Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   Un culpable se confiesa  :   
 La destemplada irrupción de Adolfo Suárez en el coro histérico del enojo partitocrático sólo sirve para confirmar que la crisis de la democracia y de las instituciones, difícilmente superable, lleva su firma y la marca de su propio miedo. 
 El Alcázar.    05/06/1982.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

Crónica de España

Un culpable se confiesa

La destemplada irrupción de Adolfo Suárez en el coro histórico del enojo partitocrático sólo

sirve para confirmar que la crisis de la democracia y de las instituciones, difícilmente superable,

lleva su firma y la marca de su propio miedo

Adolfo Suárez ha roto el silencio, acogiéndose a la fraternidad de El País. Adolfo Suárez es

víctima de una curiosa dixlesia política: calla cuando debería hablar y declara cuando debería

callar. Adolfo Suárez es una figura que parece arrancada del ácido retrato hecho por Carlos

Seco Serrano de la España de Felipe IV o de aquella otra de Carlos IV y Fernando Vil que en la

Escuela de Periodismo nos explicaba Luis de Sosa con lujo de detalles. Ahora, igual que los

malos toreros, pretende Suárez engañar al respetable con un desplante chulesco para tapar

una pésima y desvergonzada faena. Prorrumpe en un «Yo disiento» que, en razón de quien lo

pronuncia, y a causa de su contenido, podría figurar entre los esperpentos de solana o los más

sórdidos caprichos de Goya.

La falaz argumentación de Suárez

RE CURRE Adolfo Suárez al mismo falaz expediente usado por todos sus compinches de la

dictadura parlamentaria: usar al Rey como escudo de sus ambiciones, de sus bajezas y de sus

yerros. Torpe y descalificadora argucia ésta de hacer de! Rey la misma utilización dialéctica de

la que acusa a los sentenciados por los acontecimientos del 23 de febrero. Pero, además, con

una neta diferencia, que no ha pasado desapercibida a tos lectores asiduos de las

informaciones objetivas sobre el juicio: los procesados creyeron que su acción tenía impulso

real: Adolfo Suárez tiene la osadía de traspasar al Rey sus propias e interesadas opiniones.

En el primer caso es inocultable una recta intencionalidad. En el segundo, el de Adolfo Suárez

y la clase política, está ausente la limpieza de ánimo. Insistir en un tema que ya estaba

obviado, excede de la consideración de mera torpeza política, aunque ésta sea consustancial al

duque enriquecido en los negocios. Es hora de que los políticos de arrabal asuman a cuerpo

limpio sus propias y gravísimas responsabilidades ei el hundimiento de España, saliendo del

parapeto.

Le ha dolido en lo más vivo a la clase partitocrática una consideración definitiva del Tribunal,

que Adolfo Suárez, ayuno de sentido político y de un mínimo barniz jurídico, comete el error de

subrayar. Me refiero a la justificación para absolver a los tenientes de la Guardia Civil, puesto

«que su error no resultaba vencible en sus circunstancias» y que «los acontecimientos de la

noche del 23 y madrugada del 24 de febrero presentaron apariencias suficientemente confusas

y expectantes para hacer dudar, incluso a mandos muy superiores, de las decisiones a tomar, y

por ello a dilatar su adopción en espera de que la situación apareciese como clara y

resueltamente decidida »

El llamativo y esclarecedor el reconocimiento por el Tribunal de que todo lo sucedido estuviera

confuso durante muchísimas horas, «incluso para mandos muy superiores», lo cual explicaría,

entre otras cosas, los extraños comportamientos que todos pudimos observar en el hotel

Palace. Lo esjtá a estas alturas hasta para los procesados, copartícipes de la opinión

desconcertada expuesta por el teniente coronel Tejero, a quien, según declaró, le gustaría que

alguien le explicara algún día lo que sucedió realmente el 23 de febrero Adolfo Suárez, sin

embargo, no alberga confusión alguna, lo cual resulta manifestación de un simplismo

incorregible o expresión de un conocimiento del que todos los demás carecemos. Si fuera así,

podía haber comenzado Adolfo Suárez por sacarnos de confusiones y titular su artículo « Yo lo

sé todo», en vez de hacer/o con el ocioso y petulante «Yo disiento».

