Autor: Fuente Lafuente, Ismael. 
 Crónica viva del dolor de España.. 
 Duelo ante los arcos de granito de la plaza de la Armería     
 
 ABC.    22/11/1975.  Página: 39. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

DUELO ENTRE LOS ARCOS DE GRANITO DE LA PLAZA DE LA ARMERÍA

A las dos menos diez de la tarde de ayer, cansado, compungido, con una sonrisa muy triste, de

la mano de una mujer joven embarazada y del brazo de un muchacha joven, el ministro de

Hacienda, Rafael Cabello de Alba, desciende la escalinata del Palacio de Oriente que da a la

plaza de la Armería.

La gran escalinata que conduce al Salón de Columnas, donde está instalada la capilla ardiente

del Jefe del Estado, está dividida por un grueso cordón de color vino burdeos, para separar a

los que suben de los que ya han rendido su último homenaje a Franco. Y el ministro, que acaba

de velar al Jefe del Estado, sonríe a duras penas a los que ascendemos lentamente, de dos en

dos, de tres en tres, hacia la estancia donde reposan los restos del General Franco.

Los dos alabarderos, estáticos, con ojos como de cristal, como muertos en pie, que hacen

guardia a la entrada, ven desde su quietud cómo el ministro enfila la plaza de la Armería y se

pierde entre los grupos de personas que se alejan hacia la calle de Bailen. Sobre los balcones

de la plaza, que dan hacia la Sierra de Guadarrama, el limpio cielo de Madrid empieza a

encapotarse a lo lejos

LA MÚSICA GREGORIANA

A la una y media de la tarde, todo el equipo megafónico instalado en la plaza de Oriente sigue

lanzando, en tono chillón, los compases de la música gregoriana. Y números de la Policía

Armada, anchos brazaletes negros en el brazo izquierdo, indican al primer grupo de cien

personas que han confluido de las dos colas (la que viene de la calle de Bailen y de Onésimo

Redondo, y la que baja por Requena y Arenal) que pueden entrar a Palacio. Se agradece el

abrigo, pero no es una mañana fría. Voy entre un grupo de muchachas jóvenes. Pocos metros

delante de mí camina un grupo de monjas, deslizando entre sus dedos las cuentas de los viejos

rosarios de madera que cuelgan de sus hábitos.

Los viejos soportales de piedra de granito de la plaza de la Armería están cubiertos de

coronas de flores. Leo algunas de las cintas negras: «Los antiguos miembros de la Casa Militar

del Jefe del Estado», «La Unión del Pueblo Español», «El Ayuntamiento de Badalona», «La

familia Camero, Mazón» ...

«¿Qué es ese aparato que lleva usted ahí?», me pregunta un policía armado de los que

controlan las colas. «No. Déjale. Es un magnetófono», dice su compañero.

«DE DOS EN DOS, POR FAVOR».—Estamos en el umbral semiiluminado. El silencio,

mientras se sube lentamente las escaleras, es impresionante. Hay un grupo de abanderados

que hacen guardia en un descansillo de la escalera. Una mujer mayor llora en silencio justo

detrás de mí. «Pónganse de dos en dos, por favor», va repitiendo un ujier de Palacio. «De dos

en dos, por favor, y caminen un poco más rápido.»

«¡Qué pena!», dice alguien. «Era un mito», dice un muchacho. El primer salón, la antesala del

Salón de Columnas, tiene las tres alfombras superpuestas en un lado de la habitación para que

no las pise la gente. «Pónganse dé dos en dos, por favor.»

Televisión Española tiene las luces de cuarzo apagadas en el momento en que entro en la

capilla ardiente y las dos cámaras emplazadas allí no están transmitiendo ahora. La gente se

santigua cuando pasa ante el cadáver. O hace una genuflexión. O se inclina levemente. O no

hace nada. Más que arrastrar los píes girando la cabeza hacia el féretro levemente inclinado.

Para ver la tez embalsamada del Jefe del Estado muerto.

«Es la primera vez que le veo en mi vida. En sesenta años no he visto nada tan

impresionante», va repitiendo alguien detrás de mí.

El airecilIo que corre entre los arcos de la plaza de la Armería es un alivio. Pero los corazones

siguen encogidos. El alcalde de Madrid, los ojos rojos, está hablando a la salida de palacio con

los hombres que están haciendo la guardia,—Ismael FUENTE LAFUENTE.

 

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