Autor: Calleja, Juan Luis. 
   El sexo y la política     
 
 El Alcázar.    03/06/1982.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

EL SEXO Y LA POLÍTICA

COMO usted habrá notado, ningún político que se precie excluye hoy el divorcio de sus debates; y es

muy raro el Parlamento donde no hayan defendido el aborto, la homosexualidad, la pornografía y esas

cosas en torno al sexo. A nuestro gusto no es muy feliz la ocurrencia de Bourget sobre el amor; lo definió

como «la obsesión del sexo», pero quizá no sea un mal retrato del amor al Poder.

Yo supongo que a los políticos les obsesiona el sexo porque, aunque digan lo contrario, creen que es la

clave de las costumbres que intentan conservar o revolucionar. Después de todo, siempre que en los

últimos seis mil años se ha denunciado «la degeneración de las costumbres», ¿a qué se referían los

críticos? La humanidad tiene muchas costumbres, como andar con los dos pies, poner verde al vecino,

hacer la guerra, censurar a los gobiernos y llenar el estómago. Podría demostrarse que a nadie se le ha

ocurrido llamar degeneración de las costumbres a andar a la pata coja, a elogiar al prójimo, a pasar

hambre o a dejar en paz a los Gobiernos. Se quiera o no, la degeneración de las costumbres alude a la

degeneración de los sentidos y al desenfreno sexual. Al menos, para historiadores y políticos.

La revolución francesa rompió el freno más potente cuando entronizó, desnuda, la diosa Razón

proclamando la divinidad racional y revolucionaria de los cueros vivos y abriendo las compuertas a la

inundación del sexo-.

(A lo mejor deberíamos preguntar ahora, como los pedagogos «progres»: «¿qué es el sexo?..., ¿para qué

sirve?..., ¿quiénes lo tienen?..., ¿cómo se usa?» Pero es de suponer que nuestros lectores de vanguardia

habrán pasado ya esta página, al olerse un sermón reaccionario y nos habrán dejado solos a los tipos

normales del Paleolítico que vamos quedando. Así que les ahorro a ustedes esa excursión por la Ciencia.)

A los políticos les trae fritos el sexo porque es un factor del comportamiento social, de las costumbres,

como decíamos. Creen, y no les quitaremos la razón, que gran parte de la moral, consiste en la actitud

ante la virginidad, el celibato religioso, el noviazgo, el matrimonio, el concubinato, la prostitución. Saben,

por otro lado, que ese Decálogo que los cristianos tenemos por ley de Dios ordena y manda una actitud

que produce la familia tradicional, con rasgos aún más definidos en la católica, el grano más gordo que le

ha salido a la acción revolucionaria. Entonces, políticos y filósofos de tinte conocido se ponen a vociferar

que a nosotros y a la Iglesia lo único que nos importa es el sexto mandamiento. La tontería es de las de

ordago, pero los tiros llevan inmejorable dirección. Porque sería otra tontería negar que ese mandamiento

es una de las claves de nuestra institución familiar. Por donde se deduce que derruirlo es una estrategia

recomendable a un buen plan subversivo.

La estrategia en cuestión ha causado y usa un magnífico surtido de tácticas complementarias. Desde

pintar el sexto mandamiento como las alas tenebrosas de un vampiro ensombrecedor, hasta ponerlo en

ridículo, como tiquismiquis beato de costurera mascajaculatorias; desde enseñar «educación sexual» a los

niños, hasta fomentar complejos de inferioridad con ese invento que vale para todo: la palabra

«reprimido». La combinación va dando sus frutos demoledores. Por ejemplo, ya hay que atarse los

machos para lanzarse al ruedo público a decir estas cosas. Yo lo hago porque en mi hoja de servicios

militar aún se me supone el valor. A lo mejor me lo acreditan por defender el sexto mandamiento. No es

lo mismo, pero vaya usted a saber.

