Autor: Fernández Armesto, Felipe (AUGUSTO ASSÍA). 
   ¿Dónde está la extrema derecha?     
 
 Ya.    03/06/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

¿Dónde está la extrema derecha?

Querido director:

Y ahora que ya lo hemos usado para un barrido como para un fregado y que hemos hecho con él un pan

como unas tortas, ¿quiere usted decirme en qué armario vamos a colgar, por fin, el esperpento de la

«extrema derecha»?

Con los partidos políticos, que tanto necesitábamos para construir una democracia de verdad, no es

ningún primor el que hemos trenzado aquí. A nadie se le ocurriría hoy en Europa tomar a nuestro

Parlamento como modelo. A la sociedad que estamos montando no es la armonía lo que la caracteriza.

Al funcionamiento de nuestro Gobierno ni el más iluso se atrevería a calificarlo de óptimo. ¿Quién en el

mundo ha constituido, empero, una «extrema derecha» con el vigor, la fuerza, el poderío que le

atribuimos a la que hemos engendrado aquí y con la que lo mismo somos capaces de lanzar un

pronunciamiento sobre el Congreso de los Diputados que asaltar un banco, proclamar rey a Cristo que

montar la más innoble de las, como dicen los portugueses, falcatruadas? ¿Quién?

¿A qué se le concede tanto crédito, entre todo lo que tenemos aquí, como a la «extrema derecha», a la que

no hay nada, bueno o malo, de la que no se la considere capaz en Londres, en Bonn, en París o en

Washington?

La «extrema derecha», o, como le llaman los comunistas y los socialistas, los «ultras», es de juzgarlo por

la propaganda de dentro y de fuera el gran prodigio de nuestra democracia. Eso está claro. Lo que yo no

sé, señor director, es de qué se constituye este gran portento, quién la forma y en qué terreno se recluta.

Por más que miro a mi alrededor, hablo con toda clase de gentes, me muevo y pregunto, yo no he

encontrado otros extremistas de derecha que yo. «Usted, ahora es de extrema derecha», me dijo el otro

día, durante un coloquio con estudiantes, un joven comunista en Santiago. «Hombre, pues me alegro

saberlo, porque con ello sé, por fin, también quién atraco el Banco Central, asaltó el Congreso de

Diputados, le puso fuego al hotel Corona de Aragón, siembra el terror por las calles de España, impide la

armonía entre los españoles, asesina con el acróstico GRAPO a generales o asalta al que mejor se le

antoja.»

Por lo visto, la extrema derecha, señor director, soy yo, y soy yo aquel que le está produciendo a mis

colegas que escriben para los periódicos de Londres, Bonn, Washington o París tanto pavor, tanta falacia

y tantos remilgos. Aunque el resto de los estudiantes se rieron con mi respuesta a su compañero

comunista, en serio y de verdad, todo esto de la extrema derecha que la televisión, la radio, los periódicos,

el Parlamento y el Gobierno han armado aquí, ¿es otra cosa que un engendro y un espantapájaros para

congraciarnos con los marxistas en general y, en particular, con los comunistas y los socialistas?

Como en la incitación de Costa había llegado la hora de ponerle siete llaves al sepulcro del Cid, ¿no habrá

llegado, querido director, la hora de meter en el armario que le corresponde, encerrándolo para siempre, al

esperpento déla extrema derecha y que cada palo aguante su vela?

¿Donde demonios puede descubrir nadie, en serio, extrema derecha alguna en España que no haya en

Europa y que extrema derecha hay en Europa que trascienda más allá de pintar unas cruces gamadas

sobre sucias paredes? En puridad de puridades lo que podría decirse es que en lo único que somos iguales

a las otras democracias europeas es en que aquí no tenemos hoy una extrema derecha, como no la ha

vuelto a haber, después de la guerra, en Alemania, en Francia, en Inglaterra ni en ningún otro país

europeo.

En esto somos totalmente europeos. Es curioso que en esto precisamente sean el Gobierno, el Parlamento,

los medios de comunicación y «tutu quanti» quienes insisten en inventar nuestro antieuropeísmo. A ver,

señor director, si descubrimos algún otro de nuestros defectos y vicios para contentar a los socialistas de

izquierda, a los comunistas y a los marxistas a fin de que no nos llamen franquistas, pero eso de la

extrema derecha yo creo que lo mejor sería enterrarlo de una vez para siempre aprovechando que el

cadáver ya comienza a oler mal.

Si los marxistas, los comunistas y los socialistas de izquierda se alarman porque la desaparición del

fantasma de la extrema derecha puede permitir que aparezca la real unión de la derecha, ¡que le vamos a

hacer! En todo caso, yo lo que creo es que ya es hora de dejar de hacer el, como decimos en Galicia,

canelo sólo para que los corresponsales extranjeros sigan dándose el gusto de tocar el birimbao respecto a

España y para que nuestras ínclitas izquierdas no se encuentren en la difícil situación de que ya no tienen

lodo que tirar a la cara de los otros españoles. ¡Fuera brujas!

Augusto Assía

 

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