En las Cortes y en la calle: un clamor. 
 Don Juan Carlos I, Rey  :   
 Cinco veces fue interrumpido el mensaje del nuevo Monarca a la nación. 
 ABC.    23/11/1975.  Página: 39-41. Páginas: 3. Párrafos: 20. 

ABC. DOMINGO 23 DE NOVIEMBRE DE 1975 PAG. 30

CRONICA DE UNA JORNADA HISTORICA

EN LAS CORTES Y EN LA CALLE: UN CLAMOR

DON JUAN CARLOS I, REY

Cinco veces fue interrumpido el mensaje del nuevo Monarca a la nación

MADRID. (Crónica desde las Cortes Españolas.) Cuando el presidente del Consejo de Regencia,

Alejandro Rodríguez de Valcárcel, concluida la ceremonia de la jura, gritó: «¡Viva el Rey!», v la Cámara

entera, puesta en pie, respondió con un «¡Viva!» clamoroso y enfervorizado, las lágrimas, incontenibles,

brotaron en muchos rostros, lo mismo de los hombres situados en el Banco Azul que de los que ocupaban

los escaños o llenaban los palcos disponibles para los invitados.

La multitud apiñada y estremecida (que seguía desde las calles las incidencias de la ceremonia a través de

los altavoces), contagiada por el fervor, prorrumpió en una Interminable ovación, sólo comparable a la

que se produjo en el interior del palacio de las Cortes en una singular, en cierto modo patética, y en

cualquier caso grandiosa, osmosis de emociones.

¡Cuántos años desde que no vibraban estas paredes con idéntico grito!

Para cuantos respondieron al «¡Viva!» del presidente del Consejo de Regencia por acatar el mandato

contenido en ese estremecedor documento postumo del Caudillo leído por Arias Navarro ante las cámaras

de la televisión; para cuantos siempre consideraron que la gran reconciliación nacional no podría

realizarse sino bajo el Poder moderador de la Corona; para cuantos intuían que la injusticia cometida

contra Franco por muchas naciones occidentales no seria prorrogada contra el Rey; para cuantos fuera de

estas consideraciones se sentían atraídos por la viril gallardía del nuevo Soberano y por el indiscutible

hechizo colectivo que ejerce Doña Sofía, la emoción producida por aquel «¡Viva el Rey!» (¡primero que

se escuchaba en este mismo recinto desde hace más de cuarenta y cuatro años!) fue intensísimo y patente

LOS PRELIMINARES Los pasillos de las Cortes estaban abarrotados desde mucho antes de

iniciarse la ceremonia, y muchas personas —no pertenecientes a la Cámara— ocuparon, sin serlo,

escaños de procuradores. Esto fue posible dado lo exiguo del recinto, por los que dejaron libres los

representantes saharauis (inasistentes a los últimos tres Plenos) y por estar situados los miembros del

Consejo del Reino en lugar preferente, fuera de sus asientos habituales. Entre los no procuradores

instalados en el hemiciclo recordamos a dos nietas del General Franco (una de ellas, Mariola, con su

esposo, señor Ardid, y María de) Mar), a don Juan Herrera, marqués de Viesca de la Sierra, al ex ministro

señor Fernández de la Mora y a don Martín González del Valle, barón de Grado.

Durante estos minutos de espera, los procuradores comentaban entre si los matices que podían apreciarse

en la colocación de las diversas personalidades o los más mínimos detalles relacionados con las mismas.

Así, la extraodínaria belleza y elegancia de la primera dama filipina, excelentísima señora Imelda de

Marcos; la ovación de que fue objeto en la calle el general Pinochet, presidente de Chile, por el «beau

geste» de su presencia y sus declaraciones; las muestras de simpatía de que tue objeto e¡ Rey Hussein de

Jordania, y otras quisicosas de menor importancia, como el hecho de que (a pesar de haberse advertido

que río debían portarse condecoraciones) el úrico militar que no las llevara fuera el teniente general Díaz

Alegría.

En el palco preferente, la infanta Pilar, hermana de Don Juan Carlos, compartía la primera fila con la

marquesa de Villaverde, la señora de Arias Navarro y la señora de Valcárcel.

En su proximidad, los Duques de Cádiz, la Reina de Albania, el marqués de Villaverde, el Duque de

Cádiz, la Infanta Margarita, el Duque de Badajoz y el doctor don Carlos Zorita.

