Autor: Meseguer Sánchez, Manuel María. 
 Crónica viva del dolor de España. Capilla ardiente de franco en el Palacio Real. 
 La más multitudinaria manifestación de duelo conocida en Madrid  :   
 En el salón de columnas, el silencio sólo queda roto por sollozos. 
 ABC.    22/11/1975.  Página: 35. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

ABC SÁBADO 22 DE NOVIEMBRE DE 1973. PAG. 35.

CRÓNICA VIVA DEL DOLOR DE ESPAÑA

CAPILLA ARDIENTE DE FRANCO EN EL PALACIO REAL

LA MAS MULTITUDINARIA MANIFESTACIÓN DE DUELO CONOCIDA EN MADRID

En el salón de Columnas, el silencio sólo queda roto por sollozos

Poco más de cuarenta mil personas pudieron despedirse de los restos mortales de Francisco Franco, Jefe

del Estado español, durante las primeras doce horas de su exposición pública. Si el ritmo continuara

invariable, sólo doscientas mil personas podrán contemplar por última vez la Imagen del hombre por el

que se ha movilizado todo un pueblo.

«Lo de la plaza de Oriente no tuvo nada que ver con esto —me comentaba un oficial encargado de la

seguridad—. Un millón, dos millones de personas... cualquier cálculo sería válido. Se han superado todas

las previsiones y se ha desbordado sobradamente la zona de silencio.»

A las siete de la tarde, una doble cola de bajada y subida, torcía a las puertas del Ministerio del Ejército,

en la plaza de Cibeles, e iniciaba la mas lenta, multitudinaria, pacífica marcha que han conocido las calles

de Madrid

EN PALACIO.—Los altavoces de Palacio emiten música sacra. Se Impone el silencio y una ola de

respeto sacude a quienes se encuentran ya ante las verjas. Aquí apenas se precisan ya guardias que

encaucen al gentío. Se palpa como una autodisciplina en cada uno de los visitantes. A derecha e Izquierda

de la plaza de la Armería se van colocando las coronas: Grecia, Liberia, Estados Unidos, presidente de la

República Francesa, familia Trujlllo, Canadá. Hassan II, Grandes Duques de Rusia, Secretariado Gitano...

Doscientas coronas de flores en diez horas. Y su llegada es incesante.

Nada de esto —el fragor de las columnas humanas, la fragancia de los claveles. la apresurada ascensión

por los dos tramos de escalinata— llega hasta el salón de Columnas, donde el silencio queda roto tan sólo

por los sollozos, los taconazos marciales, las quedas órdenes de cambio de la guardia que mantiene las

armas colgadas a la funerala. Ni siquiera las salvas de ordenanza rompen el denso silencio de la capilla

ardiente.

EL SALÓN DE LAS COLUMNAS.—Cuarenta pasos antes del taconazo, la genuflexión, el saludo brazo

en alto o la señal de la cruz; cuarenta pasos antes del estupor, la columna queda, por un segundo, en

suspenso. El catafalco aparece oculto por soldado armado con el guión del Generalísimo

Del artesonado penden ocho grandes arañas, cuatro de las cuales llamean de luz. Los focos de la

televisión deslumbran tan pronto se rodea la primera columna y sólo unos metros más adelante se puede

abarcar la escena: de la pequeña caja destaca un rostro cerúleo y un uniforme de gala de capitán general.

Detrás, un bronce representa al Emperador Carlos I. A los lados, cuatro hachones se alinean a derecha e

Izquierda.

Viene luego la guardia de honores, representando a todos los Ejércitos, la Guardia Civil y la Policía

Armada. Altos jefes militares montan su turno en vela ante el cadáver, delante de las personalidades que,

al igual que los demás, se turnan cada cuarto de hora.

Los «flashses» de las cámaras fotográficas parpadean ante cualquier suceso por nimio que sea: desde la

mujer que no puede contener la emoción y cae de rodillas, hasta el antiguo capitán legionario que deja su

gorro con tres estrellas a los pies del catafalco. Alguna mano como furtiva deja caer un clavel en el lugar

donde poco a poco se consigue un tapiz de tarjetas.

ESCENAS. — «Cincuenta personas por minuto», dice alguien. Y esto es señal de que se trata de agilizar

el paso ante el féretro. Los ujieres piden que se desfile de cuatro en fondo, pero resultan inútiles sus

sugerencias. Nadie quiere quedarse en la cuarta, fila ni en la tercera.

La columna se estira en la recta final; se detiene. Los militares saludan reglamentariamente. Los

sacerdotes cortan el aire con una bendición. Los hay que se santiguan, que se arrodillan. Los ojos secos de

unos pasos antes se inundan de lágrimas. Los hay que convierten en palabras sus pensamientos: «Era

bueno e inteligente, y no se da cuenta la gentuza». Una mujer musita una plegaria de la que sólo se oye:

«Que Dios te bendiga.» Otra grita: «Padre de los españoles. Siempre has sido un gran español.»

Son los resultados de la espera y de la distensión. Cuantos llegan al salón de las Columnas se han

mantenido hasta seis horas al frío de la calle. He visto tullidos, mutilados, enfermos, ancianos, que se han

ido acercando, casi arrastrando, hasta el recinto acordonado de la estancia. Allí han irrumpido en llanto y

se han dejado abatir por la emoción.

PERSONALIDADES.—«Es increíble», comentaba un miembro de la guardia de la Casa Civil. Los

turnos de vela de los antiguos combatientes mantienen una disciplina militar. Uno de ellos sale de la

estancia, me coge del brazo, sin conocerme, y murmura: «Nunca pudimos pensar que pudiera producirse

una manifestación así.» Había tenido en sus manos el asta de la bandera Zamora núm. 8, la primera que

estuvo con Franco durante la guerra.

Con el pueblo llano, las personalidades de la vida pública pasan ante los restos mortales del Jefe del

Estado. El general Campano, monseñor Guerra Campos, Pilar Primo de Rivera, Fernando Suárez y toda

su familia, el capitán general de Madrid, Lola Flores, su hija, su marido; altos funcionarlos de los

Ministerios, y con ellos, mujeres con pañoleta negra en la cabeza, hombres con la camisa blanca

abrochada hasta el último botón, sin corbata, y niños, muchos niños, únicos testigos Inmutables de la

marcha del dolor

El ritmo se acelera a setenta personas por minuto y aún así se teme que queden fuera del Palacio de

Oriente un número cuatro veces superior al que podrá acceder al salón de las Columnas.

A la salida, las treinta banderas más condecoradas de la guerra civil se mantienen verticales y severas.

Los setenta y tres peldaños de la gran escalinata se desgastan Imperceptiblemente. El airecillo que llega

del Campo del Moro va secando las lágrimas. Y la gente, toda la gente, continúa en su espera.—M. M. M

 

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