eso pertenece al secreto del sumario pero como la imaginación es libre que cada uno piense lo que quiera.

Muñoz Grandes, según leí yo en su ficha, estaba condenado a tres años de cárcel —digo esto, por lo que

diré luego— y pienso que no sería´ muy descabellado suponer que Miaja le ofreciera la libertad a cambio

de su colaboración en la defensa de Madrid. Pero no pasa de ser una suposición. Desde luego qu«? si esa

fue Ja oferta del cabecilla rojo también es cierto que Muñoz Grandes no la aceptó pues permaneció en

prisión.

Más adelante, sin poder precisar cuanto tiempo pasó de aquel día de la visita de Miaja, otra mañana,

después de haber repartido / el correo y los paquetes, subió, no recuerdo si el mismo Vidal u otro Oficial

de prisiones o miliciano, acompañando a un señor de gran presencia, pelo blanco y correctamente vestido

de paisano. Me dijeron que acompañara a este señor a la celda del recluso Agustín Muñoz —siempre

hablaban de él de Porlier de esta forma—. Abrí el rastrillo y acompañé a aquel señor hasta la puerta de la

celda que estaba cerrada. Le pedí al señor que aguardara un momento y después de llamar y obtener

permiso para entrar en aquella celda le dije a Muñoz Grandez lo que pasaba, que en la puerta de la celda

estaba un señor que iba a entrevistarse con él.

—¿Quien es?, ¿Le conoces?, me preguntó Muñoz Grandes.

— Pues no, le contesté y se lo describí.

—Que pase, me dijo.

Abrí la puerta y le invité a pasar, cerrando después, quedándome yo fuera, esperando a que terminara la

entrevista.

No puedo precisar cuanto duró. Solo sé que terminada se abrió la puerta y el propio Muñoz Grandes

acompañó a su visitante hasta el rastrillo, despidiéndose cordialmente. Una vez que le entregué al Oficial

de prisiones al visitante, volví a la celda de Muñoz Grandes y le pregunté quien era el visitante a lo que

Muñoz Grandes, secamente, me contestó.

—Gómez Ulla.

Y el tercero y último episodio del que fui testigo relacionado con la estancia del Portier del ilustre militar,

que luego sería Jefe de la Gloriosa División Azul en los frentes rusos, el Teniente General y finalmente

Capitán General don Agustín Muñoz Grandes, fue el siguiente:

Como ya he dicho en la^ ficha de Muñoz Grandes aparecía como condenado a tres años de prisión. Pues

bien, a la Oficina, donde yo era escribiente solían llegar algunos días, a eso del mediodía, las órdenes de

libertad que enviaba el Centro de la pri-

sión y que correspondían a los reclusos que estaban en esta galería. Estas órdenes de libertad eran de dos

clases "buenas" y "malas". Buenas eran las que provenían de la Dirección General de Prisiones a quien se

referia quedaba en libertad total y podía marcharse en el momento en que quisiera y que, como es de

suponer, no se demoraban nada, sobre todo a estas horas diurnas en que no era peligroso el salir a la calle,

aunque quizás, esto no se pueda asegurar totalmente, ya que posteriormente, me he enterado de que a

alguno le estaban esperando al salir en estas condiciones y su destino no fue su domicilio, sino la cuneta

de una carretera. Claro que esto que

cuento era ya en los primeros meses de 1937 y la intervención de la Cruz Roja Internacional y de algunos

diplomáticos, habían cortado algo los asesinatos.

Las otras libertades, las "malas", provenían de la Dirección General de Seguridad y aunque en ellas

figuraba también la palabra libertad, se añadía y "entre garle a los agentes de policía..." y aquí dos

nombres, para su traslado a... y aquí el nombre de otra prisión, bien de Madrid o de fuera o a un campo de

trabajo o a un Batallón disciplinario. Asi fue la mía, cuando ésta llegó el día 14 de abril de 1937 y mi

destino el Batallón Auxiliar de

Fortificaciones, entonces con sede en la calle de Matilde Diez, en la Prosperidad de Madrid y trasladado

posteriormente a Nuevo Baztán, pueblo de la provincia madrileña situado a cincuenta kilómetros de la

capital de España.