La desfachatez de un oportunista

PODRIA haberme dejado llevar de la fácil tentación biográfica para contradecirá Suárez.

La fulgurante historia política y comercial de Adolfo Suárez y su insólita capacidad para el

chaquetísmo, ofrecen cauda/ inacabable a quien quiera destrozar el escaso prestigio que

pueda restar/e, reducido al espacio de una voraz clientela de estómagos agradecidos y de

arribistas No sería empeño difícil para quienes, además, conocemos de cerca las artes de que

se valió para prosperar y la naturaleza de los abandonos oportunistas de que fueron víctimas

quienes más le protegieron, movidos por sus lastimeras apelaciones o sus serviciales

confidencias. No merece la pena, aunque su « Yo disiento» corresponda a esa misma suerte

de colocación gitanesca que le proporcionó poder y fortuna en toda suerte de cambios.

Lo suyo ha sido siempre aquello de "ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor» . ¿ Y quién

es ahora el señor de Adolfo Suárez? Tanto ha cambiado de señor en estos últimos veinte años,

que ni se sabe, aunque haya motivos sobrados para sospechar que no es precisamente aquel

a quien presume defender. Tampoco a la democracia, por supuesto. La democracia vale para

Adolfo Suárez lo mismo que el Movimiento: mero trampolín para satisfacer sus insaciables

ambiciones de poder. ¡Hasta soñó con ser presidente de los Estados Unidos de Europa!

Cae Adolfo Suárez en la misma aberración que sus congéneres, empecinados en ganarse el

desprecio popular con histéricos graznidos. No me refiero a su peculiar concepción

democrática de la Justicia y del Estado del derecho, consistente en que sólo es válido aquello

que les conviene. Aludo a la procaz identificación que proponen entre ellos y la soberanía

popular. Adolfo Suárez transita por idéntica deformación facciosa de la realidad que sus

compinches del transaccionismo: «La absolución de algunos oficiales que ejercieron violencia

física contra los representantes del pueblo y actuaron con sus armas en contra del poder civil,

encarnado en el Gobierno y en el Congreso de los Diputados. »

¿ Pero alguien puede hablar con rigor a estas alturas, incluso desde la filosofía estricta del

sufragio universal inorgánico, de una correlación objetiva entre parlamento y voluntad popular?

Ninguna de las ceremonias electorales realizadas al amparo de la transacción resiste un serio

análisis democrático. La democracia es sólo una presunción formal en España. La democracia

prometida fue construida desde el compromiso despótico de unas minorías y la actual crisis

políticas es la inevitable degeneración de tales aberraciones en dictadura enmascarada.

Unos verdaderos demócratas habrían aceptado con serenidad las sentencias, conforme a los

correctos usos políticos en un estado de Derecho, y, en todo caso, habrían interpuesto

después, con el natural recato, los recursos a que hubiera lugar.

La democracia nació deforme y en crisis

NADA de lo que se ha hecho en España desde la transgresión del " mandato popular explícito

en la Ley de Reforma Política, puede presumir de auténtico respaldo democrático. La voluntad

popular ha sido sistemáticamente sustraída mediante un sistema oligopolis-ta del poder que ha

consagrado el despotismo de los partidos. Adolfo Suárez ha sido el gran artífice de esta

gigantesca manipulación. Y contra él y contra todos los que le han acompañado en la farsa se

vuelve ahora la acusación que pretende volcar sobre los procesados y también sobre el

