Autor: Yáñez Peña, Antonio. 
 Crónica viva del dolor de España.. 
 A las siete de la mañana ya había larguísimas colas para entrar en Palacio     
 
 ABC.    22/11/1975.  Página: 35-36. Páginas: 2. Párrafos: 31. 

A LAS SIETE DE LA MAÑANA YA HABÍA LARGUÍSIMAS COLAS PARA ENTRAR EN

PALACIO

A las siete de la mañana de ayer, las colas que se habían formado en las inmediaciones del Palacio Real,

para dar el último adiós a los restos mortales del Caudillo, llegaban: una, por frente al Palacio, en la calle

Bailen, hasta bajo el puente de la plaza de España. La otra, que confluye con la anterior frente a la

entrada, se prolongaba por la calle Vergara, hasta la de la Escalinata, frente a la plaza de Oriente. A las

once de la mañana, esta cola llenaba toda la calle Arenal, daba la vuelta por Sol, a lo largo de Mayor,

hasta el final, y volvía nuevamente a la Puerta del Sol. La otra se extendía hasta más allá del Puente del

Rey.

A primera hora hemos podido hablar con algunas de las personas que habían tomada posiciones desde las

diez de la noche de la víspera. Doña Dolores Almansa, que ocupaba el primer puesto, nos cuenta que ha

pasado una noche tranquila.

—Y aunque tuviese que pasar otra noche la resistiría también. Franco se lo merece todo.

FRIÓ.—El frío era tremendo al amanecer. Y aunque la mayoría de las personas llevaban abrigo, resulta

muy duro pasar una noche sin dormir y a pie firme. Una anciana de más de ochenta años se abrigaba con

una capa y se sentaba en una pequeña silla portátil. Sus familiares se la llevaban y volvían a traer en un

vehículo para darle algo caliente y al tiempo pudiese conservar su puesto para cumplir su deseo de dar la

última despedida al Caudillo. Algunos habían descansado en un saco de dormir. Otras personas se

acompañaban de pequeñas sillas de tijera para hacer más soportable la espera. Una dama de ochenta y tres

años nos contaba que había asistido a todos los actos convocados por Franco y también quería asistir a

éste,

—Le digo que ahora tengo un peso en el corazón...

Hemos visto a numerosos grupos de monjas, de todas las órdenes y congregaciones, unas habían llegado a

las seis; otras, a las siete, y en horas sucesivas. Ninguna había conocido a Franco, aunque algunas lo

habían visto. A primera hora abundaban las personas de treinta a cincuenta años, pero más tarde vendrían

familias, personas de uno y otro sexo y de todas las edades.

REZOS Y LLOROS.—Entre el público se distinguían por su distintivo color verde y bandera nacional,

los componentes de la Unión del Pueblo Español —U. D. P. E.— con el señor Labadíe Otermín al frente.

La mayoría de los «colistas» leían los periódicos del día. Algunos se defendían la cara con grandes

bufandas, mientras otros mostraban narices y orejas coloradas por el frío. Ya más entrada la mañana

veríamos familias enteras con niños de pocos años. Muchas ancianas rezaban sus rosarios y otras

lloraban. Algunos lucían escarapelas con los colores nacionales y crespones negros. Uno de estos últimos

caballeros no pudo contener la emoción v prorrumpió en sollozos:

—He hecho la guerra con Franco. Como ve, soy cojo. Excúseme, que no puedo hablar

 

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