Autor: Perinat, Santiago. 
   Lealtad al amigo     
 
 Diario 16.    24/11/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 16. 

Lealtad al amigo

Santiago Perinat recuerda sus años de Academia y lo que entonces se pensaba del futuro Rey de España,

que aprendía, antes de ser investido, lo que era la vida militar. Y se queja de que hoy, cuando se insulta al

Rey, sus compañeros de antes no salgan en su defensa.

Señor, señores: No estoy de acuerdo- Ni con usted. Ni con ustedes (más exactamente, ni con vuestras

excelencias).

Para quienes pasamos por la Academia de Zaragoza por los años 50, este hombre, al que usted ha

insultado y ustedes obviado, es, ante todo, un compañero, un amigo. En nuestro buen humor de entonces

diriamos que es el amigo aprovechado, el más listo, aquél al que le han ido mejor las cosas, el que «ha

llegado». Todos nos hemos alegrado de su éxito.

Casi diría que hemos participado de ese éxito, que lo hemos asumido como propio. Es claro: él es uno de

los núes tros.

Condicionado

Ui cosa empezó hace veinticinco años. A lodos nos cayó bien aquel chaval alto, rubio y barbilampiño.

No sabíamos de qué madera estaban duchos los reyes, Pero sí lo eran de tilgún árbol exótico, él bien lo

disimu-líiba. ¡Bueno!, eso pensábamos algunos malintencionados: que hacía un esfuerzo por aproximarse

a nosotros. Sólo poco más tarde descubrimos que no había tal esfuerzo, que era uno de nosotros.

Si alguien hacía algún csl´ucr/.o, si alguien levantaba alguna barrera, no éramos ni él ni nosotros. A

nuestro nivel, todo salió bordado, no pudo haber más espontaneidad.

Así entró, por sus propios méritos, en la gran masonería académica, con su promoción y con las que le

siguieron o precedieron luna de éstas, la mía).

Resulta curioso comprobar que ninguno de nosotros envidiábamos, entonces, sus aparentes privilegios.

Tampoco la juventud es edad de envidias. Pero verdaderamente nos dimos cuenta de que estaba muy

condicionado. Si alguna v.ez llegaba a reinar, intuíamos que tendría las cosas bien difíciles. Este tema

saltó más de una vez, en nuestras conversaciones.

Conversaciones que se saldaban con una expresión que, explícita o implíci-lamonte, significaba:

«¡Bueno!, para eso estamos nosotros, para echarle una mano.»

Claro está, que en nuestros veinte años creíamos que quienes tratarían de; impedir su coronación o de

derribarlo después de ella (entiéndase «coronación» en sentido real, no en el ceremoniall serían unos

«malvados rojos», de intenciones incomprensibles, pero evidentemente perversas, pagados por el oro de

Moscú, de Pekín y de París. Nunca imaginamos entonces c¡ue iban a ser gentes de cerebro anquilosado,

paralizado en 1940 ¡y del oficio!

En los años siguientes le vimos ascender, poco a poco (demasiado lentamente, ¡ay!), hacia puestos de

responsabilidad. Y, íinalmente, tomó el relevo. Y es un hecho demasiado» reciente para que hayamos

olvidado todos (nosotros - usted - ustedes) las circunstancias dramáticas de tal relevo. El chascarrillo

habitual fue: «Sí, es de mi promoción (o coincidí con él en la Academia), pero tenía mejor "coeficiente".»

Y había una elevada dosis de orgullo y de cariño en nuestro tono.

El Jefe

Desde hace seis años es nuestro Jefe. El número uno del escalafón. Al Jefe se es leal de manera

institucional. Pero al amigo se es leal de corazón. Es bueno tener por jefe a un amigo, se suman lealtades.

Para usted, señor, que ha disparado en un local público una sarta de improperios. Para ustedes, que han

juzgado con arreglo a su conciencia: Ni es un error,ni un crimen lo que se ha hecho. Es una ruindad.

La historia y/o más altos y dignos tribunales se encargarán de otorgar razón. ¡Y bien largo os lo fío! Pero

aquí y ahora, los compañeros del agredido, sus camarada.s de armas de hace veinticinco años, queremos

significaros que, con la amistad, no se juega.

¿No han oído ustedes cantar al poeta?

«... Mis amigos son gente cumplidora que acuden cuando saben que yo espero si les roza la muerte

disimulan que paellas la amistad es lo primero.» Esto vale con todos nosotros. Hoy, como antaño. Ya lo

sabe usted. Ya lo saben sus excelencias.

 

< Volver