En un palco próximo, Nelson Rockefeller, vicepresidente de los Estados Unidos, conversaba en voz baja

con el hermano del Sha de Persia; diplomáticos de uniforme, adscritos al departamento de Protocolo,

traducían o Informaban a los representantes d« países extranjeros, y en un palco lateral, la venerable y

popular figura de don José Marta Peinan esperaba con emoción contenida «se levantara el telón» del

magno acontecimiento histórico, tan anhelado a lo largo de su vida, de ver a un Rey al frente de los

destinos de España.

Puestos a comentar, a nadie paso inadvertido el atuendo de José Antonio Girón, al que alguna

circunstancia, probablemente fortuita, le impidió usar su chaqué y vestía un trate azul.

LLEGA EL GOBIERNO

A las doce y cinco hicieron su entrada por las dos puertas laterales que flanqueaban el estrado principal

los miembros del Gobierno.

El público tributó una cariñosa ovación a su presidente, señor Arias Navarro, que fue inadvertidamente

cortado por IB voz imperiosa del conde de Mayalde, ordenando a sus señorías que se sentaran. Don José

Finat y Escrivá de Romaní, conde de Mayalde y vicepresidente de las Cortes, actuaba en las funciones de

presidente, ya que el titular presidia la Jefatura del Estado (es decir, el Consejo de Regencia), y como tal

esperaba a los Principes en la gran puerta de entrada, junto a los legendarios leones, fundidos con las

armas ganadas al entonces enemigo en la guerra de África.

Se leyeron los artículos y decretos pertinentes al acto que se había de celebrar, lo cual realizó el señor

Romojaro con poderosa dicción, y con esto, tanto los procuradores como el público se vieron privados de

poder tributar a don Carlos Arias la manifestación de afecto por los sufrimientos y desvetes, patentes en

su rostro, padecidos durante los tristes dfas precedentes.

Concluida la lectura de los textos antedichos, se Interrumpió la sesión, rogando a toa legisladores que no

se movieran de sus sácanos ni se pusieran en pie hasta la entrada de los futuros Soberanos.

EL ESCENARIO

Loa carpinteros habían trabajado arduo todo eI día de ayer para modificar el aspecto exterior de la

presidencia y la mesa de las Cortea. El atril, en forma de pulpito, en que los señores procuradores

defienden sus enmiendas ante los Plenos, había quedado cubierta por un falso piso elevado y oculto

al resto del hemiciclo por un soberbio gobelino. La plataforma, en la que habitualmente se sitúa la mesa

que preside el señor Valcárcel rodeado de los vicepresidentes y secretarios de las Cortes, había sido

retirada. Y en su lugar se veían dos sillones centrales (destinados a los Príncipes), flanqueados por otros

tres a la derecha (en los que habrían de situarse los miembros del Consejo de Regencia) y tres más a la

Izquierda para los Njos de Don Juan Carlos y Doña Sofía. A espalda de los sillones centrales, la gran

puerta cubierta por cortina de raso amarillo, y en las alturas dos grandes cuadros históricos: el de María de

Molina, Regente de Castilla, presentando ante las Cortes del Reino a su hijo y heredero, y el de las Cortes

de Cádiz proclamando la Constitución de 1812.

En tanto se reanudaba la sesión, no dejó de comentarse la novísima colocación de los ministros del

Gobierno. Hasta la fecha, éstos se situaban asi: en el extremo central, el presidente; a su derecha, por este

orden y respectivamente, los vicepresidentes primero, segundo y tercero; a la derecha de este último, los

ministros, por orden de antigüedad de sus Departamentos respectivos. Es decir, primero el de Estado o

Asuntos Exteriores; segundo, eI de Justicia, y asi todos los otros, siguiendo el orden de la referida

antigüedad. Pues bienn, hoy ocupa la derecha del señor Cortina Mauri el ministro de la Presidencia, señor

Carro, en lugar del de Justicia, como acontecía hasta ahora; mientras que el señor Sánchez Ventura, titular

del de Justicia, se situaba en último lugar. La Incógnita tenia su explicación. El señor SánchezVentura,

como notario mayor del Reino, debía testificar y, por tanto, estar en la máxima proximidad del Rey.

No hubo mayor oportunidad de entretenerse en estos pormenores, pues un mayordomo comunicó al conde

de Mayalde que los Príncipes acababan de llegar y se dirigían al hemicicllo, y una intensa emoción y

expectación embargó el ánimo de todos.

