Autor: García Serrano, Rafael. 
   El gran desfile     
 
 El Alcázar.    04/06/1982.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

El gran desfile

JUEVES, 3 DE JUNIO (82)

He oído hablar tanto de la entrada de la Primera Brigada de Navarra en Pamplona, a paso de maniobra,

oliendo a frente del cuero cabelludo a las uñas de los pies, con el coronel García Valiño a caballo, en

cabeza de la tropa vencedora del Norte, desgarradas las banderas, roncas las gargantas, erguidos los

Cristos de los mejores Tercios que parió madre.

«Viva Ja madre que sus parió».

Gritó una mujer al paso de aquella tropa, que no me lo invento, que lo cuenta Javier Ñagore, que

desfilaba; tanto me la han contado mis camaradasde las Banderas que escomo si yo lo hubiera visto, y la

verdad es que no lo vi, aunque sí pude asistir, en cambio, a uno de los bombardeos que por entonces

aguantó Pamplona, a la gran parada bajo las murallas de la Cindadela, donde tantas veces jugué al fútbol

en mis horas de recreo, a la imposición de la Cruz Laureada al escudo de Navarra —ahora

unilateralmente descolgado— y al gran desfile ante Franco, que yo vi desde la esquina del Teatro

Olimpia, como si estuviera a punto de sacar entrada para la sesión infantil de unos años antes, casi del día

anterior, cuando el cine olía a naranja, a castaña asada, a chufas de leche, a cacahuete y a primera

turbación al mirar a las hermanas de unos hermanos condiscípulos, que estaban en platea, guapísimas, la

una rubia, la otra morena, y ahora ya no están. Nadie está. Van faltando todos.

Junto a unos amigos y camaradas veía pasar a otros amigos y camaradas, provisionales, roquetes,

falangistas, soldados, era ver desfilar fa escuela, el colegio, el «Isti», la Estafeta, el Kutz, el Niza, la

Universidad, y me despedía de elfos camino de Avila, en busca de una estrella. Pero to de Avila, con mi

habitual desorden, ya lo conté, de modo que más vale decir que ya no hubo nada que hacer en esta

materia ritual, afirmativa, histórica, conmemorativa e incluso suntuaria, si ustedes quieren, hasta el final

de la guerra. Supimos del desfile en Barcelona, al cabo victorioso de la campaña de Cataluña, y con-algún

retraso lo vimos en el cine.

Una mañana tristona, oscura, me paree» recordar que lluviosa, escuchó en la pequeña «Kadette» gris y

negra que tenía sobre la mesilla de mi cuarto en el Pabellón Blanoo, la transmisión desde Madrid del

desfile de la Victoria, con grandes parrafadas líricas y me parece recordar que alguna declamación de

poemas, pero de esto no estoy seguro, q ue no apagaban ni la música militar, ni el brío délos pasos de la

Infantería, ni el rastro sonoro de la Caballería, ni el rodar de la Artillería, ni el alto ronquido de los

motores de la Aviación, ni sobre todo et latir de los corazones de los que a ratos entraban y salían de mi

cuarto, o se quedaban allí de tertulia, silenciosos, tosiendo a ratos, con sus cuerpos instalados en el sillón,

en la hamaca, donde buenamente se pudiera, y las almas unánimes en Madrid, paseo de la Castellana.

A veces alguien suspiraba: «Ahora vienen los míos», y ni siquiera quedaba el consuelo de echarse una

fumada y allí no había más condecoraciones que las escupideras de bolsillo y si unp se asomaba al

corredor veía enfrente el Pabellón Azul, o Rojo, ya no lo sé, donde también se escuchaba la radio, que era

el alojamiento de los oficiales heridos, con los que jugábamos al tute, al julepe y al mus, y por el ladode la

galería abierta desfilaba sencillamente la primavera, húmeda, verde, con árboles y yerbas altas y unas

tímidas amapolas y los montes que casi se podían tocar-con las manos y aquello era el norte y solamente

en verano se podía uno tumbar allí a gusto y *on seguridad de no empeorar el puñetero cata-rrito. Fue un

desfile tremendo, el más patético y el más alegre que-jamás no he visto el que más me cansó nunca, y lo

mismo ajos demás, que sentíamos ya agujetas, tocaos, hasta en las ingles, y esa tarde hubo pocas risas en

el Pabellón Blanco, donde siempre imperaba el humor por encima de la desventura, incluso de la muerte.

