Autor: Alcocer, José Luis (CIUDADANO). 
   Hoja de otoño     
 
 El Alcázar.    30/05/1980.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Hoja de otoño

A la hora de redactar estas líneas, ignoro todavía el resultado final del debate sobre la moción de censura.

Creo que es un dato innecesario para mi tema de hoy. Estimo que el verdadero tiempo en que se notarán

sus efectos rea/es, va a ser exactamente el otoño, la ocasión del próximo Congreso de UCD. La Unión de

Centro Democrático suscitará, de entre sus personalidades, de entre sus líderes, de entre lo que se ha dado

en llamar sus «barones», un sustituto para Suárez. Una cosa es que no triunfe una moción de censura

«constructiva», y otra, totalmente diferente, que no haya una censura, simplemente una censura sin más,

un rechazo, a la política del presidente del Gobierno.

Anteayer, Santiago Carrillo ponía al descubierto algo que casi todo el mundo sabia, pero que casi todo el

mundo había negado, o cuando menos, de lo que nadie se había atrevido a hablar en público. Nada más y

nada menos que las intentonas de UCD de atraerse al Partido Comunista para formar con él un acuerdo de

mayoría. Digan lo que quieran los señores Abril Martorell y Suárez, todos tuvimos la evidencia de que era

Carrillo quien decía la verdad.

ESTA muy claro que Adolfo Suárez ha entendido siempre la democracia como un simple concepto

manipulable a su antojo. Adolfo Suárez no ha sido nunca demócrata, ni lo es tampoco ahora. Su miedo a

las instituciones más genuinas de la democracia, cual es el Parlamento, salta a la vista. Su incapacidad

para moverse en él con soltura, también. Es un hombre sin dialéctica, sin convicciones íntimas.

Y lo que probablemente sea más grave de cara al público: es un hombre incapaz de seguir hasta sus

últimas consecuencias el hilo conductor de una línea ideológica argumenta/, no por otra cosa, sino porque

no tiene ideología de ninguna índole. De ahí su necesidad vital de amagarse en conversaciones

telefónicas, en pactos privados, en consensos de tapadillo. De ahí, igualmente, que disminuya

vertiginosamente su talla y su figura cuando tiene que contrastarse sin pacto previo, cuando tiene que

hablar sin falsilla en que apoyar sus palabras. De ahí, en suma, su total indigencia política como hombre

público.

Y todo esto produce efectos, está muy claro. Los ha producido ya, en muy buena medida, y casi me

atrevería a decir que la mayor a/arma causada por esos efectos, sea la que cunde por las filas de UCD.

La moción de censura del PSOE ha //evado las cosas a un extremo hasta ahora desconocido. Ha abierto

un territorio que para Suárez es insólito y aterrador, y para los demás en exceso resbaladizo. Nadie va a

jugarse su futuro político, el poco o mucho prestigio que tenga, por lealtad hacia un presidente arbitrario,

acostumbrado a manejar a los hombres como simples peones de ajedrez.

La frase final con que cerró su desgarrado parlamento Alfonso Guerra fue espectacular, ligeramente

retórica, pero en el fondo cierta. Ni Suárez puede aguantar la democracia, ni la democracia puede

aguantar a Suárez. Y tal vez tuviéramos que empezar a añadir: ni la UCD, tampoco.

No, no están fáciles las cosas para Adolfo Suárez. Ahora no se trata ya, tan sólo, de salir de ésta. Se trata

de algo más. De tener o de no tenerla identidad, la entidad y la categoría de un hombre público, de un

hombre de Estado. Y Adolfo Suárez no lo es. Es una cosa mucho más vulnerable y feble. Una simple hoja

de otoño.

José Luis ALCOCER

 

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