Autor: Adsuara, Eduardo. 
   Europa, la democracia y nosotros     
 
 El Alcázar.    09/07/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 23. 

EUROPA, LA DEMOCRACIA Y NOSOTROS

Por Eduardo A dsuara

EMOCIONA leer la retahila de plácemes, felicitaciones y - elogios que (de labios para afuera) nos

dedican a diario los gerifaltes de Europa. Otra vez —con ocasión del fugacísimo viaje a París del señor

Calvo-Sotelo—, el Presidente Mitterrand (y el Primer Ministro Mauroy y el Canciller Cheysson) ha

vuelto a decir lo importante que es la democracia española «no sólo para España; sino para Francia,

también».

El Presidente Mitterrand (quizás por un prurito de gentileza diplomática) no se atrevió a decir lo que,

probablemente, pensaba. Lo que él pensaba (¡y bien que lo sabe, el muy socialista!) es que la actual

democracia española es muy importante para España y —sobre todo— para Francia. ¡Claro que es muy

importante para Francia!

Conocida es la frase que nuestro Rey Carlos I dedicó al galo Francisco I. Dijo el Emperador: «Mi primo

Francisco y yo estamos completamente de acuerdo; ambos queremos el Mila-nesado.» Después —ya se

sabe— Francisco I hubo de pasar unas cortas vacaciones en la Torre de los Lújanes...

Es curiosa —y altamente sospechosa— la agudísima preocupación con que se sigue (en todas las

Cancillerías y Parlamentos de Europa) la renqueante peripecia de nuestra andadura democrática.

¿A qué tan desmesurado interés y tan vigilante cuidado? Yo no sé si el Gobierno español tiene montados

los suficientes «servicios» de información política. Lo que sí sé es que nuestra democracia está siendo

perfectamente vigilada por otros muchos «servicios», de excepcional eficacia.

Importa mucho, en efecto, a Europa (y a quienes no son Europa) que esta suerte de «democracia

española» se mantenga, a toda costa; pase lo que pase; caiga quien caiga. Es muy importante que España

se hunda en el más abyecto y profundo pozo de la vergüenza mundial. Es muy importante —para tanto

enano baboso, como por ahí circula— que España muerda el polvo de la Historia. Es muy importante

quebrar la cerviz del orgulloso pueblo español. ¡Ya está bien de Tercios y Conquistadores,

Descubrimientos e Imperios, Elcanos y Leyes de Indias, Zaragozas y Bailenes!

Europa no puede olvidar que nunca jamás (cara a cara y a pecho descubierto) pudo vencer a esta «recua

inmunda» de españoles hambrientos (como gentilmente nos llamó un distinguido político europeo, de

cuyo nombre no quiero acordarme). ¡Es la hora de la venganza de Europa!

¿Cómo abatir a este terco, duro, apasionado e indómito pueblo celtíbero que —desde los orígenes mismos

de su biografía colectiva— resistió a los ejércitos de Cartago, a las Legiones de Roma, a las hordas de

Germania y a los alfanges de Arabia? ¿Cómo humillar a este noble y terrible pueblo de España que —a

despecho de sus traidores— supo pasear por Flandes y por Italia y por el Mediterráneo todo y por África

y por Oceanía y por la inmensa geografía de América, los nombres y los estandartes de sus pequeñas

aldeas?

Había que matar al monstruo español; a ese inconcebible e inaguantable monstruo legendario; a esa suerte

de semidios tremendo; a esa terrible «madre España» (paridora de pueblos y naciones) que —con

profética voz de poeta mestizo— cantara el gran «cholo» peruano César Vallejo: «.¡Niños del mundo,

está la madre España con su vientre a cuestas; está nuestra maestra con sus férulas, está madre y maestra,

cruz y madera, porque os dio lía altura, vértigo y división y suma, niños; está con ella, padres

procésales!»

Europa sabe muy bien cuál es nuestro «talón de Aquiles», nuestro punto flaco y débil, nuestra gran falla

histórica: la enorme, la inconmensurable individualidad de nuestro pueblo. Y es por ahí —por esa furiosa

individualidad del «patos»— por donde debe atacar para destruirnos con éxito. Y lo ha hecho. Y lo está

haciendo.

A Europa no le interesa lo más mínimo que en España haya democracia. A Europa le interesa atizar el

fuego de nuestra oscura individualidad para que nos abrasemos en el incendio de nuestra propia hoguera.

Por eso Europa propicia, sostiene y alienta la destrucción de España. Lo que Europa desea es que el actual

sistema individualista se afirme y consolide en España para que España se hunda en la anarquía y el caos.

Para que volvamos, otra vez, a los mil «reinos de Taifas»; para que no levantemos jamás nuestra dignidad

de pueblo grande y hermoso; para que no volvamos a ser —nunca más en la Historia— la Nación fuerte y

unida que fuimos y que causó asombro a los demás pueblos del mundo.

Yo no estoy contra la democracia; ni lo están, tampoco, los cientos de miles de hombres hispánicos que

(de una u otra manera) se sitúan legalmente contra esta forma europea y occidental de la democracia

individualista. Lo malo no es la democracia: lo malo es el individualismo de esta democracia liberal y

parlamentaria que Europa —de una forma sutil y artera— está inyectando tenaz y solapadamente en el

torrente sanguíneo de nuestro pueblo mestizo.