Ni sor Emilia se atrevió a gritarnos ese día.

Pasarían cuatro o cinco años antes de que asistiera, personalmente, «de cuerpo presente», como dicen los

castizos, a un desfile de la Victoria, de que me sentara a pescar emociones orilla del gran río de la

Castellana, y vi muchos desfiles memorables, aquét-en que Franco revistó la línea a caballo precisamente

porque se sabía que toda Europa y parte de América tenían un gran interés en que fuera un éxito el

atentado que se esperaba (y financiaba), y vivan tus cojones le gritaba la gente, y las señoras se reían y se

escandalizaban, pero muy a gusto, y «apunta. Fuentes», les decíamos a los corresponsales carroñeros, que

conocíamos desde la cuenca minera asturiana, porque entonces las mujeres se escandalizaban y reían por

estas cosas y creo que escribí sobre todos los desfiles, hasta que un día, hace mucho, antes de que se

oliese la transición, fui excluido y me excluido aquella ceremonia por razones de incompatibilidad

personal. Para entonces ya hacía años que Waldo y yo éramos los últimos brazos en alto en la tribuna de

prensa, y no faltaban colegas extranjeros que nos inmortalizaban con sus máquinas modernísimas, como á

bichos extraños, y seguro que estamos ahora mismo pinchados como mariposas en archivos anglosajones

o en sus hemerotecas, por lo cual siempre solíamos ligar el viejo y derrotado saludo romano con una

alegre peseta española, por si salía en alguna7foto inmortalizadora, y alguien traducía correctamente:

«Monta aquí y verás Moncayo», o «Pa tu padre», o alguna de las delicadezas ofertantes y

menospreciadoras en las que tan rica se muestra la lengua española.

Pero nunca he faltado a la ventana de la televisión, porque «I Ejército, los Ejércitos, son siempre para mí

los mismos, aunque ahora resulte que por fin forma en ellos el pueblo y antes no, porque antes el pueblo

no formaba en sus fitas, por lo que leo, ni siquiera el último quinto, y el primer general solía ser un

banquero, un latifundista o algo así, y ahora mismo yo sería un bellaco si no dijera que desde el primero

de los Ejércitos españoles hasta el último han sido y son —y serán— carné y alma y hueso y entraña del

pueblo, el pueblo mismo, con su Bandera al frente y también sería un vil si no cerrase esta serie de mis

desfiles sin recordar a Francisco Franco, Generalísimo de los Ejércitos, Caudillo popular, mi general a

caballo por la Castellana o en pie en el arengatorio o a bordo de su coche, bajo el sol o bajo la lluvia y

también a un cadete del Alcázar, a quien acaso vi desfilar en Pamplona con alguno de sus compañeros de

gesta, Jaime Milans del Bosch, y a todos los que esperan el fallo de la justicia, y también a mis

camaradas, falangistas, roquetes, soldados, pueblo de España, que a mi lado desfilaron en traje civil una

noche inolvidable de 1964 y si no digo los nombres de todos es porque eran muchos y como siempre que

hay muchos a alguno le podría molestar que estampase aquí el suyo porque ahora es demócrata de toda la

vida, y a tantos como aquel día me dijeron: «Qué envidia daba veros, quién pudiera haber estado con

vosotros», y hasta escribieron cosas muy hermosas sobre el desfile y sobre quienes desfilaban.

Y miren por donde, pero aquel desfile tampoco lo pude acabar, y no por otra cosa sino porque el fuelle no

me aguantaba y en la calle de Alcalá tuve que echarme a un lado y tragar, todo el aire que pude, que no

era mucho porque había tanta gente que no quedaba espacio ni siquiera para el aire, y luego meterme en

un bar a soplarme una cerveza para ir restableciendo la situación y después buscar a mis camaradas y

cenar y beber con ellos porque eran las. bodas de plata de la Victoria, y eso hay que mojarlo.

Algún día, antes de morir, aunque sea en silla de ruedas, estoy seguro de que volveré a asomarme de

cuerpo presente, tan teme, al río militar de la Victoria. Uno, en un Estado democrático, se supone que

tiene derecho a soñar, y si canto que me llamen loco, pero si no canto no me van a llamar cobarde, porque

yo cantaré lo mío hasta que toque palmar como manda la tabla, amén.

Rafael GARCÍA SERRANO

 

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