Autor: Montejano, Isabel. 
 Crónica viva del dolor de España.. 
 Los gitanos han llegado a darle su adios     
 
 ABC.    22/11/1975.  Página: 37. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

LOS GITANOS HAN LLEGADO A DARLE SU ADIÓS

Están también, formando cola, esperando pacientes, los gitanos. Han salido bien temprano de sus

chabolas del Patio del Tío Raimundo, las Ventas del Espíritu Santo o Entrevias. Y se han puesto a la cola,

porque quieren rendir su último tributo a Francisco Franco, un hombre de bien, un español. Y mucha

gente pensará: «¿Los gitanos también?» Pues sí, los gitanos, estos españoles que son capaces de amar y

querer

José Jiménez López: «He venido a decirle adiós a Francisco Franco, porque le queremos mucho. Ha

llevado a España muy bien durante estos casi cuarenta años, y ha hecho mucho porque desapareciese la

marginación en que nos tenían.»

Amparo Carbonell Heredia: «Yo tenía mucha fe en él, y sé que fue el hacedor de la paz en que ha vivido

España, durante muchos años. Me da mucha pena que se haya muerto Franco.»

José Martín Echevarría: «Estoy aquí porque le quiero.»

Luis Heredia: «Hemos venido a decirle a Franco que, aunque somos chabolistas, hemos sentido su muerte

como la de un padre.»

Manuel Vargas Heredia: «También con nosotros fue un hombre bueno.»

Luisa Heredia: «Yo le enseño a mis hijos a querer a Franco, y ahora le voy a decir: "¿Adiós, don

Franco!..., Que Dios, que es también Padre de los gitanos, te

acoja en su santo seno"»

Por la calle de Bailen, hacia Palacio, van tres gitanos, apresurando el paso cuanto pueden, a pesar de que

él camina apoyado en unas muletas. Y llevan, también, un brazado de flores, de claveles, de los que

venden en una esquina, para cubrir con ellas al General yacente.

Carmen Lozano Muñoz: «¡Unas poquitas flores! No tengo otra cosa que llevarle. Le queremos mucho y

he llorado cuando supe su muerte.»

Gaspar Sainz Pérez: «Yo soy de la Alcarria, ¿sabe usted?... Y he llorado su muerte, y me ha hecho mucho

dolor, porque yo he estado en la Legión con él y ahora sólo pido que me dejen, siquiera, estar un ratito

allí, a su lado haciéndole Guardia a mi General.»

Han seguido, a buen paso, hacia la calle Mayor, donde Bailen está cortada al tráfico de coches, y al

peatonal, y donde tendrán que dar una larga vuelta para integrarse en esas emocionadas colas de

españoles, que avanzan lentamente hacia Palacio. El, apoyándose en sus muletas. Ella, con unas flores,

pequeña pero magnífica ofrenda de cariño y dolor, de los gitanos de España, una raza, asombro del

mundo, que también quería «a su General»,—I. M.

 

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