Autor: Castejón Roy, Agustín. 
   "Inefable señor Solana"     
 
 El Alcázar.    03/06/1982.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

«Inefable señor Solana»

Si no fuera porque mi capacidad de asombro es ¡limitada desde aquel famoso día de agosto de 1 960 en

que el cosmonauta ruso Yuli Gagarin dio tres vueltas al planeta azul entre desayuno y almuerzo, usted,

inefable señor Solana, la habría colmado.

Su todavía tierno —y de alusión correligionaria, nada —artículo insertado en ese tebeo rotativo de cuyo

nombre no puedo acordarme, frecuencia y número presumiblemente pandillero, sobre los capellanes

castrenses, tiene, como dicen mis buenos compatriotas andaluces, «tela marinera». Su personal opinión,

adivinable sin esfuerzo, es que deben desaparecer. «Vaya tela.»

Y usted, inefable señor Solana, activo miembro de partido y hemiciclo, integrante de un colectivo que

alguna cosa tiene que cocer sobre la institución, se permite opinar que cinco millones de españoles

piensan igual que usted sobre capellanes castrenses.

Usted, inefable señor Solana, ha traído a mi memoria aquel inveterado chascarrillo de ¿Cuántos indios

vienen?, «y treinta mil uno», ¿Cómotreinta mil uno? «Sí», uno delante y unos treinta mil detrás.

Usted, señor Solana, parafraseando el chascarrillo, cuando en el Partido Socialista Obrero Español se

habla de capellanes castrenses, debe ser el «uno», y los cinco millones, los de detrás. Deduciendo en

consecuencia que su partido tiene cinco millones uno, coincidente en cuanto a su opinión sobre los

capellanes castrenses. Son datos suyos, que no míos.

Airear sus ideas, inefable señor Solana, cuando todavía falta la aprobación consolidada de éstas por el

colectivo a que pertenece, es algo así como ventosear o eructar, evidentes efectos del proceso digestivo,

que aunque a alguien puedan parecerle normales y de académico uso, siempre llevan un incontenible

regusto de zafiedad.

Recuerdo haber oído decir, infinidad de veces, que se debe discutir lo menos posible de política y de

religión. Estará usted de acuerdo en que deben admitirse excepciones, porque usted, inefable señor Solana

es la primera de ellas, seguido, «cómo no» de unos imaginarios cinco millones de españoles. Cinco

millones uno —para ser más exactos— en total. •

Si usted, inefable señor Solana, encuentra cinco millones uno españoles que piensen lo mismo de algo,

salvo de Gibraltar, la frondosidad torácica de la Loren o la necrosis partitocrática, entonces mi capacidad

de asombro se habrá colmado y me descubriré respetuosamente —chapeau de noventa grados— ante

quien es capaz de semejantes epopeyas. A por el sombrero, y de paja que siempre aprovecha. M¡entras

ello arriva, inefable señor Solana, mis asombrados saludos.

Agustín CASTEJON ROY

 

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