Autor: Iglesias Selgas, Carlos. 
   Razones que justifican la lista abierta     
 
 Pueblo.    18/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 17. 

RAZONES QUE JUSTIFICAN LA LISTA ABIERTA

LA ley 1/1977, de 4 de enero, para la Reforma Política, al confiar al Gobierno la regulación de las

primeras elecciones a Cortes le obliga a tomar en consideración distintos criterios, entre los que se

cuentan los de la Comisión negociadora de la oposición, que ya ha hecho públicos algunos. Los restantes

sectores no se han pronunciado aún, lo que ha resultado extraño, y no se puede atribuir sólo a desinterés.

En realidad, lo normal sería que el Gobierno se moviera, en éste como en otros aspectos, «n-tre un

abanico de posibilidades, y que el país tuviera conciencia muy clara de ello.

Las normas electorales que prevé la ley para la Reforma Política deben partir de la realidad sociológica

española, que demuestra, a estas alturas, que los españoles no están incorporados, ni aun siquiera ideo-

lógicamente, a los partidos políticos. De ahí la inexcusable necesidad de que el sistema electoral tenga

muy en cuenta esta realidad, si se quiere que las normas electorales faciliten la participación en los

distintas sectores nacionales y que el proceso electoral se desenvuelva con imparcialidad.

A Estas notas las vamos a centrar en las elecciones del Congreso de los Diputados. Tratan de situar los

problemas suscitados que consideramos más importantes dentro de la temática general del sistema de

representación proporcional, Principio básico de la misma es asegurar una representación a las minorías

en proporción a los votos obtenidos. Pero si la enunciación da dicho principio es simple, su aplicación,

por el ´contra-´" río, es muy complicada.

En un sistema inspirado en criterios proporcionales se atribuyen en primer lugar a cada lista •! número de

puestos que les corresponde según los votos obtenidos sin tener en cuenta los «restos». La determinación

de los puestos debe hacerse siguiendo dos sistemas: el de «cociente electoral» y el de] «enumero

uniforme», este último difícilmente podría ser aplicable en razón a que la provincia es la circunscripción

electoral.*

Con arreglo al «cociente elec-toral» se divide en cada circunscripción el número total de sufragios válidos

por el número de diputados a elegir; la cifra así obtenida se denomina «cociente electoral». Tantas veces

este cociente electoral se contiene en la cifra de sufragios obtenidos por una lista, tantos candidatos tiene

ésta. Si el «panachage», es decir, el cambio de los nombres en las candidaturas, es admitido, se toma

como basa de cálculo la «media de la lista», que se obtiene dividiendo por el número de miembros de la

lista el de votos obtenidos por todos ellos.

A Cualquiera que sea el sistema empleado, siempre hay «restos», pues es materialmente imposible que el

número de sufragios obtenidos por todas las listas sea múltiplo del «cociente electoral». El problema de la

atribución de estos restos es el más difícil de resolver.

La solución más simple consiste en agrupar estos restos en el marco nacional; a nuestro juicio, ello no es

posible dados los términos de la ley d« Reforma Política. Habrá, pues, que recurrir al reparto de los restos

en el marco de cada circunscripción provincial. Varias modalidades son posibles. La más simple es

atribuir los puestos vacantes a las listas que tienen los restos más elevados, en orden decreciente, calcu-

lando cada vez el nuevo «resto» que queda cuando se atribuye un puesto a alguna lista. El sistema

favorece a los partidos menores en detrimento de los grandes. Es posible, sin embargo, que sea el más

aconsejable. Por lo que se desprende de las referencias de Prensa, esta es la fórmula propuesta por la

oposición.

