Autor: Corral, Jorge del. 
 Crónica viva del dolor de España. Quince kilómetros de colas. 
 De vez en vez, la Cruz Roja atiende ataques de nervios, mareos y desmayos  :   
 Algunos esperan diez horas sin comer y cenar, para ver por última vez al Caudillo. 
 ABC.    22/11/1975.  Página: 42-43. Páginas: 2. Párrafos: 50. 

ABC. SÁBADO 22 DE NOVIEMBRE DE 1975. PAG 42.

CRÓNICA VIVA DEL DOLOR DE ESPAÑA

QUINCE KILÓMETROS DE «COLAS»

DE VEZ EN VEZ, LA CRUZ ROJA ATIENDE ATAQUES DE NERVIOS, MAREOS Y DESMAYOS

Algunos esperan diez horas, sin comer y cenar, para ver por última vez al Caudillo

Hay silencio y respeto y caras blancas y miradas profundas y ojos enrojecidos y vestidos negros y flores

rojas y flores blancas y flores amarillas. Hay emoción y espectáculo sobrecogedor. Bailen, Segovia, plaza

de Oriente, Requena, Lepanto, Pavía, San Quintín, Carlos III, Vergara, plaza de Isabel II, paseo de

Onésimo Redondo, de la Virgen del Puerto, avenida del Manzares, calles y calles, zona de silencio, de

música sacra y de colas inmensas, kilométricas, interminables, ¡Cielos!, esto te encoge el alma y te hace

caminar despacio, en silencio, como no queriendo rasgar la ausencia de ese ruido acostumbrado.

Y son gentes de toda condición. Son de pueblo y de ciudad; ricos, pobres, civiles, militares; curas y

monjas. Son tantos y tan distintos...

De vez en vez la carrera de una ambulancia, de un miembro de la Cruz Roja, de una frágil, blanca

impoluta enfermera, que atiende un mareo, una crisis nerviosa, un desmayo.

—Los hay con frecuencia. Muchos se emocionan, otros denotan la tensión de seis, ocho, diez horas de

cola interminable. Nosotros los llevamos en camilla, en brazos, a hombros, hasta una ambulancia. —las

hay en cada extremo de las zonas acotadas—. O hasta los puestos centrales instalados en el Palacio de la

Opera, y en la catedral de la Almudena. Lo malo empezará ahora, por la noche, con el cansancio

acumulado en el cuerpo y la falta de alimentos —muchos están aquí desde las once de la mañana y aún no

han comido ni cenado. A nosotros nos tornan cada ocho horas.

«ES MI JEFE»

Cayetano Vaquero sesenta y siete años, del Barco de Avila, es delgado, enluta, lleva con aire el sombrero

negro de ala ancha. Porta camisa blanca con el botón último abrochado y sin corbata. Traje negro. Figura

imponente, respetable, primorosa. «Franco ha sido un jefe del pueblo. Yo le conocí, serví con él en

Valladolid y fui hasta la frontera francesa. Estuve también en el Ebro. ¡Menuda se armó allí, no vea

usted!»

—Sí hombre, sí; he llorado, natural. ¡Cómo no voy a hacerlo!

—Oiga, ¿cuántas horas lleva en la cola?

—Muchas, ya va «pa» siete. Pero qué hacer. Lo veré como sea. Si no es esta tarde, será esta noche o

mañana. Yo tengo que verle. Es mi jefe.

—Pero oiga, no podrá pararse delante del Caudillo, pasará deprisa para que todos puedan verle. Cuando

llegue ese momento se habrá tirado diez o doce horas en esta cola.

—Bueno, no me importa, no me importa, no me importa...

Y la cola avanzó unos metros.

De vez en vez se escuchan unas protestas, unos chillidos, que rompen el silencio. «¡Usted, no se cuele! ¡A

la cola como todo el mundo, que yo llevo cinco horas para ver al Caudillo!» «Pero mujer. si es que la cola

es muy larga, llega casi hasta el estadio Vicente Calderón, y no nos va a dar tiempo a verlo. Si lo dejarán

más días... Es que en dos no lo va a poder ver casi nadie...»

«SI, HE LLORADO»

Ramón Hermida, veintidós años, de Madrid. Pantalón gris, chaqueta «blasier» azul, con brazalete de la

Hermandad de Marineros Voluntario y Requetés Boina roja.

—¿Que qué ha sido para mí Franco? Mira, yo soy franquista ciento por ciento. No he conocido otra cosa

y, por tanto, no puedo opinar con relación a etapas anteriores de nuestra historia política, pero sí te diré

que Franco ha sido algo colosal, inmenso. Y si lo comparamos con el extranjero, con sus Gobiernos,

entonces el parangón no puede establecerse.

—Y ahora, sin Franco, ¿qué piensas que va a pasar?

—Creo que el Príncipe ha entrado con buen pie por lo del Sahara. Estoy con el Príncipe, y seguro de que

si acierta con un Gobierno competente esto irá igual de bien.

—Ramón, ¿has llorado con la muerte de Franco?

—Sí, he llorado, como todo buen español. Lloré en el momento de oír por radio la noticia.

—¿Qué estáis haciendo los de la Hermandad de Marineros Voluntarios y Requeté?

