20-N. La unión de los españoles. J. E. Casariego. 
 "Queremos una revolución española"     
 
 El Alcázar.    18/11/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

«QUEREMOS UNA

REVOLUCIÓN ESPAÑOLA»

MUCHAS cosas que decir y un tiempo brevísimo para exponerlas, me obliga a síntesis muy apretadas.

Pero he de utilizar esta ocasión magna, cara a cientos de miles de españoles, para poner un acento rotundo

a la profunday auténtica preocupación que todos los hijos de España, bien nacidos en ella, sentimos en

estos momentos, desconcertantes y gravísimos, en los que la sociedad española no sólo aparece sumida en

un caos de desórdenes, crímenes, falta de autoridad, anarquía y propagandas abiertas a todas las

negaciones y perversidades, sino también ante el supremo peligro de que España se rompa, se fraccione, y

en un bárbaro salto regresivo, disfrazado de falsos progresismos, retorne a las tribus celtibéricas y los

reinos de taifas... Sí, españoles, esto no es una figura retórica, sino una tremenda realidad que cruje bajo

nuestros píes y puede sobrevenirnos por la acción conjunta, por un lado, de un Estado, al parecer, incapaz

de sentir y cumplir su misión histórica de defenderla sacra Unidad de la Patria, y por otro, de unos

separatismos cerriles e histéricos, decididos a liquidar nuestra Historia, dividir nuestras tierras y

empequeñecer a nuestro pueblo, todo ello al servicio de bien conocidos y turbios poderes internacionales

que están hace muchos años colonizando mental, económica y políticamente a España.

Esos males existen, están ahí, todos los vemos y los padecemos. Están en las cifras, en constante aumento

de los parados; ertel cierre de los centros de trabajo; en la subida imparable de los precios; en el

despliegue mostruoso de la pornografía; en las denuncias cotidianas por violaciones, secuestros,

incendios, robos y atropellos; en los charcos de sangre en las calles y en los entierros impresionantes de

las víctimas.

Todos los españoles se dan cuenta de que esto no puede seguir indefinidamente así. Y el régimen actual

está demostrando que es impotente para acabar con tantos males. Todas sus promesas y sus fórmulas

mágicas de demoliberalismo europeizante han fracasado totalmente unas tras otras. Primero era el

referéndum de la reforma que iba a abrirnos las puertas de una arcadia democrática; luego, las amplísimas

amnistías; después, la elección de un Parlamento; más tar-de, la aprobación de una Constitución, tras ella

otro segundo Parlamento y elecciones municipales, y por último/los referéndum autonómicos. Pues bien,

todo eso se hizo y a la vista están los resultados.

Pues si España no puede seguir así y el régimen es impotente para darle solución, hay que ir a una

revisión y rectificación total del sistema. Cuando se avanza hacia un abismo hay que hacer alto y buscar

otro camino. Cuando un médico y un plan terapéutico fracasan, hay que buscar otro médico y otro plan

para que el enfermo no se muera. Y en este caso el enfermo es nuestra Madre España. Y, ¿vamos a dejar

que España se nos muera?

Pues ya tenemos un objetivo claro y primordial: la revisión de este sistema, de sus Instituciones, sus

Leyes, y, en primer lugar, de su absurda y extranjera Ley Electoral. Y para ello (y ruego a los

representantes de la autoridad que tomen bien nota de mis palabras), y para ello estamos dispuestos a usar

la vía pacífica y legal de la propaganda, de llevar al convencimiento de todos que la sociedad española no

puede seguir malviviendo así, encuadrada por el crimen, la irresponsabilidad y la demagogia.

