Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   Plaza de Oriente     
 
 Diario 16.    24/11/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 22. 

Plaza de Oriente

"Cuando el crucigrama empieza a volverse complicado, arrugamos el periódico, olvidamos los "comos" y

"por qués" y nos lanzamos a la plaza de Oriente, enjaezados de insignias y banderas"

No hay peor Gobierno que el que se constituye en defensa de la moral. Un Gobierno formado por cínicos

es, a menudo, muy tolerante y humano. Pero cuando los fanáticos alcanzan la cima, no hay limites para la

opresión.» Alguien debería haber aprovechado la noche del sábado para sembrar los aledaños de la plaza

de Oriente de advertencias como ésta, extraída de una vigorosa cita del escritor y periodista H. L.

Mencken.

Sí la aburrida y decepcionante conferencia de prensa celebrada el sábado por Adolfo Suárez sirvió para

reafirmarme, una vez más, en mi convicción de que es muy poco cuanto ya podemos esperar de él, los

jupiterinos discursos pronunciados en la mañana de ayer, con la noble fachada del Palacio Real como

involuntario telón de fondo, no han podido por menos que suscitarme la zozobra derivada de imaginar

cuál sería la suerte de quienes criticaran a un poder constituido por tan vesperales oradores.

En contra de algunos lúgubres augurios, Suárez no ha caído hasta ahora en la tentación de intentar

amordazar a quienes proclaman sus insuficiencias. Ni siquiera puede decirse que de su «entourage» hayan

partido, al uso nixoniano, significativos gestos de coacción o represalia. Está siendo un mal gobernante,

pero tiene el mérito de aguantar a pie firme que haya quienes no cesemos de repetirlo.

La bondad intrínseca de la democracia reside en su capacidad de brindar amparo y respeto incluso a

quienes pugnan por destruirla como sistema. De ahí mi pública crítica a la sugerencia de Felipe González

de cerrar varios periódicos, a pesar de ir acompañada del reconocimiento del enorme daño que estos

órganos de difusión originan a nuestro proyecto de convivencia en libertad. Tal y como se demostró hace

cuarenta años, no es con leyes represivas de Defensa de la República —o de la Monarquía democrática—

como se garantiza la continuidad constitucional.

El polvo, debajo de la alfombra

En el otro lado, quienes ayer se sintieron inmersos en una «formidable demostración de clamor popular»

y se creyeron partícipes de una «abrumadora expiesión del descontento ciudadano», deberían preguntarse

por qué razón durante el régimen que ellos añoran jamás se produjeron similares manifestaciones de

oposición. Se engañarían a sí mismos si adujeran que no había un número tan elevado de personas

disconformes con la situación: ahí están los millones de votos obtenidos por socialistas y comunistas, con

el antifranquismo ético y estético como una de sus principales banderas.

Ni siquiera merece la pena dedicar más espacio para demostrar lo obvio. La gente no se echaba a la calle

hace unos años en señal de repulsa a cuanto significaba el sistema político de Franco, porque sabían que

les estarían esperando unos señores vestidos de gris y con la porra en ristre, dispuestos a encerrarlos en

habitaciones provistas de rejas, con el beneplácito de la ley y sin que los periódicos pudieran airearlo.

Todo parecía en orden, porque la libertad de denuncia estaba yugulada. Decían que la casa estaba limpia,

pero el polvo formaba en realidad montículos debajo de todas las alfombras.

Nada estimula tanto unos mecanismos de Gobierno como el firme y aparatoso ejercicio de la critica por

parte de los gobernados. Tal y como están las cosas, manifestarse contra el terrorismo, contra el paro,

contra el alza de los precios, contra la ineptitud de la Administración Pública o contra la erosión de

nuestras señas nacionales de identidad constituye un acto de responsabilidad y hasta un deber de

patriotismo.

Se trata además de una reacción natural y espontánea en todo individuo en contacto con la realidad social.

