Autor: Arroitia-Jáuregui, Marcelo. 
   Los desterrados     
 
 El Alcázar.    30/05/1980.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Los desterrados

Lo que voy a contar no me lo han contado, sino que lo he visto, lo he vivido. La anécdota se hace

categoría en cuanto revela un grave problema, de carácter político, frente al que la política se llama

andana, eludiéndolo, sin que por su carácter tan actual y tan grave le den cabida en sus páginas o espacios

los llamados medios de comunicación social, más atentos a relumbrones propios que a la denuncia de

males concretos, significativos en el orden social y desesperados a escala particular. Tal vez este papel, en

vez del título genérico que lo respalda, pudiera titularse, con evocaciones clásicas, «El desterrado en su

patria», aunque los casos no sean, desgraciadamente, únicos, y el plural se imponga.

A la tertulia en lugar público se acercó, nerviosa y desolada, una dama desterrada. Vasca, pero española,

ha podido resolver el problema de trasladar su residencia a lugares en que esos dos términos —vasco y

español— no se plantean en dicotomía mortal, porque su economía se lo permite, y después de que tal

dicotomía hiciese imposible mantener su residencia habitual y ancestral. La dama pertenece al copioso

grupo de españoles vascos que han podido desterrarse porque disponían de medios para hacerlo, aunque

no tuviesen ganas de hacerlo, con lo cual lo han hecho sin quebrantos económicos excesivos, aunque con

todos los quebrantos cordiales que quepa imaginar, ya que no se alcanza el estado de extranjero en su

patria, primero, y luego el de desterrado en su patria, de bóbilis, bóbilis.

Iba acompañada de un mozo tranquilo, limpio y humilde, que permaneció al margen, mientras la dama

nos contaba su caso. Se trataba de un desterrado forzoso, amenazado de muerte terrorista por no querer

renunciar al intransferible derecho a ser español, que había venido a Madrid a buscar trabajo antes de

desterrarse para evitar la muerte inexorable. No lo había encontrado, ora porque los tiempos andan malos,

ora porque los indignados con una situación como la de aquel hombre, a lo más que llegan es a la

limosna, que el hombre rechazaba, tanto porque lo más que hacía era demorar unas horas un desenlace

fatal, cuanto porque el desterrado forzoso lo que buscaba era trabajo. Agotados sus pocos recursos, el

mozo había acudido aquella mañana a una institución sanitaria y había vendido su sangre hasta alcanzar

la cifra para el billete de vuelta a la muerte, decidido a esperar esa muerte, más o menos cercana, pero

segura, a manos de los terroristas que le habían emplazado.

Mientras la dama nos contaba esa historia patética, tan real que parecía inverosímil, el hombre

permanecía serio, escuhándola pero como si se refiriese a otro, sin ratificar gestual-mente ningún

extremo, sin añadir ninguna precisión ni ningún dato, como si aceptara fatalmente la normalidad vigente

de aquel suceso racionalmente anormal. Diría que con la tranquilidad del deber cumplido, aunque tal

deber se resolviese en la monstruosidad de regresar para morir a mano armada. Incluso, cuando allí

mismo pudo resolverse su situación.

Gracias a un dichoso azar, su agradecimiento tuvo la misma serenidad que había tenido su mudo

testimonio ante el relato de sus desdichas. Fue la suya una alegría contenida, acaso porque a su propio

alivio se estuviera añadiendo la preocupación por los que, como él mismo, ni siquiera tienen medios para

desterrarse de la muerte terrorista segura. Se limitó a romper el recibo del certificado que había enviado,

explicando su caso, a altas instancias ejecutivas, recibiendo por respuesta el clásico silencio

administrativo.

Apenas se comenta, ni por supuesto se le arbitran soluciones, el hecho de que España está llena de

desterrados de España que escapan de la muerte. Muchos de esos desterrados disponen de medios para

aliviar los dolores del destierro ilícito e ilegal en sus causas, amén de anticonstitucional. Mucho menos se

comentan estos otros destierros desesperados, de españoles que han de elegir entre morir o dejar de ser

españoles, y aún menos se habla de los que ni siquiera disfrutan —por así decir— de tal opción, sino que

esperan la muerte que les han decretado para el día que las metralletas tengan designado. Sin más recurso

que el aguante, zambullidos en una situación a la que son ajenos y sin que medien atenuantes políticos

que no lo son, pero que se les reconoce como tales—, por el sencillo hecho de ser fieles a una filiació

reconocida y asumida. La estampa de esa familia vasca que juró la Bandera de España al tiempo que lo

hacía uno de sus hijos, la hemos despachado como anécdota los pocos que supimos recogerla.

Como una anécdota de un tiempo y de un país, como suele decirse, sin captar su categoría colectiva.

Porque esa familia tuvo que esperar a realizar ese acto de fidelidad emocionante, porque no tenía dinero

para haberlo hecho antes, aunque más lejos de su casa.

Que España esté llena de desterrados de España, y que haya muchos que ni siquiera puedan serlo, salvo

que renunciasen a otros indeclinables derechos humanos, me parece un tema político de primera

categoría, aunque los políticos no lo aborden en sus conciliábulos y debates. Y el hecho de que la primera

consecuencia de esa ficción llamada «Estado de Autonomías» sea precisamente ésa, revela un futuro

terrible. Aunque los hombres que son víctimas de ese atentado rotundo a sus derechos humanos, lo

acepten con la serenidad, con el fatalismo, con«que sabía aceptarlo el mozo de esta historia.

(Y adrede margino la cuestión de que, aquí y ahora, hasta para desterrarse hay que ser rico, así como la

posibilidad de creación de un «Socorro Español» que intente salvar de la miseria y/ o de la muerte a unos

compatriotas, que devolverían el favor en cuanto pudieran, porque suelen ser gente de una moral tan

firme que precisamente por ella se ven llevados a estos extremos.)

Marcelo ARROITA-JAUREGUI

 

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