Autor: Martín Descalzo, José Luis. 
   La homilía del Cardenal     
 
 ABC.    28/11/1975.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

LA HOMILÍA DEL CARDENAL

La jornada de ayer —importante por muchos conceptos: el alegre encuentro del Rey con su

pueblo, el público abrazo de España con Europa— tuvo uno de sus momentos más altos en la

homilía que el cardenal Tarancón leyó con la gallardía, el respeto y /a nobleza con que un

Tomás Moro o un Beckett hablaban a sus reyes. Un texto denso que provocará, sin duda,

abundantes comentarios y en e/ que se tocaron con clara lucidez muchos de los problemas

más urgentes e importantes de esta hora. Un texto sobre el que habrá que volver más de una

vez porque en él se plantean las bases de /as deseables relaciones futuras entre la iglesia y e/

Estado.

Pero en este comentario de hoy, y pasando por alto el mismo contenido de la homilía del

cardenal, quisiéramos subrayar lo que ese texto tiene de ejemplar en esta hora. Si algo

necesita España en este trascendental momento de su Historia es la colaboración de todos los

sectores que componen e/ entramado de nuestra v/da nacional. Pero no una colaboración

cualquiera, sino un poner las manos a la tarea con lucidez, con clara sinceridad, con nobleza.

La Iglesia —era su deber— ha sido ejemplar ayer a través de las palabras de/ presidente de la

Conferencia Episcopal. Había en las palabras del cardenal Tarancón todo e/ calor de quien no

regatea ni amor, ni colaboración. Y toda la claridad de quien señala nítidamente los campos

desde los que colaborará, las exigencias que esa cooperación comporta, y hasta e/ anuncio

neto de que esa ayuda será critica sí las circunstancias lo exigen.

No habla retórica ni vaguedades en las palabras del arzobispo madrileño. Sus formulaciones

eran tajantes: «La iglesia no patrocina ninguna forma ni ideología política, y si alguien utiliza su

nombre para cubrir sus banderías, está usurpándolo manifiestamente.» «La Iglesia nunca

determinará qué autoridades deben gobernarnos, pero sí exigirá a todas que estén al servicio

de la comunidad entera». «La Iglesia no pide ningún tipo de privilegio.

Pide que se le reconozca la libertad que proclama para todos. Pide el derecho a predicar el

Evangelio entero, incluso cuando su predicación pueda resultar critica.» «Que reine la verdad

en nuestra España, que la mentira no invada nunca nuestras instituciones, que la adulación no

entre en vuestra casa, que la hipocresía no manche nuestras relaciones humanas.»

No estábamos acostumbrados a este lenguaje, a la vez exigente, respetuoso y cordial. Aquella

era una Iglesia que nos daba gozo como españoles y como cristianos: porque era un lenguaje

que olía a Evangelio, que decía «si» o «no» como Cristo nos enseña, que marcaba con toda

claridad hasta dónde puede estar Dios con el César y desde dónde debe estar el César con

Dios. Era, además, el lenguaje y la postura que necesita la España de hoy.

Mal se podrá Inaugurar una página nueva de nuestra Historia, mal se podrá dar un paso al

frente sin que todos sepamos la tierra que pisamos, sin que todas las fuerzas sociales del país

digan sin rodeos qué es lo que pueden y están dispuestas a aportar

La Iglesia no promete ni oro, ni plata; no ofrece ni apoyo político ni ningún tipo de garantía

religiosa a lo contingente. Da mucho más: un Evangelio exigente y una cordial oración. La

sociedad no debe pedirle menos, no puede pedirle más.

Desde ese Evangelio señala las metas que ahora todos los ciudadanos, bajo la experta

dirección de un joven Rey, debemos conquistar; nada menos que un país donde reinen la

verdad y la vida, /a justicia, el amor y la paz, una «paz justa y libre» como dijo con fórmula feliz

el purpurado.

Ojalá todos los grupos sociales del país sepan prestar su colaboración con tan noble exigencia

como ayer lo ha hecho la Iglesia. Entonces se cumplirá ese deseo que el cardenal Tarancón

formulaba y todos compartimos: Cuando Dios y las generaciones futuras de nuestro pueblo,

que nos juzgarán a todos, enjuicien esta hora, podrán bendecir los frutos de esta tarea que

ayer comenzó e/ Rey y comenzamos.—José Luis MARTIN DESCALZO

 

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