La droga del individualismo está destruyendo nuestra propia esencia nacional. Y esto es lo que Europa

busca y desea. Y nuestros políticos (estúpida y suicidamente) le están haciendo el juego a nuestros

enemigos. Y —torpes e ilusos «tontos útiles»— se ufanan y se congratulan cada vez que el señor

Mitterrand o el señor Schmidt o el señor Pertini o el señor Thorn o el señor Palme proclaman su

felicitación y su entusiasmo por el «afianzamiento» de su democracia individualista en España. ¡Y cuanto

peor vaya España, mucho mejor para Europa!

España tiene derecho a construir su propia forma democrática. Y Europa no tiene absolutamente ningún

derecho a imponernos su peculiar y específica forma de democracia.

¡Allá los europeos —con su «logos» y su sociali-dad— en el uso y disfrute de su individualismo

democrático! ¿Por qué los españoles no hemos de poder implantar el modelo democrático que más se

acomode a nuestra propia idiosincrasia histórica? ¿Por qué no he de sentirme yo (o los Estados Unidos)

profundamente preocupado por la presencia de Cuatro ministros comunistas en el Gobierno francés?

El Presidente Mitterrand — con toda la razón del mundo— ha rechazado, indignado, lo que puede ser

considerado como un intento de intromisión USA en los asuntos internos de su propia Administración.

¿Quién es el Presidente Reagan o el Secretario de Estado Haig para juzgar las decisiones (acertadas o no)

del Gobierno de París?

¿Y quién es el Presidente Mitterrand (o el Presidente Pertini o el Canciller Schmidt) para decir si nuestra

democracia es importante o no para el futuro de España? Frente a quienes —innoblemente vendidos a la

«homologación europea» — repiten, una y mil veces, que es preciso y urgente salir en defensa de esta

Constitución y de esta democracia, yo (aunque me quede solo, como «voz que clama en el desierto»)

seguiré diciendo que con esta Constitución y con esta democracia España no logrará jamás alcanzar las

mínimas cotas de dignidad deseables. A mi modo de ver, es necesaria la reforma.

Fracasó la Primera Democracia (la de 1 869); fracasó la Segunda Democracia (la de 1876); fracasó la

Tercera Democracia (la de 1931); y fracasará esta Cuarta Democracia (la de 1978). Y no —como afirman

el Gobierno y los señores parlamentarios— por culpa de los «golpistas» y de las «tramas negras»

reaccionarias; sino (única y exclusivamente) por culpa del sistema individualista, en el que —necia, torpe,

reiterada e insistentemente— venimos cayendo, una vez y otra, con el aplauso, los plácemes y las

felicitaciones de Europa. ¡Parece increíble!

El mal no está —lo he dicho cientos de veces— ni en el Gobierno, ni en la Oposición, ni en el

Parlamento, ni en la «clase política», siquiera (con ser ésta, la peor de las «clases» de nuestra sociedad

actual). El mal está en el sistema. La democracia individualista es el peor de los venenos políticos. Y todo

lo demás (desde el terrorismo hasta el paro, desde el esperpéntico Estado de las Autonomías hasta la

horrenda degradación moral que padecemos) no es otra cosa que la inevitable y terrible consecuencia del

régimen individualista que nos corroe.

Europa no es tonta, en absoluto. Europa sabe perfectamente que (por este camino de la democracia

individualista) España va directa y rápidamente a su propia liquidación y muerte. ¡No hacen falta ya

ejércitos invasores que nos sometan y humillen! Somos nosotros mismos los que (en un inaudito e

inexplicable afán de autodestrucción colectiva) nos empeñamos en seguir apurando esta hedionda pócima

del individualismo político. Europa —y Francia, muy especialmente— puede limitarse a seguir

aplaudiendo, mientras nosotros agonizamos.

Los españoles no somos amigos de las dictaduras, ni nos gustan las dictaduras, ni necesitamos las

dictaduras para vivir en paz y en libertad. Pero cuando impera el caos, la arbitrariedad y el chantaje;

cuando todo falla y todo se hunde; cuando —tras el desencanto y la desilusión— empiezan a surgir la

desesperanza de un pueblo que ha sido estafado por sus políticos y sus intelectuales (¡qué magníficos

artículos los de Pablo Ortega sobre esta tremenda «dimisión de las minorías»!), ¡ah! entonces puede

ocurrir cualquier cosa terrible y desgraciada.

Por nada del mundo quisiera que volviera a caer sobre nosotros «el rayo que no cesa», que escribió

Miguel Hernández. Cada uno podría preguntarse, como hacía el poeta:

«¿A/o cesará este rayo que me habita el corazón de exasperadas fieras y de fraguas coléricas y herreras

donde el metal más fresco se marchita?» Espero que nadie entienda que —con estas palabras mías—

pretendo «desestabilizar» nada; ni siquiera este triste y renqueante régimen democrático, que tantos

fervores despierta allende nuestras fronteras. Desde mi humilde atalaya de intelectual libre y responsable,

sólo digo a quienes pueden y deben evitar una posible catástrofe que cambien radicalmente de filosofía

política (sustituyendo el individualismo del sistema por una auténtica democracia personalista), si quieren

de verdad intentar una experiencia de convivencia española.

 

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