Autor: Vigón Suerodíaz, Jorge. 
   ¡Presente!     
 
 ABC.    23/11/1975.  Página: 51. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

¡PRESENTE!

Per Jorge VIGON

Son las doce y media del día 22 de noviembre de 1975. En estos instantes, en el Palacio de las

Cortes, estarán proclamando Rey a Don Juan Carlos I. Hubiera deseado ser espectador

emocionado de este momento histórico. No puede ser porque el reducido espacio del salón era

necesario todo para recibir a los que obligatoria y protocolariamente debían tener un lugar

reservado.

Entonces pensé que seria más cristiano y más humano estar a esta hora más cerca, con la

oración y con la presencia, del hombre singular que lo hizo posible. Veo de lejos, y en una

perspectiva desfavorable, este rostro que en vida miré tantas veces frente a frente, para

despachar, para oírle hablar, y, en ocasiones, ¡mísero de mi!, para darle una opinión, a menudo

innecesaria e impertinente.

Ahora se agolpan en mi memoria esos recuerdos, y muchos más, y más viejos; y junto a ellos

brota el de aquellos hombres ejemplares, sus generales de la guerra, que le precedieron todos

en este postrer camino. Y pienso en la alegría con que, modesta y recatadamente, como era su

estilo, se habrán apiñado tras multitud de bienaventurados agolpados para recibirlo a la puerta

de la gloria.

Ellos redimieron a la historia de los hombres del baldón de los «mariscales del Imperio» que,

debiéndole todo a Napoleón —nombre, honores y oro— constituyeron, en el último minuto, en

contra suya y de su obra, un «sindicato de vileza». Estos generales españoles que habían

ayudado a su Generalísimo en la guerra con su saber, su disciplina y su vigor, dándole su

propia sangre en algunos casos, y sangre de su sangre en casi todos, sirvieron en la paz a su

Caudillo con docilidad, con su paciencia y con su subordinación, a fin de establecer bases

firmes para que esta obra, que ahora se está coronando, reanude —«atada y bien atada»— la

Historia de España. No se ha escrito la obra de «Franco y sus Generales», que hubiera hecho

ejemplar para muchas generaciones este «sindicato natural de lealtades, obediencias y

renunciaciones».

Por eso, al pie de este túmulo, les pido a todos que ante el Altísimo unan sus súplicas de que

Dios salve al Rey (esta vez en español) a la de este hombre singular cuya alma acaba de

reunirse con las suyas, hombre que yo tengo aquí, por última vez, de cuerpo, ¡PRESENTE!

 

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