Autor: Marco Linares, Victoria. 
   Quédate donde estás Alberti     
 
 El Alcázar.    09/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 17. 

Quédate donde estás, Alberti

No vengas Alberti, quédate donde estás.

Y no es que tu presencia nos importe ni a mí ni a otros españoles, cuando hay otras convivencias que han

roto ya el sosiego.

Pero no debes hacerlo si van a continuar doliéndote las uñas, los huesos y los cabellos, sólo porque tienes

turbia el alma y tus imágenes son tan confusas como las de esa carta tuya.

Poco lugar dejas para la poesía en ese alma que agoniza entre el rencor y la ira porque tú haces real* la

imagen sombría de una d,e esas dos Españas que enfrentas, sintiéndote en vilo entre el clavel y la espada.

Sosiégate Alberti y descansa de ese incómodo vivir, si quieres encontrar tu remanso soñado, cuando es en

fi donde está la tormenta de ese vivir en vilo que oculta, entre un filo y una flor todo un simbolismo

freudiano.

Y si en verdad te reconoces poco merecedor de "no se sabe qué rosa" ni qué clavel, renuncia también a la

espada y no te aferres a ella evitándonos una extraña imagen. Una imagen híbrida que, también como tu

alma, oscila entre una ceguera obstinada y un cierto remordimiento.

Porque, no nos engañemos Alberti, a ti no te preocupan esas losas que dices, ni esos zaguanes, ni esos

muertos que no aclaras de quiénes son, porque tú sabes que, cuando menos, nos fueron comunes, pero es

que en el fondo no te inquietan ya demasiado ninguno, como tampoco pueden inquietarte les ráfagas de

metralleta que en un túnel de Villaverde acabaron con tantas vidas (cientos o miles, no lo sé, el "rencor"

de los míos no llegaba a contabilizarlos, sólo me ´dijeron que 10 al menos me pertenecían y que buena

parte de aquella sangre que se perdió en la oscuridad era también mi propia sangre), ni te inquietan las

fosas de Paracuellos porque tampoco pueden importarte los de-

más osarios, ya que te preocupas más bien mantener a toda costa tu imagen victimaría y perseguida, para

continuar viviendo tu cómoda-y dorada burguesía.

A ti en el fondo lo que te aleja es reconocer que has explotado en exceso ese falso simbolismo de cultura

acosada por la barbarie de las pistolas, hasta conseguir así una aureola mítica que ni tú, ni otros como tú,

hubierais soñado tener jamás.

A ti lo que te aterra es acabar con ese mito y comprobar que ese cáncer negro no está como pretendes en

España, sino en ti mismo, el cáncer del inconformismo y el rencor, aunque tú pretendas encubrirlo con

palabras inefables de impulso alegre, canto, luz y vida.

Y como los ídolos vistos de cerca defraudan a veces, sabes también que si vienes puedes romper el

encanto, corriendo ademas el riesgo de ser utilizado como siempre por algún grupito sin otro interés que

el de hacer de ti bandería (no bandería de "bandera", sino de "banda" política), porque tampoco ignoras

que, después de todo, es posible que no se detenga el pulso de España en sus cuatro puntos cardinales, y

que la brisa cargada de fragancias no se perderá por las serranías o los valles, pálidos de amanecida,

diciéndote: "Alberti, Alberti, por qué no has venido antes, hombre". _ Y esa pueblo que tú creías

encontrar silencioso, roto y suplicante, que en su gran mayoría tiene televisor, frigorífico y coche, te dirá

que te dejes de absurdos y que has perdido el tiempo. Y los más desheredados puede que te digan, a lo

sumó, que a ver si de verdad otros lo hacen mejor.

Y sabes igualmente el gran favor que te hizo quien fuese, al quemar una librería que lleva tu nombre,

cuando también podía llevar otro nombre cualquiera.

Igualmente que sabes toda tu cobardía aludiendo a los asesinos sueltos y respal-

dados del "viva la muerte", porque ni tienes hombría para enfrentarte con la realidad de tu pequenez

moral, ni eres capaz de entender la generosidad de los ideales o la grandeza de espíritu, y te aferras, sin

ninguna poesía, al recurso de las alimañas o reptiles que escupen veneno.

Ahí tienes esos dos testimonios que han llegado a mi, casi al tiempo que el recorte de tu carta.

Y si quieres volver con la ofensa y la injuria para desgajar a España en dos Españas, quédate con la tuya,

que es la del ataque por la espalda o la de esos secuestradores, y alia tú, que pudiste elegir mejor.

Yo me quedo con la otra, la que nunca cerró los puños amenazante porque abría las manos a la

reconciliación; yo me quedo con la mía, la de esos hombres de los que dice Spengler: "Cuando todo cae,

cuando todo se derrumba, cuando el cataclismo se apodera de los ideales y estructuras de la sociedad,

siempre surge a última hora un pelotón de soldados que salvan la civilización".

Lo que a veces no es necesariamente como temen los cobardes una oculta amenaza de represión, o de la

razón por la fuerza, ni tan siquiera el derecho de la justicia.

Es, por lo contrario, esa otra razón y esa otra fuerza que nada puede abatir, porque es la del espíritu que

sobrevive siempre y siempre permanece.

Sólo por eso te digo que no vengas, Alberti, si quieres ahorrarte la comparación de tu imagen real con otra

menos pequeña.

Victoria MARCO LINARES

De ambas cartas sólo he omitido el nombre de quienes las recibieron, porque así se me ha pedido, y el de

la revista a que alude una de ellas por no hacer publicidad de la prensa carroñera.

 

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