Autor: V. M.. 
   Carrillo y sus crímenes     
 
 El Alcázar.    08/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

CARRILLO Y SUS CRÍMENES

No se trata ya de si prescriben o no jurídicamente —materia discutible— los crímenes del

máximo responsable de la muerte de doce mil inocentes; la prescripción moral no existe. La

justicia debe imponerse a la judicatura, según San Francisco de Sales y, por otra parte, resulta

obvio que si hay perdón o amnistía ello compete a las víctimas, y sobre todo a Dios, Juez

Supremo. Pero, además, para ese perdón hay una condición «sine qua non», y es el

arrepentimiento y la penitencia, que en ningún caso vemos asomar por parte de Santiago

Carrillo, contumaz e impenitente, como se ve.

Pero aún hay más, según estamos viendo con la publicación del libro «El Maquis en España»

del historiador Francisco Aguado Sánchez. Está la reincidencia, sin posible prescripción, de

Carrillo en su acción terrorista durante los años que siguieron a la terminación de la Segunda

Guerra Mundial hasta 1952. Años en que las principales víctimas de los crímenes comunistas

no fueron solamente paisanos ajenos a una acción armada (bastará recordar como muestra

esos dos matrimonios y tres hijos de siete, nueve y doce años de edad, amén de una señora de

69 años, asesinados y machacados con piedras y a patadas el 27 de Septiembre de 1947 en

Gúdar (Teruel), sino guardias civiles, víctimas no precisamente de encuentros, o sea en lucha,

sino eliminados en total indefensión, bien por haber sido he-

chos prisioneros, bien por otros medios. Responsabilidad que compete inexcusablemente a

Santiago Carrillo, que no sólo dirigía las operaciones desde el Sur de Francia sino que en una

ocasión llegó a estar en el valle de Aran para intervenir más directamente en la acción

terrorista.

Torcuato Luca de Tena en su artículo «Un regalo para Carrillo», publicado el último día del año

1976 en «ABC» recordaba las declaraciones que el dirigente comunista y genocida de

Paracuellos hacía a Oriana Fallaci en «L´Euro-peo»: «Yo he hecho la guerra civil de verdad.

Disparando, matando. He hecho también la guerrilla cuando creía en ella. Durante nueve años.

No sé si soy buen tirador, pero sé que apuntaba con cuidado: para matar. |Y he matadol». «No

me arrepiento de haberlo hecho».

De resultas de esa acción directa o personal y de la que llevaron a cabo esbirros, los

bandoleros que aterrorizaron varias provincias españolas entre 1943 y 1952 hubo que lamentar

953 asesinatos, teniendo la Guardia Civil 277 muertos y 370 heridos, ya que sobre el

Benemérito Cuerpo recayó el peso de la lucha en defensa de la sociedad y del orden. Por su

parte el Ejército tuvo 27 muertos y 39 heridos, el Cuerpo General de Policía 12 muertos y 21

heridos y la Policía Armada 11 muertos y 18 heridos.

Todas estas víctimas e incluso los 2.173 bandoleros muertos en

los encuentros armados (algunos fueron asesinados por sus propios jefes cuando sospechaban

de su debilidad o deserción) tienen un único culpable. Santiago Carrillo, que obediente a las

consignas de Kremlin, no dudó en someter a su Patria a una acción terrorista que durante años

ensangrentó la tierra de España. Sólo un estricto sentido de Justicia puede tener en cuenta

estos hechos a la hora de juzgar a un hombre que, sin arrepentimiento ni penitencia, ha venido

a ufanarse de su impunidad, gracias a unas circunstancias políticas anómalas, con desafío y

escarnio a las Fuerzas de Orden Público, muchos de cuyos miembros perecieron en las breñas

y bosques, sierras y serrijones de España para impedir que sucediera lo que ahora está

sucediendo.

V. M.

8 ENERO 1977

 

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