Autor: Corral Olariaga. 
 Temas sociales. 
 Plusvalía     
 
 El Alcázar.    24/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Temas sociales

PLUSVALÍA

Por Corral Olariaga

La improductividad del capital es uno de los mitos-base, sobre el cual se apoya la teoría socialista. Para el

socialismo-marxista el capitalista consume y no produce; es, por tanto un parásito, que debe ser eliminado

(y bien sabemos todos lo que en el florilegio del vocabulario de Marx vale el verbo eliminar). Marx tiene,

efectivamente, por sistema prescindir de la influencia del capital en la producción, y no pierde ocasión de

zaherir al capital y a los capitalistas con sus denuestos de sal gorda, con las flechas Herboladas de curare

o con la ponzoña de su sátira mordaz.

No pretendemos poner hoy paño al pulpito para discursear sobre la licitud o ilicitud del interés, que

producen las monedas, ni de las famosas teorías del lucrum cessans, damnun emergens, perículum sortis o

la poena conventionalis, esos que llaman "títulos extrínsecos" los moralistas. Aunque no estará demás

anticipar que la historia del derecho nos muestra cambios radicales a los canonistas.

Precisamente, la doctrina clásica de los juristas eclesiásticos repudiaba antaño la licitud del préstamo (o

sea negaba la productividad del numerario mero). A este respecto decía el Papa Alejandro II que los

prestamistas, los usureros "utríusque testa-mentí pagina damnantur" — es decir que estaban condenados

por ambos Testamentos; y contra ellos el derecho de las Decretales contenía toda clase de penas, incluso

la deposición de un clérigo. Modernamente, la organización de la economía ha hecho prevalecer el

concepto de la fecundidad del dinero; y, en la actualidad, el préstamo a interés bajo diversas formas, no

sólo está admitido por las Leyes de la Iglesia, sino que también está impuesto y preceptuado (Cfr. cánones

1523, 4°; 1531, 3°; 1533, 1° y 2°; 1547 y 1549 etc.).

Es que el dinero no era frugífero, de suyo; por eso hasta los últimos tiempos se consideraba injusto exigir

rédito o interés (o como en Castilla se decía "los caídos") por su mero préstamo. Pero, en la condición

general de la sociedad moderna, el dinero se ha venido a convertir en algo frugífero y productivo, de

suerte que ya sea lícito pactar y cobrar el interés legal; y aún un interés mayor, si existe "Título Justo

Extrínseco" (el de aquellos latinajos, que antes menté). Y esto se refuerza porque vale hasta para los

bienes eclesiásticos (cfr. canon 1543). Perdón por el inciso. Debo advertir que la usura sigue siendo grave

pecado contra septimun, cuando se desmadra; de modo que conste que no defendemos el capitalismo libe-

ral: Primero moros.

Sostiene Marx que, si en el acto de la producción no se emplease la fuerza del trabajo más allá de los

límites del trabajo socialmente necesario, o sea, del preciso para la producción de esa misma fuerza, el

producto que se obtuviera no resultaría con valor alguno añadido (que eso es a juicio suyo la plusvalía);

con lo cual el capitalista se vería chasqueado en su propósito de ganancia o lucro. Y añade Marx en El

Capital que, para obtener

ese valor añadido y aquella plusvalía, acude el capitalista a la superproducción del trabajador, sometido a

rendimiento, que es el creador —según él— de la plusvalía, que el capitalista hace suya; y por lo mismo

Marx le escupe a la cara el dicterio de explotador del proletario.

Al llegar a este punto Marx introduce ´en su dialéctica otro concepto: La alienación; y afirma que esta

alienación brota del producto e incide en el trabajo del productor, porque le desposeen del fruto de su

esfuerzo. Es más, dicen los economistas del presente, en el prólogo de La Crítica del Capital, que la plus-

valía que el producto obtiene precisamente por el trabajo, al transformarse en capital, se convierte en un

instrumento de explotación, cuando el sistema capitalista logra adueñarse del campus económico; y el

obrero se ve constreñido a seguir alquilando su fuerza al capitalista, para que este continúe pagándole su

trabajo-mercancía (es lenguaje del "padrecito").

Séanos permitido preguntar a los doctrinarios marxistas: ¿Acaso no intervienen en la producción, además

del trabajo, otros factores? Pongamos, por ejemplo, la inteligencia del científico que planifica, la

competencia de los técnicos, la dirección del Taff de las empresas, las instalaciones, la maquinaria —en

suma— el capital desembolsado con un riesgo? ¿Por ventura no se deberán tener también en cuenta las

alzas y las bajas del mercado y otras basculaciones, desatadas por la ley de la oferta y la demanda lícitas;

y no hubo que montar la cadena de las redes comerciales y hacer viajes y establecer contactos, todo ello a

cargo de los hombres de las relaciones públicas? Entonces ¿por qué en ese y otros razonamientos se

omitieron estos y otros elementos de la producción, otorgando al trabajo la exclusiva del milagro en la ob-

tención de los productos?

Por último voy a aducir uno de esos argumentos ad hominem que suelen ser tumbativos. La necesidad del

capital la proclaman con su proceder y su conducta los jerifaltes de La Troika de Moscú y ios tecnócratas

rusos. Ellos, gracias al capital extranjero, que solicitaron —por tanto, por cuanto vos—, pudieron realizar

el primero de los planes quinquenales; a pesar de que Lenin dijera que el capital era "la tontería de los

imperialistas". El capital es fuente de producción y argüimos: El que es dueño de la causa, es amo del

producto; el capital lo produjo, habrá que dárselo.

 

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