4fe Otro sistema es el llamado de la «media más fuerte», que consiste en atribuir cada puesto libre a cada

lista sucesivamente y hacer entonces la media de los votos obtenidos por los diputados de cada una; la

lista que tiene más fuerza se atribuye, efectivamente, el puesto. Este sistema no parece por el momento

aconsejable por su complicación. A Cuando se ha calculado el nú-mero de candidatos elegidos en cada

lista, queda por precisar la persona de estos candidatos. Cuando el «panachage» es admitido, se procla-

man aquellos que han obtenido el mayor número de votos. Es la fórmula más democrática y más sencilla

y la consecuente con nuestra tradición nacíonal.

Cuando el «panachage» no se admite, «I problema es más delicado. El procedimiento más simple consiste

en declarar elegidos a los candidatos situados en cabecera de lista, con lo que se traslada parcialmente el

poder d« elección de los electores a los comités electorales de los partidos, que son quienes confeccionan

las listas.

Otro sistema consiste en que el elector vote una lista y clasifique a cada miembro dentro de ella por orden

de preferencia. Este sistema tiene una variante en el que se denomina «sistema preferencia!», según el

cual el elector- vota por una lista completa; pero marcando con una señal, uno o dos candidatos (nor-

malmente, dos, para evitar que la mayor parte de las marcas se sitúen en cabecera de lista). Se clasifica a

continuación el número de preferencias que han obtenido los miembros de las listas, y esta clasificación

determina la personalidad de los candidatos elegidos. El sistema sólo puede funcionar si la lista no lleva

ningún orden de presentación. La alternativa sería el sistema italiana, donde el elector designa de la lista

cerrada los cuatro qu» desea vayan en lugar preferente. Entendemos que lo adecuado sería el sistema de

lista abierta (con panachagé» admitido), es decir, que se pueda votar por los candidatos de listas

diferentes. Las razones por las que aconsejamos la lista abierta o «panachage» son las siguientes:

La lista cerrada es el procedimiento menos democrático, en razón a que los comités electorales sustituyen

a los electores en la designación real de los elegidos, cosa que no tiene la menor justificación,

particularmente en el caso español.

Dada la configuración actual de los partidos en España, es obligado recurrir a coaliciones; pero éstas

serán materialmente imposibles con la candidatura bloqueada (en la que no se consiente al elector ni aun

dar el orden de preferencia). De hecho, todo el que tenga unas minimas posibilidades se inclinará a-

presentarse sólo al frente de una candidatura, lo que no es aconsejable.

En la actualidad los partidos políticos no han encarnado en la sociedad, por lo que las elecciones se van a

desenvolver en función de las condiciones personales de los candidatos, a lo que se opone la lista cerrada.

No parece razonable imponer a la sociedad unas estructuras que todavía no han encarnado en ella. La

reacción de ésta puede ser la abstención. Aspecto éste que no deben desconocer los que pretenden que sea

el pueblo quien elija a sus diputados. El sistema de lista abierta es e! que corresponde a la tradición

nacional y el más comprensible para ef elector, ya que le permite votar a candidatos que prefiere,

cualquiera que sea la lista donde figure. Y el escrutinio es relativamente sencillo, ya que se toma como

base de cálculo la «media de la listan, que se obtiene dividiendo por el número de miembros de |a lista el

tota) de votos obtenidos por cada uno de elfos. Los que tienen menos votos se colocan al final de la lista.

En esto sistema las listas de las diversas candidaturas deben tener unas lineas en blanco, en el bien

entendido de que los que no las cubran optan por los consignados. Es curioso que estas razones,

que abundan en favor de la lista abierta, y que contradicen los criterios propugnados por la oposición, no

hayan sido hechos suyos ni aun siquiera por los que van a tropezar con grandes dificultades en las diver-

sas alianzas. Recurrir a procedimientos artificiales, que no cuentan con la menor tradición´ en el país, ni

aun siquiera en la legislación comparada de los países de cierta talla —afirmamos terminantemente que

nada de lo que se sugiere en dichos criterios es aplicado en las grandes democracias occidentales— no va

a resolverles su problema, que es la carencia de votos, pues no hay sistema electoral que supla la falta de

electores.

Carlos IGLESIAS SELGAS

 

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