Pues bien, como iba diciendo, una mañana entre esas libertades llegó la de don Agustín Muñoz Grandes.

Y, asombro, era de las "buenas". Venía de la Dirección General de Prisiones y la firmaba el entonces

Director General, creo que Melchor Fernández. Con la Orden en la mano corrí hacia la celda de Muñoz

Grandez al que le di la noticia con gran alegría, —don Agustín, libertad y de la buena, Te dije. Muñoz

Grandes, que debía esperarla no se inmutó y me preguntó —¿y qué hago?— Puea recoger sus cosas y

marcharse cuando quiera Ahora es buena hora, le dije, ya que era aproximadamente mediodía. Le

pregunté si quería que le ayudara a hacer el equipaje y se sonrió diciéndome —Si no tengo nada apenas

que llevarme. Ahora voy a despedirme de los amigos.

Salí de la celda y al cabo de un rato apareció Muñoz Grandes llevando un hatillo en la mano, ni -siquiera

un maletín. Con el miliciano de turno cumplimentó los requisitos de firmar su salida y cuando le diieron

que podía marcharse se dirigió a mí y me abrazó fuertemente antes de abandonar la cuarta galería de la

Cárcel de Portier.

No le volví a ver hasta que al regreso de la División Azul fue invitado con su esposa a una recepción en el

Círculo Medina de la Sección Femenina en Madrid, acto al que acudí como periodista para hacer la

información correspondiente. Al entrar y antes de saludar a nadie y allí estaban el Ministro Secretario

General del Movimiento, la Delegada Nacional de la Sección Femenina y

otras autoridades y jerarquías, al verme, vino hacia mi, me abrazó y me preguntó que tal me iba. Yo,

emocionado, solo pude balbucear un "Bien, mi General".

Posteriormente y con ocasión de un banquete que los periodistas le ofrecimos en el Restaurante Lhardy,

me correspondió ofrecerle el homenaje y tuve ocasión de recordarle, sumariamente, estos hechos y el

General en su respuesta dijo que recordaba muy bien su estancia en la Cárcel de Porlier y los hechos que

yo ahora, deshilvanadamente, he contado.

De mi estancia en Porlier que duró desde el 17 de noviembre de

1936 hasta el 14 de abril de 1937, recuerdo, y extractamente recojo, algunos episodios. Por ejemplo, el

grupo de amigos que compartíamos todo, esperanzas y sufrimientos, alegrías y decepciones, así como

algún alimento que algunos no llegaba. Lo formábamos, José María Fernández, los Hermanos Jimeno,

Manuel María de Arana, a cuyo padre sacaron un día, sin que valiera que el hijo quisiera acompañarle u

ocupar su lugar, Manuel Torres Garrido, Manolo de la Torre Boque-rín, Serafín Molinero de Pablo, Paco

Zaragoza, y Eugenio Moñones.

Este último era falangista destacado y una figura popular del deporte ya que era el delantero centro de un

equipo de fútbol de la capital de España, el Club Deportivo Nacional; Al entrar en Porlier, procedente

como yo de la Cárcel Modelo, le cambiaron el nombre y figuraba como Eugenio Moreno. Pero entre los

presos había un muchacho joven, gran aficionado al fútbol que sentía una gran satisfacción de codearse

con su ídolo Moñones. Y ésta fue la desgracia para el gran "Homogéneo", como le llamábamos, jugando

con su nombre. Y fue la desgracia porque hablando de él lo oyó uno de los "chivatos", que los rojos

metían en las galenas para enterarse de lo que hablábamos. Y este "chivato" se enteró de que Eugenio

Moreno, era Eugenio Moñones y lo denunció.

