Autor: Medina, Tico. 
 Crónica viva del dolor de España. El ruido y las nueces.. 
 La marcha blanca  :   
 El pueblo en la cola ya dice: ¡Suena bien decir... Rey!. 
 ABC.    22/11/1975.  Página: 43. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

EL RUIDO Y LAS NUECES

Por Tico MEDINA

LA MARCHA BLANCA

El pueblo en la cola ya dice: «¡Suena bien decir... Rey!»

La viejecita decía, llorando, al policía que se ocupaba de aquella larga hilera humana tuviera la disciplina

precisa;

—Señor Guardia, señor guardia, ¿y usted cree que me dejarán darle un beso cuando llegue?

La viejecita llevaba silla de tijera, un algo de comer en el bolso y mucha paciencia: «Tengo toda la vida

por delante. No quiero hacer otra cosa que esto. Esperaré lo que tenga que esperar.»

En la cola, donde estuve, entre el pueblo, como Dios manda, había mucha pana. Jugando a las

palabras diría: Mucha pana y mucha pena. No es esta una columna como las habituales, llena de nombres

propios conocidos. Los «rutilantes» de hoy son, por ejemplo, Andrés, de la Roda; Juan, de Alicante, y

María Magdalena, de San Sebastián. Y ese especial aguante que tiene el pueblo para estas cosas. Y nadie

pretendiendo atravesar la barrera de lo imposible. Alguien leyendo un libro. Muchos, el periódico. Los

otros, con el transistor a la oreja. A la puerta de la plaza de Oriente están levantando el catafalco exterior,

sobre terciopelos negros. Los fotógrafos escoltan este inmenso gusano que se mueve en las arterias

madrileñas. Dicen que van a venir por los menos diez mil autocares.

Y más mañana, que es día de luto... y no hay trabajo...

Hace un frío feroz, sobre todo cuando cae la tarde. Uno se detiene junto a aquel escaparate, se apoya en la

pared, pide que le guarden el sitio, hasta la vuelta, en tanto toma un café, sin embargo, hay un silencio que

se puede cortar con un cuchillo. Pienso que Franco está ganando en este instante, de verdad, su más

importante Batalla, daríamos como el Cid, aunque suene el tópico: Su póstuma batalla después de la

muerte.

—Y mañana lo del Príncipe... —Querrás decir lo del Rey.

—Eso, pero sólo lo veremos por televisión.

—Sí, ¡pero es en colores!...

—En donde los haya sí...

Hay otra película por escribir aquí, en este largo kilometraje como un vía crucis inmenso del frío y de la

paciencia. No se cómo sería aquella crónica —de la larga marcha del frío en torno al cadáver de Churchill

el día que murió en Londres—, pero sí conozco el helado resplandor de toda una mañana de hielo y nieve

alrededor de la plaza Roja de Moscú, en la fila especial de militares y turistas, para ver al «padrecito»

Lenin, hace algunos años.

Los fotógrafos, que tienen su estudio arriba y su escaparate abajo, han sacado a la calle aquella foto que

un día hicieron, de gala o de paisano, en blanco y negro o en color, al Generalísimo. Todos: los más

modestos y los más preclaros. Me dicen que Granada quiere hacer un monumento a Franco, por encargo

especial y urgente del Ayuntamiento a sus escultores. «La sesión lo pidió antes de que muriera, en los

últimos días de su vida». Me aseguran que, por otro lado, se prepara un superhomenaje a este hombre

vestido de capitán general, que ha puesto sobre la mesa del mundo ese as impresionante de su carta final,

póstuma: «Desde el umbral de la muerte os escribo...».

Los taxis llevan un lazo negro en los pomos de sus puertas. Los justicialistas argentinos que viven en

Madrid han pedido que su Gobierno ponga el nombre de una calle o una plaza a Franco, en Buenos Aires,

en recuerdo al hombre que «cuidó tantos años de Perón»...

Cinco libros sobre la muerte del Jefe del Estado ya están en máquinas. Mañana, o pasado, doña Carmen

será duquesa de Franco, o de El Pardo, o del Ebro, o de El Ferrol. E1 pueblo se acostumbra a decir ya «el

Rey». En algún escaparate veo un motivo de Navidad. Y por fin, al final de la espera, Franco, vestido de

gala, como quería, como deseaban los militares inventados de sus historias de guerra. Franco, de perfil,

como una moneda. Fuera, la noche.—T. M.

 

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