Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   ¿Qué democracia?     
 
 El Alcázar.    15/03/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

¿Qué democracia?

Desde Fraga a Carrillo, todos se empeñan en salvar la democracia. ¿Tan mal está la

democracia en España que precisa los excepcionales y extremosos cuidados propuestos

desde todas las esquinas del espectro partitocrático? Entre los salvadores de la democracia

insurge ahora, con destemplado ímpetu, el ministro Fernández. Al fin logró imponer al

concentrado gobierno de semicoalición de UCD su peculiar receta para salvar la democracia y

proteger la Constitución. Los televidentes le notaron muy nervioso cuando compareció ante los

periodistas para anunciar su invención. Parecía un estudiante mal preparado ante un tribunal

exigente. ¿Acaso temía que alguien le advirtiera sobre la falta de novedad de su iniciativa y le

leyera alguna página sabrosa de la historia de la II República? ¿O es que íe dura la tiritona del

enfriamiento político que tanto afectó a su sistema renal?

Cada vez que el ministro Fernández tiene una iniciativa, me echo a temblar. El ministro

Fernández fue uno de los niños bonitos del franquismo durante el período tecnocrático.

Lo suelen callar discretamente sus epígonos, pero lo fue. Bien es verdad que dejó tras de sí

una huella indeleble de fracasos. Su fugaz paso por la presidencia del INI la recuerdan con

aprensión los funcionarios. Reprimió los anhelos reivindicativos de los asalariados, llevó

consigo una joven, presuntuosa y sobrepagada clientela, y no hizo nada positivo.

La cortesanía tecnocrática que le acompañaba se despliega hoy, con pareja voracidad, por los

espacios socia(demócratas de la UCD y del PSOE. Cuando se contempla ahora la proclividad

democrática de parlamentarios y municipes a exigir austeridad y laboriosidad a los inferiores y

a autofijarse pingües emolumentos, no puede por menos de exhumarse el recuerdo de la

peculiar filosofía progresista con que Fernández irrumpió en el franquismo, al tiempo que

triunfaba en los espacios mercantiles del capitalismo nacional, alguna vez asociado con

Tamames, y del capitalismo multinacional.

La ejecutoria posfranquista de Fernández no es más alentadora. Con la reforma fiscal se cargó

la nueva y extensa clase media crecida trabajosa y heroicamente durante las décadas

anteriores, destruyó las economías familiares, apuntilló el ahorro privado, le metió un rejón de

muerte al espíritu de iniciativa empresarial, le dio un gigantesco impulso al paro y cebó la

inflación. Fue la suya una tacada apoteósica. No está siendo menos eficiente en Justicia.

Los jabalíes republicanos aparecen en comparación como unos enani-tos del radicalismo

laicista.

¿Y qué decir de la UCD? Apenas si se sostiene en pie, tras las varias cargas de profundidad

que Fernández le ha hecho estallar en plena línea de flotación. El frágil navio de UCD está a

punto de saltar en pedazos, merced al último torpedo de los social demócratas.

Mucho me equivoco o no tardaremos en presenciar la escisión de UCD, en paralelo con otra en

el PSOE, para desembocar en la formación de una socia(democracia encabezada por Felipe

González. Es lo que se lleva en Europa. Es la consigna secreta de esta hora y la explicación

del periplo de imagen que la internacional Socialista le ha preparado al predilecto de Willy

Brandt. Existe un documento muy sugestivo que los servicios de Gutiérrez le prepararon a

Suárez, en el cual se describen las diversas maneras de alcanzar el objetivo de un gobierno de

coalición. Todas pasaban por la caída de Suárez. Y de entre ellas, la formación de un nuevo

partido socialdemócrata se definía como el recurso último u operación de reserva.

La iniciativa del ministro Fernández de botar con trémolos de urgencia una ley orgánica de

salvación de la democracia y de defensa de la Constitución, tiene mucho que ver con el

previsible estallido de UCD, la aparición de una socialdemocracia a la europea, el consiguiente

reajuste de los grupos parlamentarios, la caída del actual gobierno, la creación de una nueva

mayoría, la necesidad de un reconsenso y la inevitabilidad de un gobierno de coalición, no muy

dispar de una cierta lista circulada días atrás para otra eventualidad de democracia con

autoridad. Es lógico que se intente poner mordaza a quienes puedan denunciar, en su

momento, la problemática constitucionalidad del mecanismo.