LLEGAN LOS PRINCIPES Una gran ovación acogió la llegada de Don Juan Carlos, Doña Sofía y los

infantes Don Felipe, Doña Elena y Doña Cristina, acompañados por los tres miembros del Consejo de

Regencia, en el que residía en ese momento lo» poderes de la Jefatura del Estado. Vestía el Príncipe

uniforme de capitán general y de su cuello pendía el Toisón de oro; Doña Sofía, traje largo de manga

larga, de color fusia; las infantas, de terciopelo verde, y Don Felipe (en este Instante, heredero de la

Corona, bien con el título de Príncipe de Asturias o tal vez con el de Principe de España), traje azul

oscuro y corbata negra. Ocuparon sus puesto: Don Juan Carlos, de pie, la mano puesta sobre el Evangelio,

que sostenía don Alejandro Rodríguez de Valcárcel, pronunció las fórmulas rituales; dijo las suyas —«Si

es asi, Dios os lo premie y si no, os lo demande»— el Presidente del Consejo de Regencia, y, tras ello,

electrizó a los asistentes con el «¡Viva el Rey!», al que nos hemos referido al comienzo de estas líneas

EL PRIMER MENSAJE DE LA CORONA

Cinco veces fue interrumpido por los aplausos Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I a lo largo de la

lectura de su mensaje; la primera vez, al expresar su dolor por la muerte de Francisco Franco, al tiempo

que trazaba la proyección histórica de su figura; la segunda, al aludir al Conde de Barcelona; la tercera, a

la justicia social, clave y norte de su conducta futura. Fue aplaudido de nuevo al exigir de otros países

«respeto para las peculiaridades nacionales y los intereses políticos con los que todo pueblo tiene derecho

a organizarse de acuerdo con su propia idiosincrasia», y en la alusión, certeríslmamente expresada, con

prudencia y con firmeza, al tema de Gibraltar.

No fue el de Don Juan Carlos el discurso de un político, entendiendo por tal el de un jefe de partido o el

de un ideólogo. Fue el discurso de un Rey: su llamamiento a «la concordia nacional»; su autoridad al

recordar que una sociedad libre y moderna requiere la participación de todos; su manifestación de ser no

el Rey de un bando, o de una facción, por importante y trascendente que ésta sea, sino de todos los

españoles; y, sobre todo, la autoridad con que sus palabras fueron dichas orearon un clima de ardorosa

confianza, que este cronista se atrevería a resumir asi: un gran capitulo de la Historia de España se ha

cerrado. Otro capítulo, igualmente esperanzador, pero esencial y forzosamente distinto, se abre ahora. La

obra Ingente de Franco, cuyas tres cimas señeras se han considerado hasta ahora la victoria contra el caos,

la evitación de la guerra mundial y la erradicación de la miseria (situando a España en el plano de una

Importante potencia industrial) ha sido verdaderamente culminada, situando de nuevo a España con la

Monarquía en el cauce de su milenaria tradición.

Franco pasará a la Historia por muchas razones, pero, acaso, una de las más importantes sea el contenido

del testamento espiritual que legó a los españoles para que fuera conocido después de su muerte.

Entendiéndolo así, y tras tributar a los Reyes la más clamorosa de las ovaciones que recuerdo haber oído

jamás, cuando éstos se ausentaron del hemiciclo y los señores procuradores se levantaban de sus escaños

buscando la salida, se hizo una cariñosa, muy efusiva y entrañable manifestación de respeto y simpatía a

doña Carmen Franco de Martínez Bordiú, a quien ae atribuye la conservación o, tal vez, la salvación del

documento histórico legado por el General Franco a la posteridad, pidiendo para el Príncipe el mismo

apoyo popular que él tuvo en vida.

LA CALLE

Gran emoción supuso la acogida al Rey y a la Reina a la salida de las Cortes, en que se había realizado y

efectuado la ceremonia de so proclamación. A loa gritos de «¡Juan Carlos, Juan Carlos!» y «¡Sofía, Sofía,

Sofía!», siguieron los de «¡Vivan los Reyes!», «¡Viva el Rey!», «¡Viva la Reina!», acompañándoles a lo

largo del trayecto, que los Soberanos realizaron en coche abierto y en contacto personal y directo con la

multitud.

El primer acto público de los Monarcas fue dirigirse al Salón de Columnas del Palacio da Oriente, donde

el cuerpo sin vida del Generalísimo recibe el homenaje postumo de las multitudes. Da aquí la emoción

entrañable de esta ceremonia teñida a la vez de dolor y de esperanza. La Historia prosigue su curso.

 

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