Los partidos y el "pueblo" español     
 
 ABC.    09/08/1981.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

DOMINGO 9-8-81

Los partíaos y el «pueblo» español

La palabra «pueblo» se convierte en todos los períodos electorales en arma de combate. Todos los

partidos —pero muy especialmente los de izquierda— se presentan como sus portavoces y representantes.

Hay políticos —como Felipe González— que no saben hablar veinte palabras seguidas sin icurrir en ese

vocablo: hablan para el pueblo, a él se dirigen, ellos traen la redención del pueblo.

Es mas: la palabra «pueblo» se vuelve separadora. Los en ella contenidos son lo único respetable de

nuestra sociedad. El resto sería simple escoria burguesa que ya se encargará de barrer la historia. ¡Cuántas

veces hemos oído calificar de burgueses, retrógrados, conservadores, capitalistas a los votantes de los

partidos de derecha, como contraposición a ese «pueblo» que constituiría la verdadera sustancia nacional!

Pero, ¿qué es el pueblo? ¿Dónde está verdaderamente el pueblo? ¿A quién vota el pueblo en unas

elecciones?

Una reciente encuesta de FOESSA sobre el electorado centrista ofrece material para jugosísimas

consideraciones. Una primera conclusión radical: es sustancialmente falsa la vieja tesis marxista de que la

economía marca la división de los diversos pensamientos y estamentos políticos. No es cierto que los

pobres, los obreros, los desheredados voten a la izquierda, mientras que los poderosos, los terratenientes,

los que tienen algo que conservar voten a la derecha. Simplemente: es falsa tal afirmación. Falsa

científicamente, históricamente, políticamente. Es un tópico que hay que encerrar ya en el baúl

empolvado de los recuerdos. O de las patrañas.

La realidad científica es muy otra: las razones que hoy separan a los hombres a la hora de votar no son

primariamente económicas, sino muy anteriormente ideológicas, culturales, históricas, morales,

psicológicas. Si dividiéramos España en dos grandes mitades—los que cobran menos de 50.OOO pesetas

mensuales y los que cobran más— nos encontraríamos con que está división nada tiene que ver con los

compartimentos políticos a los que cada uno vota. Habría en ambos grupos :tantos hombres de derechas

como de izquierdas, aproximadamente. Son otros los factores divisorios.

Así, FOESSA acaba de demostrar sin lugar a dudas que los votantes del PSOE tienen un mejor y mayor

nivel de .vida que los votantes de UCD. Si tiene coche propio el 56 por 100 de los votantes socialistas,

sólo lo tiene el 47 por 1OO de los ucedistas. Frente al 7O por 1OO de los primeros que tienen lavadora,

sólo la posee el 6O por 1OO de los segundos. Donde tienen tocadiscos y magnetófonn el 35 y el 36 por

1OO de los socialistas, sólo los tienen el 26 y el 24 por 1OO de los votantes del centro. Sólo en cuanto a

la posesión de casa propia superan algo los ucedistas (75 por 100) a los socialistas (69), pero es claro que

esa ventaja se centra en la población rural más, abundante entre los centristas.

El asombro es aún mayor si se piensa que sólo un 3 por 100 de los votantes de UCD gana más de las

100.000 pesetas mensuales. Y que sólo un 17 por 1OO supera las 5O.OOO mensuales.

¿Podría, después de estas cifras, seguirse llamando capitalistas o burgueses a los votantes del centro? ¿No

serán ellos tan pueblo o más pueblo que los votantes de partidos de izquierda? ¿No deberían colgar ya en

el ropero de los trastos viejos ese orgullo con el que demagógicamente ciertos líderes parecen investidos

ellos solos de la representación del mundo obrero, de las clases «humildes»; del pueblo, al cabo?

Repitamos que es para felicitarse el hecho de que las clasificaciones políticas dependan cada vez menos

del bolsillo de sus votantes. Tenemos que alegrarnos de que a la derecha no se sitúen sólo quienes tienen

algo que conservar y a la izquierda quienes tienen mucho que conquistar. Una verdadera democracia sólo

existe hasta que los votantes de los diversos partidos son distintos sin ser, por ello, enemigos o

competidores económicos. Y bueno es que en las grandes decisiones pese más la cabeza que el estómago

y el bolsillo.

Por todo ello no sería malo que los líderes políticos empezaran a tratar con más respeto esa soberana

palabra que es «pueblo» y a reconocer que cuando insultan a los hombres de otros partidos no es a

voraces opresores a quienes insultan, sino a una parte viva y real de ese pueblo que dicen amar.

 

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