En el sagrado nombre de España, de su Unidad y de su pueblo; en el de nuestros mártires que se

sacrificaron precisamente para que las cosas no fuesen así; en el de nuestros hijos, a los que no queremos

legar una Patria rota, entre ruinas ensangrentadas, y, sobre todo, en nombre de Dios, cuya moral se

escarnece a diario; en nombre de todo eso, pedimos que se revisen las formas y mecanismos que hoy

rigen el Estado. Insisto en que lo pedimos legal y pacíficamente, llamando para ello a los que siempre

pensaron como nosotros y llamando también a la inmensa multitud de los decepcionados, de los que

creyeron en ese argumento falso, vicioso e inmoral del voto útil, que bien probado está sólo ha sido

útilísimo para meternos en el callejón presente y del que ya muchos están arrepentidos, como se

demuestra en la abstención masiva y creciente de las tres últimas consultas electorales. Son muchos,

incluso, los liberales, demócratas y socialistas que ante este fracaso hacen suya aquella frase de la

decepción de Ortega y Gasset ante el desastre de la República: «—No es esto, no es esto—.» ¿Y qué es

«esto» hoy? Pues «esto» hoy es el consenso ante el separatismo y la anarquía de un Gobierno que no

gobierna y de una oposición que no se opone.

Una inmensa revolución social y política a la española

Sí, españoles, hay que evitar que este grandioso edificio que fue España se derrumbe definitivamente; hay

que llevar al convencimiento de todos, que todos seremos perjudicados con ello. Hay que luchar hasta dar

la vida por la unidad de España, pero su unidad tradicional, -toral, la que siempre defendimos nosotros los

carlistas, no la del centralismo al estilo de la Revolución francesa que nos impusieron los liberales y que

engendró el gran crimen y la gran estafa de los separatismos. Hay que acabar con la impunidad ante el

delito. Hay que combatir la inmoralidad que pervierte a los jóvenes y destruye la familia: Hay que

garantizar la vida, la libertad y el trabajo a lo» españoles. Hay que evitar el agio de los especuladores y la

ruina económica, y, sea como sea, dar fin al paro obrero y encontrar solución al problema agrario y otros

problemas social-económico-laborales. Hay que realizar «una inmensa reconstrucción social y política»

como ya la pedía hace 110 años nuestro gran Carlos Vil, que revise a fondo las instituciones que hoy

modelan la riqueza y el trabajo, y llevarla a cabo en beneficio de los más y de los más pobres.

Hay también que autosometerse con humildad a un riguroso examen de conciencia para reconocer y

rectificar nuestros errores y pecados dentro de esta sociedad hedonista de consumo, corrompida y

corruptora.

Hay que hacer, en fin, una auténtica revolución nacional, alegre, impetuosa, juvenil y fecunda, que sirva

al pueblo y no a los intereses de los partidos que hoy obedecen las consignas de la Internacional

multicapitalista o de la Internacional marxiste, las cuales, repito, están convirtiendo a España en una

colonia y a los españoles en cipayos.

Y si llega el caso, ante las coacciones y amenazas de los poderosos del mundo, tenemos que saber decir

con dignidad y orgullo, con redaños y altivez, esta frase magnífica del pueblo español: « En mi hambre

mando yo.»

Para realizar esta gran tarea al servicio de España tenemos que unirnos todos, incluidos los

decepcionados, unirnos sin odios ni rencores, en nombre de una fraternidad cristiana y nacional que otros

han roto. Y para lograr todo eso no hay más camino (fracasados tantas repetidas veces a través de más de

siglo y medio todas las fórmulas extranjeras del demoliberalismo y el marxismo) que al acudir a las

fuentes de nuestra dinámica y abierta tradición hispana en busca de principios en ella inspirados, para que

España sea gobernada a la española por los españoles; para que todos podamos compartir en la paz de

Dios, el fuego del hogar , y el pan de la mesa, el dolor y la alegría, en esta gran casa común que es

España.

Y ya termino. Quiero que así consten mis palabras como representante de la Comunión Tradicionalista,

decana de las agrupaciones políticas de Europa. Que consten así en esta jornada con flamear de

entusiasmos y crepitar de muchedumbres congregadas en torno a esta plaza de Oriente en la que un día

histórico, el dos de mayo de 1808, una mujer anónima del pueblo, excitó a todas para la lucha por la

independencia, el honor y la libertad de España. Y decirle desde aquí a España lo mismo que el Hijo de

Dios le dijo a Lázaro:

España: ¡Levántate y anda!

J. E. Casariego

 

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