—Estamos haciendo velas en la antesala de la estancia donde está el Caudillo. Tenemos las banderas del

regimiento número 8, de Zaragoza, que fue la que llevó el Caudillo cuando era teniente. También tenemos

la del Tercio María de Molina y los banderines de las distintas hermandades.

—Oiga, señora, ¿la importa contestar a unas preguntas?

—No me interesa salir en los periódicos.

—Y su nombre, ¿tampoco me lo quiere decir?

—Tampoco.

—¿Cómo era Franco para usted, señora?

—Una buena persona.

—¿Y va usted a verle? Tendrá que ponerse en la, cola.

—No podré verle, porque hay una cola muy inmensa y yo no puedo estar mucho tiempo de pie. Mira que

lo siento, con lo buena persona que era.

EMOCIONANTES HISTORIAS EN LA ESPERA

VERA USTED: "TENGO DIECIOCHO FRACTURAS, PERO QUIERO VER A FRANCO"

Se acercan a mí dos señoras de mediana edad; una de ellas llora. «Oiga, oiga usted. ¿Usted es de esto?»

«Perdón, señoras, no las entiendo. ¿De qué?» «Pues de esto, de lo de aquí.» «No, yo soy periodista,

señora.» «Bueno, no Importa. Vera usted, es que yo estoy muy mala, hace tiempo me caí por un patio

cuando estaba tendiendo ropa y me hice dieciocho fracturas. Ahora he venido aquí para ver al Caudillo.

Daría todo por verlo, pero es que yo no puedo estar tantas horas en la cola y tengo que verlo por encima

de todo, ¿usted podría llevarme hasta donde está él?» «Verá, señora, yo no puedo hacer nada que no sea

hablar con un policía y exponerle su caso.» Hablo con ellas.

—Bueno. Me llamo Francisca Poveda Mena, tengo cincuenta y siete años y mi marido está en Túnez de

agregado en la Embajada española. Se llama Vicente Llauradó.

—¿Y usted, señora, podrá aguantar toda esta cola en sus condiciones físicas? De verdad que la admiro.

—No sé. no sé, pero es que Franco... —y sus lágrimas salían a borbotones y sus palabras entrecortadas—,

es que Franco ha hecho por España una labor inenarrable. Pero lo que yo quiero es que me dejen en

trar sin hacer cola, porque mire, mire, no me importa que sea usted un hombre —y se abre la camisa y me

enseña una cicatriz inmensa, que va del pecho derecho al hombro—; mire cómo estoy. Y mire las piernas.

Tomo veinticuatro pastillas al día y me tienen que volver a intervenir Quirúrgicamente en San Camilo el

doctor Munuera. Lo de los nervios me lo trata el doctor Doncel en el sanatorio Doctor Esquerdo, de

Carabanchel Alto. Después de la caída me quedé muy mal.

La mujer sigue contándome:

—Me enteré de la muerte del Caudillo en mi casa, escuchando la radio. Es que yo estuve desde los

primeros días de su enfermedad atenta a todas las noticias. Ahora tengo que verle, tengo que verle, porque

es mi mayor ilusión.

—Ahora, sin Franco, ¿qué piensa usted que va a pasar en España?

—Yo confío en Dios. Para mí que el Príncipe va a seguir los mismos pasos que el Caudillo.

—Muchas gracias, señora. Vamos a ver si la dejan pasar esos policías.

—Teniente, por favor, esta señora se ha dirigido a mí con el propósito de ver a Franco sin necesidad de

hacer cola, porque está muy delicada de salud. Tiene dieciocho. ..

—Sí. lo comprendo. Pero usted entienda mi situación y la de esta gente que hace cola horas y horas. No

hay nada previsto para estos casos y nada se puede hacer. Lo siento, perdóneme.

DESDE LUGO Atanasio Coello, cincuenta y dos años, de Lugo. Delgado y pequeño, de ojos

despiertos y boina negra.

—Si, he venido desde Lugo para ver por última vez al Caudillo. Era tan bueno.,.

—No llore, hombre, no llore. Cálmese un poco.

—Es que le quería mucho, perdóneme usted.

—¿Y va a estar usted muchas horas a la cola?

—Sí. las que hagan falta.

—¿Qué era para usted Franco?

—Era un hombre bueno, muy bueno. Yo estuve con él en la guerra, en el Ebro. Y, además, le veía casi

todos los años cuando iba al pazo. Ahora, aunque también me quede sin cenar, tengo que volver a verle.

Antonia González Chea, misionera del Divino Maestro, veintinueve años.

—Para mí, Franco ha sido el salvador de España. Yo le amo y le admiro. Creo que, por su salud, tenía que

haber dejado esto hace tiempo y no morir siendo Jefe del Estado. ¿Que cómo me enteré? Pues al bajar a la

oración a las seis y media de la mañana y leer que se ofrecía por Franco.

—¿Va usted a verle, hermana?

—Sí, me gustaría mucho, porque le quería; pero hay mucha gente y no voy a poder. Estoy aún sin comer.

Recorrí una de las colas. Predominaba el negro y las flores. Había gente de toda edad y un silencio

profundo que encogía el corazón. No miento. En todos el mismo fin, el mismo propósito, la misma fe: ver

a Franco por última vez. Dejarle unas flores y rezar.—Jorge DEL CORRAL.

 

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