Autor: Barcena, José María. 
   Escalada de incongruencias     
 
 El Alcázar.    18/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

ESCALADA

DE

INCONGRUENCIAS

Todo empezó con la llamada crisis energética en otoño de 1973. Y, para España, el 20 de diciembre del

mismo año, cuando en la impunidad sólo comparable a la que acompañó el asesinato de Kennedy diez

años antes dentro de su coche presidencial, también el automóvil de Carrero Blanco fue objeto de un

atentado, volando por los aires con la precisión matemática del despegue de una cápsula espacial. Nadie,

al parecer, reparó en este detalle, aceptándose la versión oficial de los hechos, que hasta el presente ha

prevalecido —tal y como aconteciera con el informe Warren— no sin que alguien manifestase su

disconformidad, como el profesor Herrero Tejedor en su calidad de fiscal del Tribunal Supremo, si bien

su fortuita muerte —también dentro de un automóvil— le privara de elevar a definitivas sus conclusiones

provisionales.

El mundo siguió andando. Y la criáis económica minando... las estructuras del Régimen en los momentos

cruciales del declive físico de Franco. Hasta que después de una escalofriante progresión del terrorismo,

cuatro policías en distintos lugares de Madrid, eran abatidos por misteriosas balas asesinas horas antes de

que la indignación popular —convocada una manifestación en la Plaza de Oriente para aquel mismo día 1

de octubre de 1975— multiplicase por cuatro no sólo el número previsto de manifestantes ante el

Caudillo, sino su fervor1 excitado por la salvajada apenas digerida. La emoción del viejo León del Pardo,

visiblemente roto corporalmente, hizo comentar a más de uno: ¿Estaremos matando a este nombre?

Y, en efecto, así fue. Pero quiso la Divina Providencia que el "stress" emocional no apuñalase

repentinamente al Generalísimo, cuya lucha feroz contra la muerte durante cincuenta días inolvidables

para la ¡Historia de España, le granjearon la admiración de sus propios enemigos, propiciando tras de su

muerte ejemplar que la instauración de la Monarquía se llevara a cabo dentro de un cuma de confianza en

el futuro, mientras Rodríguez de Valcárcel, "en el recuerdo a Franco" y por primera vez de modo oficial

desde la primavera del año 1931, pudiera exclamar libremente: rt¡Viva el Rey!".

El País adentróse en una vía de reformas cuyos pasos a nivel resultaron más incómodos de lo que se

presumía, hasta el punto que el proceso democrático está teniendo mejor ambiente en cierta Prensa, como

"reflejo de las veleidades europeas, que en nuestras sufridas clases medias y obreras para quienes todo

este confuso juego político en modo alguno prevé una solución ni tan siquiera remota a la angustiosa

degradación "in crescendo" de su poder adquisitivo.

En medio de este vendaval de despropósitos, numerosas facciones piden la aceleración del proceso

democrático y la inmediata celebración de elecciones por el método del sufragio universal, siendo así que

ni siquiera conocemos los nombres de los optantes a los 557 escaños de un Parlamento en el que, nada

más y nada menos, se va a redactar una nueva Constitución para los Españoles, al tiempo que personajes

tan libres de sospecha de Franquismo como el profesor Tierno Galván, se declaran partidarios de las leyes

dictadas por el Generalísimo Franco, con las cuales "si se aplicasen —son sus palabras textuales en el

"Círculo Diplomático de Madrid"— podría llegarse a una socialización muy avanzada, por ejemplo,

en el tema de la Banca, suelo, vivienda, etc".

Coincidiendo con este embrollo, político, comienza una escalada de huelgas salvajes, crímenes horrendos,

atentados inexplicables, secuestros inauditos y desórdenes callejeros, multiplicándose el desconcierto si se

comparan estas situaciones con obras acaecidas anteriormente, como por ejemplo cuando la Justicia se

vio impelida a cumplir la enojosa obligación de ejecutar unas sentencias de muerte, a causa de lo cual

desatóse una furia satánica contra nuestro País, hasta extremos tales como la ruptura de las recién estrena-

das relaciones con la República Democrática Alemana y la petición oficial de nuestra expulsión de las

Naciones Unidas, amén del anatema de Pablo VI, quién, sin embargo, no se había dignado expresar su

condolencia por el asesinato del Almirante Carrero.

En cambio, ahora, las Cancillerías del Este incluida Rusia, nos abren de par en par sus puertas a nivel de

relaciones diplomáticas plenas. ¿Constituye esta gracia marxista un genuino pago de servicios? ¿O es

simplemente una toma de posiciones ante la preponderancia del disidente Carrillo en el único País de

Europa donde se le ha concedido asilo político, tal y como pronosticábamos en el diario ABC de fecha 11

de abril de 1976?

Y cuando el líder eurocomunista aparece firmando junto a Gil Robles y otros gerifaltes un manifiesto de

apoyo al Gobierno; y se condenan las "masacres´ de abogados y servidores del Orden Público, y se

repudian los secuestros de Oriol y Villaescusa, y se produce la liberación incruenta de los mismos a las

cuarenta y ocho horas de haberse declarado el asunto materia reservada; y se produce la muerte de otro

policía mientras se mece en el ambiente una turbia impresión de que existen muchas incógnitas por

despejar, y su Santidad Pablo VI alza sus brazos ensalzando a nuestra Patria como si estuviéramos

atravesando el momento más feliz de nuestra historia; en medio de tanta incongruencia y por primera vez

en la historia del periodismo se suscribe un editorial conjunto conminando a los españoles a cerrar filas

frente a los eternos enemigos de España — como si de tal peligro no nos hubiera ya apercibido Francisco

Franco en su mensaje postumo— haciéndose hincapié de forma unánime en un "slogan" repleto de

ardiente patriotismo:

"¡TODOS CONTRA ELLOS!"...

De acuerdo. Todos contra ellos. Pero ¿quiénes son ellos?

José María BARCENA

 

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