Tribunal: «Porque la crisis de la democracia implica necesariamente ¡a crisis de todas las

instituciones —la Corona, el Parlamento, el Gobierno, las Fuerzas Armadas, los partidos

políticos, la Administración y los propios tribunales de justicia—, que sólo en el orden

democrático que el pueblo español, en el ejercicio legítimo de su soberanía, se ha dado a sí

mismo encuentra su verdadero sentido y fundamento. »

fs ocioso entrar a demostrarte a Suárez que el pueblo español nada se ha dado a sí mismo

desde la muerte de Franco. Multitud de libros nacidos de los propios espacios del

transaccionismo, a comenzar por los de Rafael Calvo Serer, demuestran que todo se ha hecho

conforme a un compromiso conspiratorio muy anterior al 20 de noviembre de 19 75, al que ni

tan siquiera la ETA fue ajena. Si «la crisis de la democracia implica necesariamente la crisis de

todas las instituciones españolas», y no cabe ninguna duda de que vivimos la crisis irreversible

de una democracia sólo aparente, es necio atribuir el origen de la crisis a quienes creyeron

cumplir un razonable servicio el 23 de febrero. Antes de esa fecha ya estaba en crisis

irreparable la democracia, Y fue Suárez uno de los principa/es responsables de la crisis, hasta

el punto que hubo de dimitir en medio de un grotesco espectáculo de picaresca política.

Lo que correspondería a Suárez, de albergar un último resto de lucidez y de dignidad, sería un

« Yo me acuso», en vez de ese estrafalario « Yo disiento». La crisis de las instituciones es

culpa de las camarillas de los partidos, sólo preocupadas por debilitarlas y utilizarlas en

beneficio de sus intereses sectarios, en vez de potenciarlas al servicio de España. Han

pretendido hacer de la democracia y de sus instituciones lo mismo que del pueblo: Mero y dócil

instrumento. Es natural que ahora, cuando las sentencias no son las que el despotismo

partitocrático pretendía para el total desahogo de su revanchismo, Adolfo Suárez, en la misma

línea que la entera carnada de /os pactos de la Moncloa, disienta del Tribunal.

Miedo a la verdad

UNA última cuestión me parece digna II de ser tomada en cuenta: «Alguna vez señalé —

escribe Suárez— que sólo había que tener miedo al miedo mismo. No hay libertad bajo el

miedo, no hay derechos ciudadanos bajo el miedo, no se puede gobernar bajo el miedo.»

¿ Y acaso esta ficción de democracia no ha sido construida conjuntamente sobre la coacción y

sobre el miedo?

Todo es miedo en la España de hoy: miedo al delincuente, miedo al terrorismo, miedo al

hambre, miedo al paro, miedo al despido, miedo a la represalia, miedo a la verdad, miedo a la

puñalada trapera, miedo al poder, miedo al futuro... El miedo aparece por doquier. Pero fue

Adolfo Suárez, desde su propio miedo y la mala conciencia de la clase política tramposamente

reim-plantada, quien ha hecho del miedo la razón de ser de la tiranía partitocrática.

Su permanente y despavorida huida hacia adelante ha impreso un sello indeleble ai sistema, ha

terminado con la democracia, ha puesto en crisis a las instituciones, sumido en la miseria al

pueblo y ha hundido a España. Es inocultable que su torpe y grosero « Yod/siento» es también

producto del miedo. En ningún caso de la razón. Exhibe Suárez un miedo cerval a que

resplandezca ¡a verdad y terminen las «apariencias confusas y expectantes» de que deja

constancia el Tribunal.

El miedo ha vuelto a jugarle una mala pasada a Suárez. Ha quedado desnudo, despojado de

toda credibilidad y al aire las vergüenzas de su insaciable ambición y de sus tortuosos regates.

Si el miedo es mal consejero, la zafiedad unida al miedo destruye los disfraces y abate las

caretas. ¿Suárez disentidor? Suárez culpable de la agonía de España.

Ismael MEDINA

 

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