No es mala idea explicar a otro>que está reprimido. Si le convencemos vendrá rodado proponerle la

«libertad», en cuyo nombre se han cometido tantos crímenes, como explicó aquella señora en la

guillotina, donde fue desreprimida para siempre. La «libertad» sexual sin responsabilidad es argumento

político muy proselitista. En su día logró manifestaciones femeninas en favor de un programa que, como

no podía ser pactenogenético, llamare-rrtos sinvergonzóni Se resumía en un grito: «Hijos, sí! ¡Maridos,

no!» Y, la verdad, ahora parece un «slogan» decente, comparado con el actual: «¡Hombres, sí! ¡Hijos,

no!»

O sea: holgar por holgar, como aquellos romanos que vomitaban para comer, que tragaban por tragar.

Precioso. Libérrimo. Intelectual. Y es que los «no reprimidos» son obsesos sexuales, como aquel Jaimito

que veía señoras desnudas por todas partes, le enseñaran una estatua del Cid Campeador, un paisaje de

Torrelavega o una bolsa de patatas fritas. De ahí la confusión mental que se traen en la cabeza y las

aparentes contradicciones en sus programas.

A Chesterton, por ejemplo, le parecía contradictorio que tos mismos que quieren poner en cultivo la

castidad improductiva de los conventos estén a favor de la anticoncepción y del aborto. ¿Cómo querrán

hacer padres sin hijos?, se preguntaba Chesterton, con lógica de reprimido. Pero es que no van por ahí. Lo

que quieren es que todo el mundo use el sexo a tutiplén, sin cortapisas de ningún tipo, ni religiosa, ni

doctrinal, ni familiar. De contradicción, nada: obsesión sexual. Se quiere abaratar el santo sacramento de

la sexualidad, que también es de «muy delicada administración» para emborracharnos y distraernos en

ello.

A nuestro admirado «Cándido» le parecía contradictorio que una democracia viole el primero de los

derechos del hombre, el derecho a la vida, legalizando el aborto; y encima sin los votos de los interesados.

Pero la democracia no da la razón al que la tiene, sino a la mayoría, y es claro que los que van a nacer

serán siempre minoría. Ya hay «derecho» a cortar millones de esas vidas, en varias democracias. Pero no

se ve la contradicción donde el sufragio mayoritario es la fuente suprema del Derecho. ¿Cómo no va a

violar las Declaraciones humanas, si anula las divinas y hasta suprime a Dios? Lo terrible de «la voluntad

general» sacada de la mayoría es que sólo donde dure algún tiempo la moral natural y cristiana puede

esperarse que los Parlamentos no caigan en la aberración. El Gran Silencioso, que sabe mucho más por

viejo que por diablo, no ha sugerido a los políticos que prediquen el crimen, el engaño ni el libertinaje.

Es mucho más astuto convencerles de que errnuestro voto reside el poder sagrado de legitimar lo que les

parezca, arbitrio que escamotea el libertinaje, el engaño y el crimen.

Legitimar el aborto, el divorcio, la pornografía, y etcétera es autorizar los delitos prohibidos por el

«sexto» y por todo el Decálogo, que resulta así dinamitado con los valores tradicionales que sustenta.

Pues el Decálogo no es una lista de ordenanzas desarticuladas. Cada una de ellas obliga por sí misma y en

virtud de las demás.

El «sexto» obliga porque no podemos expulsar a Dios de nuestro interior, como se deduce del primero;

porque el segundo manda cumplir los juramentos, sin olvidar los de fidelidad; porque hay que santificar

las fiestas y también las del amor; porque el quinto es no matar; porque la prohibición de la mentira

incluye la del engaño, y porque el séptimo, eJ noveno y el décimo condenan el robo del amor ajeno, como

todos los robos.

Hay que discurrir mucho para destruir ese edificio, desde el papel impreso, desde los escenarios, desde las

pantallas grandes y pequeñas y con discursos. Así trabajan tanto los obsesos: incansables,mercantiles,

poemáticos y elocuentes.

Juan Luis CALLEJA

A las hijas de Eva que, en un programa de TVE, hablaron del desnudo en los escenarios como si

discutieran el derecho a elegir carrera.

 

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