La constatación de nuestros enormes problemas está al alcance de cualquiera, porque España se ha

convertido de repente en un campo de juego iluminado por las más potentes lámparas que hay en el

mercado. Lo fácil es protestar por todo lo antedicho; lo difícil, racionalizar el diagnóstico, precisando

causas y apuntando soluciones.

«Hordas marxistas» y «oxidados samurais»

Y es ahí, en ese «lapsus» entre ambos planos discursivos, donde pescan los apóstoles del dogmatismo.

Nada entristece y desmoraliza tanto como advertir la presencia de gentes de buena voluntad y espíritu

limpio en concentraciones cómo la organizada ayer por la Hermandad Nacional de Combatientes y bajo el

lema de «por la unidad de España y la esperanza en so futuro». Regresando a la parábola que hace unas

semanas me permití tomar prestada de lonesco, algunas de las fotografías de la plaza de Oriente producen

esa misma sensación de angustia que atenazaba al protagonista de «Rinoceronte» al observar la

metamorfosis totalitaria de personas que él consideraba especialmente sensatas y cabales.

El propio rótulo de la entidad convocante ocasiona cierto escalofrío. ¿En qué guerra es en la que

«combaten» estos oxidados samurais? ¿Debemos considerarlos anacrónicos émulos de aquel soldado

japonés escondido durante cuatro décadas en la jungla por lealtad a su emperador o acaso dura aún la

«gloriosa cruzada» para «saivar» a España de las «hordas marxistas»?

Yo a uno de los miembros de las hordas marxistas que mejor conozco es a Ramón Tamames. ¿Debemos

salvar a España de Ramón Tamames? ¿Cómo salvar a España de Ramón Tamames sin hacerle algún daño

a Ramón Tamames? ¿Y por qué hacerle daño a Ramón Tamames si es un tipo bien simpático, con una

mujer guapísima y unos hijos estupendos?

La perplejidad sigue en aumento al topar con esa llamada a la «unidad nacional» esbozada desde la

parafernalia más divisiva y excluyente que imaginarse pueda. «Nadie debe olvidar que esa victoria que

con uñas y dientes algunos quisieran reeditar no se produjo a costa de un enemigo invisible.

Si muchos de los jóvenes que acudieron el domingo a la plaza de Oriente son capaces de identificar, a

nada que profundicen en sus raíces familiares, la liturgia del "Cara al Sol" y el brazo en alto con

momentos de alegría y esperanza, es preciso tener en cuenta que para otros tantos hombres de las nuevas

generaciones lo que traen a colación esos mismos símbolos es la humillación, el dolor y la vergüenza de

sus mayores.» Puede parecer pretencioso citarse a sí mismo, pero no he resistido la tentación de

reproducir este párrafo del artículo que con el mismo título de hoy publiqué hace un año en «ABC».

Los periodistas somos en general escépticos en cuanto a la influencia de nuestros escritos en la sociedad

—el índice de lectura en España así nos lo aconseja—, pero de vez en cuando tenemos ía sensación de

que los azares del destino nos han permitido marcarnos una estocada hasta la bola.

Fuesen las cartas que comencé a recibir, en número desproporcionadamente superior a las ocasionadas

por cualquier otro artículo, las que me indicaron que en aquella ocasión no había pinchado en hueso.

La mayoría de ellas eran misivas analfabetas, mezquinas y groseras, plagadas de insultos cuya vileza

jamás he detectado, por cierto, en las expresiones más extremistas de signo opuesto. Coincidieron en el

tiempo con una docena de artículos de similar textura publicados en el mismo periódico que no hace

muchos días incurrió en la histriónica payasada de agradecer desde su primera página mi crítica a la

amenaza de Felipe González de echarle el cierre.