Así las cosas, no debe echarse en saco roto la alarmada reacción del democristiano Otero

Novas: «Creo que UCD está legislando y gobernando en contra de la mayoría de la población y

por supuesto en contra de la mayoría de sus electores. Esto no es la democracia. Quienes

hemos luchado por ella estamos profundamente decepcionados, porque esto es el despotismo

ilustrado.» Algunos van más allá que Otero Novas y presumen que esto es el despotismo

desilustrado, o tiranía partitocrática. El problema, sin embargo, es de mayor calado y se resume

en la rotunda denuncia del ex-ministro de Educación: «Esto no es la democracia.» ¿Y qué es

entonces? Pero, además, si «esto no es la democracia», ¿qué es lo que en realidad pretende

defender y salvaguardar el ministro Fernández con su flamante proyecto de ley orgánica? La

perplejidad adquiere dimensiones patológicas.

No debe estar muy equivocado Otero Novas cuando los socialistas insisten en que uno de los

cuatro grandes temas políticos de urgencia (los otros son el terrorismo, las autonomías y la

crisis económica) se concreta en la necesidad imperiosa de democratización del Estado.

Resulta así que. después de dos años y pico de vigencia de la Constitución, no sólo se precisa

una ley especial para su protección, sino que, por si fuera poco, el Estado sigue sin ser

democrático. El ministro Fernández, sin embargo, se empeña en «proteger el orden

constitucional democrático vigente», en contra de democristianos y socialistas, para quienes no

existen, en sentido estricto, ni democracia ni Estado democrático. ¿No es rara pretensión la de

proteger lo inexistente y legislar sobre el vacío? Es lo mismo que cazar un gato negro en una

sala a oscuras, en la certeza de que no hay tal gato negro. Pero resulta, además, que la Junta

de Fiscales de Madrid se negó a firmar una declaración de «acatamiento a la Constitución y a

los valores democráticos que en ella se encarnan», en razón de que, según el artículo 16 de la

Constitución, «nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología», puesto que «los valores

democráticos y muy particularmente el pluralismo político, forman parte de una ideología

determinada». Con razón se extraña Felipe González de que en Gran Bretaña no entiendan lo

que sucede en España. Los británicos pertenecen a una civilización racionalista y difícilmente

comprenderán las sinrazones de los presuntos racionalistas españoles.

La cosa podría estar más clara si se sabe leer en su trasfondo el capcioso artículo de Arrige

Levi titulado « El evangelio democrático de Juan Pablo II». Además de circunstancialmente

italiano, Arrigo Levi es judío, socialdemócrata, logiástico y bilberdergeriano. Descubre, a un

mismo tiempo, que «el Papa del Estese ha convertido en el apóstol de la democracia» y que

«actualmente las democracias tienen tremendas dificultades para asegurar el Gobierno de las

naciones». Y también que «las más jóvenes democracias —Italia es una y España es el

ejemplo más reciente— padecen estas tensiones de forma dramática y corren el riesgo de

desmoronarse». Oculta Levi que en Italia ha fracasado ya, reiteradamente, la fórmula de

gobierno de coalición que en España se ofrece como panacea para salvar o instaurar la

democracia, pues a estas alturas ya es casi imposible discernir dónde estamos. Pero más

importante me parece poner de relieve lo que Levi sugiere y no dice. O sea, que la democracia

del Papa del Este, «al servicio del hombre, y no al contrario», es una democracia muy distinta

de la que pretende proteger Fernández, «permanentemente en crisis», según el cínico

periodista ¡talojudeo, quien añade que «hay crisis que pueden resultar fatales».

¿Es éste nuestro caso, engrado extremo? ¿No sería más apropiado perseguir la instauración

de esa otra democracia de la que el Papa es «la figura pública más carismática»? Resulta, en

efecto—y le brindo el tema a Eduardo Adsuara—, que la democracia pregonada por un Papa

del Este, como solución a la tiranía marxista, radica en el hombre y no en el individuo.

Es carismática y no racionalista. Lo contrario, en fin, de lo que postulan los libérales, radicales y

socialistas del Oeste. Y lo más próximo, en fin, a la tradición cultural del pueblo español.

Conviene meditarlo.

Ismael MEDINA

 

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