Entrevista en el diario "ABC". 
 El testimonio de un superviviente de Paracuellos     
 
 El Alcázar.    17/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 27. 

EL TESTIMONIO DE UN SUPERVIVIENTE DE PARACUELLOS

Don Ricardo Rombal: "Me dieron un Tiro en la rodilla, otro en el estómago y el de gracia en la

boca, a pesar de lo cual pude sobrevivir".

En su número de ayer, el diario de la mañana "ABC" publicó en sus páginas interiores una

entrevista con don Ricardo Rambal, superviviente de la matanza de Paracuellos, iniciando con

ello la publicación de una serie de testimonios y documentos sobre Paracuellos. "No nos

mueve afirma "ABC" —en su portada— el odio, sino el perdón y el olvido; pero conviene"

conocer al máximo estos detalles a fin de evitar la repetición de errores en el futuro,

Ricardo Rambal, abogado, de cincuenta y cinco años, abraza una sencilla cruz de granito y

hace un gesto para evitar la emoción: «Aquí me fusilaron hace cuarenta años. Yo era un chaval

de quince».

En el cementerio de Paracuellos mucho frío, quizá tanto como aquella noche del 28 de

noviembre de 1936 cuando el señor Rambal, entonces Ricardito para todos, fue llevado a

trompicones hacia el borde de una fosa común junto a otros muchos presos políticos de la

cárcel de San Antón. Frente a ellos un grupo de hombres con pistolas, fusiles y escopetas de

caza dispuestos a matar. Unos obligados, otros voluntarios.

«Hacía frío, pero, créame, que no lo notábamos. Llevábamos la ropa interior y el mono de la

prisión, nada más, pero no notábamos el frió. El miedo era la sensación más fuerte, no había

lugar para sentir nada más».

No habían recorrido ni cincuenta metros desde que fueron bajados de los camiones y....

«Algunos de nuestros compa-

ñeros llevaban las manos atadas».

Una descarga, luego una detonación, otra una nueva descarga......

«Yo, además, tenía una herida en la pierna. Me la había hecho un miliciano en la prisión

cuando intentaba robar una hogaza de pan. Me clavó el machete, pero no me quitó la hogaza».

Tiempo para una oración, un recuerdo y cuerpos que caen retorcidos, gritos y gemidos....

«Con nosotros estaba Muñoz Seca; lo mataron esa noche».

Más detonaciones, más disparos, más gritos. El paisaje negro de la noche pareció darle una

vuelta y silencio de muerte Desde el cercano pueblo de Paracuellos se escuchaban estas

detonaciones casi todas las noches, y después los vecinos también notaban el silencio de la

muerte.

FUSILADO

Un testigo presencial hubiese quedado paralizado al ver que uno de los cuerpos, aparente-

mente sin vida, de los asesinados en esa tanda comenzaba a moverse.

«No sabía donde estaba ni que me había pasado. Serian las doce de la noche cuando abrí de

nuevo los ojos. Me dolía una pierna, el estómago y la boca. Sangraba, sangraba mucho. Sin

moverme del lugar en el que había caído palpé el terreno con ambas manos. El frío de los

muertos me hizo reaccionar ¡Qué escena.....!

cuerpos y más cuerpos sin vida, amontonados, ensangrentados, algunos de ellos terriblemente

desfigurados. Me puse de pie, dudé décimas de segundo y sai corriendo despavorido. Creo

que no grité porque tenia un intenso dolor en la boca. Luego me daría cuenta, horas más tarde,

que tenia una bala incrustada en el paladar. Era el tiro de gracia que me había entrado por la

barbilla, pero afortunadamente el proyectil se quedó en la boca».

De madrugada, como todos los das que seguían a una ejecución, negarían los enterradores,

despojarían a los cadáveres de lo poco, de valor que conservasen y les echarían tierra encima.

Naturalmente que nadie notó la falta de uno de ellos. Oficialmente don Ricardo Rambal

Madueño, de quince años, falangista, había sido fusilado en Paracuellos del Jarama la noche

del 28 de noviembre de 1936.

DETENCIÓN

«FUI DETENIDO EL 4 de junio de 1936 por ser militante de Falange. Sin más acusación, sin

juicio previo, sin más diligencias pasé a la Cárcel Modelo a disposición del ministro de la Go-

bernación. Allí me encontré con grandes amigos, entre ellos con el propio José Antonio.

Los primeros momentos en la cárcel no fueron los peores. Todavía estábamos vigilados por

oficiales de prisiones y la vida era, dentro de lo que puede ser en una prisión, bastante normal.

Pero estalló el Alzamiento y las cosas comenzaron a endurecerse: de presos políticos había-

mos pasado a ser prisioneros de guerra.

El 22 de agosto desaparecieron los oficiales de prisiones y la cárcel fue tomada por los

milicianos. Pertenecían al grupo de ferrocarriles y estaban al mando de uno al que llamaban

"Papá pistolas".

Ese día, muy temprano, nos hicieron salir al patio a esperar ordenes. Cuando más confiados

estábamos, unas ametralladoras instaladas en unas casas del paseo del Moret, comenzaron a

dispararnos. Cayeron muchos, pues nos cogieron por sorpresa.

Yo corrí a refugiarme a un muro con otro grupo de presos. En ese instante ´abrieron las celdas

de los comunes; para dejarles en libertad, y las ametralladoras dejaron de disparar. Corrimos a

refugiamos en nuestra galería.

Algunos de los comunes, antes de marcharse, prendieron fuego a la prisión. La panadería que

estaba debajo de la entrada a nuestra galería, fue la dependencia más afectada, hasta el punto

de hundirse el techo y dejarnos completamente aislados del exterior. Eso nos salvó.

Una vez descombrada la puerta de la galería entraron los milicianos: "Os habéis salvado por

los pelos —nos dijeron—, pero os vamos a juzgar a todos».

Al día siguiente entraron unos milicianos a la galería y señalaron a unos cuantos: «Venir, que

os vamos a juzgar». No fue por sus nombres, fueron elegidos caprichosamente. El primero en

salir fue un comisario de policía, Martín Bardenas. Poco después escuchamos una descarga y

nunca más volvimos a verle. El segundo fue Enrique Matorras, que había abjurado del comu-

nismo con su libro «El comunismo en España».... En aquellos días cayeron Melquíades Alvarez

y otros más.

ABSOLUCIÓN

«Uno de los momentos más emocionantes de aquellos días fue cuando un sacerdote; tío del

general Franjul, al ver como se desarrollaban los acontecimientos, nos reunió a todos y nos dio

la absolución en bloque. Nunca se me olvidará aquello.

Cesaron los "juicios". Dos días después fuimos sacados de nuevo al patio. Nuestras miradas se

agudizaban para intentar descubrir los cañones de las ametralladoras; el recuerdo del día 22 lo

teníamos muy vivo. En esta ocasión no intentaron matarnos. Nos dieron ropa —antes nos la

habían quitado— y nos dejaron pasear. Pero no nos daban de comer ni. de beber y los

milicianos para divertirse, nos tiraban trozos de pan desde las garitas. Ya se puede imaginar los

saltos que dábamos para cogerlos.

Pronto se presentaría otra novedad, las sacas de presos. Durante el mes de septiembre y de

octubre, las hicieron sin listas, a dedo. Ellos debieron ser los ejecutados en la Casa de Campo

y en otros lugares cercanos a Madrid».

 

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