Guardo el «dossier» completo con la esperanza de que pueda servir algún día para provocar el bochorno y

la vergüenza ajena de quienes sientan la tentación de traspasar la frontera que separa a conservadores y

ultras. Más de una vez he reflexionado sobre el tipo de sociedad que nos tratarían de imponer quienes

escriben cosas como ésas, si tuvieran la mínima oportunidad de hacerlo, y sobre la tremenda

irresponsabilidad que están cometiendo aquellos padres que permiten a sus hijos frecuentar los círculos de

Fuerza Nueva y otras organizaciones similares.

La última prueba del tipo de actividades en que pueden terminar inmersos nos llegó el viernes con el

asalta con «cócteles Molotov» de las dependencias universitarias en donde se celebraba una pacífica

conferencia sobre el divorcio. Cualquiera que sienta la tentación de disculpar, justificar o «comprender»

—verbo puesto de moda por el Partido Nacionalista Vasco— a los jóvenes implicados en tal acto de

vandalismo, debe considerar que su siguiente paso puede llevarles a apretar el cañón de una pistola junto

a la sien de una muchacha, pronto cadáver en la cuneta, o a rematar tiro a tiro a media docena de

abogados laboralistas en una absurda borrachera de sangre.

El virus del fascismo

Toda sociedad tiene su cuota de fanáticos —la de los pueblos latinos suele ser especialmente alta—, sea

cual sea su sistema de gobierno. No estaría de más recordar que los mismos que ahora gritan «¡Ejército al

poder!» entorpecían con el mismo sonsonete el paso de Carlos Arias o del propio almirante Carrero y que

los rnás significados adalides de este «revival» franquista padecieron la margi-nación y el ostracismo de

El Pardo en los úitimos quince años —los más prósperos y añorados— de la vida del general.

De la misma manera que el tan traído y llevado «franquismo sociológico» no se entiende sin la racha de

prosperidad mundial, quebrada con la crisis del petróleo, tampoco puede explicarse sin el acceso al poder

de los eficaces tecnócratas del Opus y la pérdida tota] de protagonismo de personajes como Girón y Pinar.

Ambos tendrían que agradecerle a la democracia el haberles rescatado de su atrabiliario nicho de opereta,

permitiéndoles centuplicar su arraigo.

Su relativo éxito tiene mucho que ver con la crisis de racionalidad que afecta a ciertos sectores de nuestra

sociedad. El gran vicio nacional no es ni la envidia ni la ira, sino la pereza. Cuando las respuestas no

cuelgan de los árboles como manzanas relucientes que aguardan nuestra mano, nos echamos en brazos de

brujos, pitonisas y curanderos. Cuando el crucigrama empieza a volverse complicado, arrugamos el

periódico, olvidamos los «cornos» y «por qués» y nos lanzamos a la plaza de Oriente enjaezados de

insignias y banderas como si al conjuro del «Cara al Sol» fueran a aumentar nuestros conocimientos

alfabéticos.

Es en esa desidia intelectual, que empuja a fingirse en posesión de la verdad, donde está larvado el virus

del fascismo. Su fantasma planea, en realidad, de nuevo sobre toda Europa y de cada uno de nosotros

depende el contribuir o no a disiparlo. En medio de aquella basura epistolar, el año pasado recibí la carta

de una persona a quien mis argumentos habían ayudado a descubrir la manipulación de su legítimo

descontento por las autonombradas «fuerzas nacionales». Aunque sólo fuera ese su efecto, merecería la

pena escribir en cada ocasión un artículo parecido,

La salvación de la democracia requiere una actitud de «resistencia activa» por parte de quienes preferimos

la duda en libertad a la ficción de una revelación otorgada. Hace falta, pues, un enorme esfuerzo didáctico

encaminado a demostrar a todos los niveles que los únicos días del año en que la «unidad de España» y la

«esperanza en su futuro» pasan por la plaza de Oriente, son aquellas contadas ocasiones en las que

nuestro buen Rey Juan Carlos ocupa el palacio que fue de sus mayores.

 

< Volver