Autor: Tusell, Javier. 
   El famoso caso de las vallas     
 
 Diario 16.    24/11/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

El famoso caso de los vallas

La instalación por parte del Ayuntamiento de Madrid de unos llamativos cartelones en la plaza de Oriente

y la posterior orden de retirada de los mismos, dada por la Dirección General de Bellas Artes, bandereado

una cierta polémica que en realidad no merecía la pena tener en cuenta si no fuera porque demuestra un

cierto estado de conciencia pública en España, que probablemente debiera ser corregido.

En apariencia, el problema se ha reducido al enfrentamiento entre un Ayuntamiento de izquierdas y unos

manifestantes de extrema derecha. El prime: ro, al parecer, no quería dar demasiadas facilidades a los

segundos; éstos tenían el mayor interés en que sus actos no quedaran deslucidos por los obstáculos

puestos a la su visión en la plaza. Y aquí intervino otro factor, en mi opinión infinitamente más

importante que todas las manifestaciones y expresiones de idearios políticos: la protección de nuestro

Patrimonio Histórico-Artístico.

Para que no se pueda decir que e! autor de este artículo oculta opiniones personales, voy a exponerlas con

toda claridad. A mí, como madrileño rie a pie, me parece que las vallas instaladas por el Ayuntamiento, al

margen de otras consideraciones, eran, como mínimo, innecesarias. ¿No reviste los caracteres de ur»

cierto infantilismo este tipo de «decoración» apresuradamente montada? ¿No es, en todo caso, un

testimonio más de ese tipo de política gestual que en nada favorece a los administrados y envuelve a la

política española en una espiral de .gestos y contragestos?

Ley para todos

Por otro lado, nada me une a los manifestantes del 22-N. Su órgano´de expresión más conocido

recientemente me condecoró con la siguiente ristra de adjetivos: «Memo, tonto de baba y cagón» (sic).

Me parecen afirmaciones respecto a mi persona empíricamente indemostrables; en todo caso, ni siquiera

en su interpretación más benévola pueden precisamente ser consideradas como piropos.

Pero hasta aquí lo pura mente anecdótico; vayamos ahora a lo principal y en realidad lo único importan te.

Aquí todo se reduce a lo siguiente: ¿Es igual la ley para todos los españoles o no?, y ¿se ha cometido

algún tipo de transgresión contra el Patrimonio Histórico Artístico?

Las respuestas creo que están perfectamente claras. En primer lugar, algo que diferencia a la democracia

de los regímenes autocráti-cos es precisamente que la ley es igual para todos. Aquí tenemos todavía la

idea de que ¡a ley es algo que sirve para zancadillear al contrario v aupar al colaborador.

Como decía Ortega, pensamos en que es algo «para contundir la testa del adversario». Y no. Admitamos

las mejores intenciones en el Ayuntamiento de Madrid; el hecho de ser «progre» no le da patente de

corso.

Y la verdad es que se la ha tomado. Nadie que haya visto Ja plaza de Oriente puede decir seriamente que

los cartelónes no alteren no sólo la visión de la plaza, sino también del Palacio Real. Taxativamente el

artículo 34 del reglamento de la ley de Patrimonio prohibe adosar carteles a los monumentos y conjuntos.

Ese reglamento está redactado para el cumplimiento de una ley... aprobada siendo ministro de Instrucción

Pública nada menos que el venerable don Fernando de los Ríos, que parece tenía más sensibilidad para

estas cosas que algunos políticos de hoy día. Si se quiere, los ultras han utilizado para fines políticos la

legislación de Patrimonio. Pero, definitivamente, ésa es otra cuestión.

Un diputado socialista {y amigo) me ha enviado un telegrama en el que, refiriéndose a todo este asunto,

dice: «Que las formas hacen olvidar el fondo cuando unos quizá se juegan la vida y otros quizá no.»

Demasiado patético, pero sobre todo fundamentalmente desenfd cade.

No valen un cuadro

Habría que recordar aquello de Azaña, que todas las contiendas civiles de los españoles no valen lo que

un cuadro del Museo del Prado, que nuestro patrimonio artístico, que es también nuestro primer orgullo,

debe merecer el apoyo de todos los españoles, incluí dos, por supuesto, los Ayuntamientos de izquierdas,

a pesar de todas las «buenas causas» que pueda haber para olvidarlo, y que si su protección es cuestión

«formal», apaga y vamonos, porque pasado mañana tendremos un anuncio de Coca-Cola en la fachada de

la catedral de Burgos.

O sea, que vamos a distinguir y a ser precisos. Si los ultras han contravenido las disposiciones legales

vigentes sobre manifestaciones, castíguenseles; si, además, han atentado contra unas vallas municipales,

múlteseles, pero no se diga que nadie les ha azuzado contra ellas más que quien las puso.

Si se considera que una manifestación puede alterar de manera grave un jardín artístico, denúnciese (lo

que todavía no se ha hecho) para intervenir en adelante. Pero, por favor, que nada sirva de pretexto, una

vez más, para atentar contra nuestro patrimonio histórico artístico.

Pasado ya el aspecto político-anecdótico de la cuestión, el Ayuntamiento de Madrid tiene una inmejorable

oportunidad ahora de demostrar su sensibilidad retirando unos carteles de donde nunca debiera haberlos

puesto.

 

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