Y la consecuencia fue que una tarde cuando él y yo estábamos jugando a "Las batallas de barcos"

vinieron a buscarle para una comunicación. Sorprendido salió de la galería y al poco rato vinieron a

buscar "sus cosas". Nunca más supimos de él. Me dijeron, al finalizar la guerra que su cuerpo había

aparecido, sin vida, en una cuneta de una carretera.

Y otro episodio del que fue

protagonista. La Divina Providencia estuvo de mi.lado y Dios permitió que actuara como lo hice y que me

permite hov escribir estas líneas. Una madrugada, las madrugadas terribles de Porlier leyeron una lista de

nombres llamando a varios presos. Y entre los nombres que leyeron figuraba el mío. Yo, dormido, no

contesté, aunque me llamaron tres veces, según me dijeron a la mañana siguente los que se sor-

prendieron de verme, pues haían escuchado la lista. Yo pregunté que para >qué era y me dijeron que se

trataba de un traslado al penal de Chinchilla. — Pues no oí nada, dije, y me alegro, ya que estimé que era

mejor estar en Madrid, más cerca de la familia y de la ansiada liberación.

A la noche siguiente volvieron a leer una nueva lista y de nuevo mi nombre en. ella. Cuando iba a

contestar, la Providencia, como he dicho, me aconsejó callarme. —Si ayer no contesté —pensé— y no ha

pasado nada, pues tampoco contesto hoy. Y me calle. Pero en esto viene un antiguo compañero de

Colegio, Paco Aser, también nombrado y me dice que conteste porque así iríamos los dos juntos y seria

menos duro. Yo le hice ver lo que había pasado y porqué no contestaba, y se fue él solo. Hoy Paco Aser

duerme el sueño de los justos en Paracuellos del Jarama Lo de Chinchilla era sólo un pretexto.

Dios no quiso que terminara yo de la misma manera. Recuerdo que un día fui llamado a declarar por el

que nosostros denominábamos "Tribunal de la Sangre" y cuando dije que pertenecía a Unión Radio,

creyendo que como esta Emisora seguía funcionando al servicio de los rojos, esto me iba a _ valer, me

preguntaron que (sabía yo del espionaje que Unión Radio estaba realizando a favor de "los facciosos". Y

tuve, como mal menor, que decir que me habían echado de ella el primer día del Movimiento.

Y para terminar, voy a reseñar aquí el menú que confeccionamos para el día de Nochebuena del 36

aprovechando lo que nos daban aquel día y lo que nuestras familias nos habían podido enviar. Dice así

aquel Menú: Grand Re-veillón. — Hors D´ouvres.— Canapés de lait concentré.— Petit-puis du foie-gras.

—Soupe General Porlier a la créme.— Ragout a la financiere.-Pommes de terre nature.— Condensed

milk Carni-val of Venise.— Fruit.— Oran-ges et raicines.— Vins et liqueurs.— "Marquis de Lozoya".

Champagne Calasancius gout americaine.— Whisky Howy- — Chartreuse Phosfatine.— Cup. Tabacs.—

Cigarrettes Bisonte tip americaine.— Panetelas Ca-, narias, tip Havanne.— Avis.— Ont prie L´habit de

soiree.

La canción de esta cárcel, con música de la popular canción de Angelillo "Soy un pobre presidiario"

decía, entre otras cosas, esto:

Soy un pobre preso "evacuao" en

Porlier.

fui de la Modelo "trasladao"

en un coche viejo y "desvencijao"

estallando bombas por doquier

bajo la mirada de la escolta

uchepé

que tenía más miedo que una

mujer.

Tomamos posesión de la nueva

mansión.

haciendo los petates en cualquier

rincón.

Soy un pobre presidiario, soy un

bravo falangista

que no come más que arroz

como no nos den reenganche

aquí no hay tío que ensanche

pues se pasa un hambre atroz.

Que feliz que voy a ser

si otra vez me vuelvo a ver

acostado en una cama

sobre un buen colchón de lana

sin los piojos de Porlier.

EL ALCÁZAR

 

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