Autor: Arroitia-Jáuregui, Marcelo. 
 20-N. La unión de los españoles. 
 Mañana de sol     
 
 El Alcázar.    18/11/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

L0 oí contar mientras bajábamos la Cuesta de Santo Domingo que, por razones histérico

políticas elocuentes, es la mejor vía de acceso a la Plaza de Oriente durante el mes de

noviembre.

Te lo digo yo. Que Franco le ha mandado una instancia a Dios, a través de Santa Bárbara,

como corresponde, para que hoy luciera este sol, tras una semana de frío con borrascas y

nieves tempranas. Ya ves, exactamente hasta esta mañana, y hoy tenemos la mañanita de

primavera que nos viene bien.

Pues puede que tengas razón:

La fetén y de las JONS. Que tiene mucha mano allá arriba y que no hay gafe aquí abajo que se

le resista. Osea, que teniendo a Dios de cara, ya puede ponerse como quiera el tierno alcalde

del collar, porque esto se llena.

Efectivamente, se llenó. El sol picaba que era un gusto y parecía incorporarse a la repetida

romería pie la espera´nza. Porque en la Plaza de Oriente, de nostalgia, nada, pero de

esperanza, toda. Franco, José Antonio, José Antonio, Franco tuvieron el recuerdo suficiente y

la oración imprescindible. Pero el alegre río de banderas, la jubilosa presencia popular, el

impertinente griterío, ni venía arrastrado por la nostalgia ni impulsado por el conformismo.

Lo empujaba la amenazada unidad de la Patria, se concretaba en el futuro, aunque

arremetiese, con razón, contra el presente. Cerca de mí, la española presencia de Vizcaya

hecha obligada pancarta rodeada de banderas Pasaron a mi lado unas preciosas chávalas de

San Sebastián, y en ellas la esperanza tenía como un ribete dramático que la hacía más

potente. Toda España a pie firme y bajo el sol, para no renunciar a ser España. Comentaba un

mozo: «Hay aquí más gente de G ijón que en la calle Corrida.»

Y, por supuesto, no invento absolutamente nada. Incluso por esa razón dejo al margen otros

hechos. Porque si digo que, allí, en la mitad de la represa de gentío que era la Plaza de

Oriente, a la sombra del rey a caballo, conocí a la viuda de un asesinado por las metralletas

etarras, a la mujer de una víctima de la injusticia democrática, que saludé a un honrado

expedientado y que estuve al lado de un hijo de Blas Pinar, podía -resultar novelesco y

acumuladamente anecdótico lo que es la estricta realidad. Yes que si el sol era un milagro, tal

anecdotario no rebasa los límites de la anécdota; aunque la Plaza de Oriente fuera una

categoría, que difícilmente podrían rebajar los recuentos de mañana, ni los cierres de los

aparcamientos cercanos pensando que éramos gente de coche los reunidos, o que nos iban a

amedrentar las precauciones edilicias.

La mañana de sol tuvo sol por fuera y por dentro. Ya digo que el recuerdo no superó los límites

de la suficiencia, pero el sol calentaba por dentro en el decidido propósito de no renunciar a la

unidad de la Patria. No era el día del Dolor, sino el día de la Esperanza. Pero no una esperanza

vagorosa y romántica, sino una esperanza que allí mismo encontraba sus primeras razones.

Porque la mañana de sol fue una mañana de juventud, que viene a ser lo mismo que afirmar

que fue una mañana de fe. No faltaba nadie y nadie sobraba. Por no faltar, yo vi a una señora

joven que con un cartelito colgado al cuello testimoniaba la presencia delegada de su marido

enfermo. Y era una alegría esperanzada, pero jubilosa, la que se acumulaba en las almas de

todos. Ya digo que no faltaba nadie y que nadie sobraba.

Escribo con los ojos todavía llenos deí color de la bandera, con el cansancio de varias horas de

pie y mayormente empujado por la multitud que, al sol, venía a decir que se negaba a vivir

entre las nubes de la desidia boba y el tormenten preparado. Allí nadie era nadie, y todos juntos

éramos España hecha alegría y canciones, hecha protesta y firmeza. Al cabo, cada año somos

más y seguramente tanto desorden fuera, tanta felonía, tanta trampa, nos han hecho mejores.

Convocados por las figuras de los dos españoles más nobles de la historia de la España que

vivimos, nos reunimos, al sol, para dar a conocer nuestro propósito firme de seguir siendo

España. Por eso hubiésemos acudido aunque hubiesen caído chuzos de punta.

Pero ya digo que el sol quiso estar con nosotros, y estuvo. No digo que por las razones

expuestas por el español que bajaba la Cuesta de Santo Domingo a mi lado, aunque tampoco

tengo nada en contra de la posibilidad de que tal hipótesis sea real. Lo cierto es que, con un sol

relumbrante, los españoles nos reunimos en la Plaza de Oriente para afirmar que lo somos y

que lo seremos, por encima de contingencias mismamente despreciables. Y, por añadidura,

para mostrar nuestro desprecio hacia tales contingencias.

Marcelo ARROÍTA-JAUREGUI

MAÑANA DE SOL

 

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