Crónica de una jornada histórica.. 
 Pido que seais el rey de todos los españoles  :   
 Texto íntegro de la homilía del cardenal arzobispo de Madrid. 
 ABC.    28/11/1975.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 34. 

ABC. VIERNES 28 DE NOVIEMBRE DE 1978. PAG. 7.

EXALTACIÓN DÉ LA CORONA

"PIDO QUE SEAIS EL REY DE TODOS LOS ESPAÑOLES"

Texto íntegro de la homilía del cardenal arzobispo de Madrid

«NOS HACE FALTA LA LUZ Y LA AYUDA DE DIOS EN ESTA HORA»

Durante la misa del Espíritu Santo el cardenal arzobispo de Madrid, monseñor Vicente Enrique y

Tarancón pronunció la siguiente homilía:

Majestades, ilustrísimas representaciones extranjeras, presidente del Gobierno, presidente de las Corles

excelencias, hermanos:

Habéis querido. Majestad, que invoquemos con Vos al Espíritu Santo, en el momento en que accedéis al

Trono de España. Vuestro deseo corresponde a una antigua y amplia tradición: la que, a lo largo de la

Historia, busca la luz y el apoyo del Espíritu de sabiduría en la coronación de los Papas y de los Reyes, en

la convocación de los Cónclaves y Concilios, en el comienzo de las actividades culturales de

Universidades y Academias, en la deliberación de los Consejos.

Hoy no se trata, evidentemente, de ceder al peso de una costumbre: en vuestro gesto hay un

reconocimiento público de que nos hace falta la luz y la ayuda de Dios en esta hora. Los creyentes

sabemos que. aunque Dios ha dejado el mundo a nuestra propia responsabilidad y a merced de nuestro

esfuerzo y nuestro ingenio, necesitamos de El, para acertar en nuestra tarea; sabemos que, aunque es el

hombre el protagonista de su historia, difícilmente podrá construirla según los planes de Dios, que no son

otros que el bien de los hombres, si el Espíritu no nos ilumina y fortalece. El es la luz. la fuerza, el guía

que orienta toda la vida humana, incluida la actividad temporal y política

RECUERDO A FRANCO

Esta petición de ayuda a Dios subraya, además, la excepcional importancia de la hora que vivimos y

también su extraordinaria dificultad. Tomáis las riendas del Estado en una hora de tránsito, después de

muchos años en que una figura excepcional, ya histórica, asumió el poder de forma y en circunstancias

extraordinarias. España, con la participación de todos y bajo vuestro cuidado, avanza en su camino y será

necesaria la colaboración de todos, la prudencia de todos, el talento y la decisión de todos para que sea el

camino de la paz, del progreso, de la libertad y del respeto mutuo que todos deseamos. Sobre nuestro

esfuerzo descenderá la bendición de quien es el «dador de todo bien». El no hará imposibles nuestros

errores, porque humano es errar; ni suplirá nuestra desidia o nuestra inhibición, pero sí nos ayudará a

corregirlos, completará nuestra sinceridad con su luz y fortalecerá nuestro empeño.

Por eso hemos acogido con emocionada complacencia este vuestro deseo de orar junto a Vos en esta hora.

La Iglesia se siente comprometida con la Patria. Los miembros de la Iglesia de España son también

miembros de la comunidad nacional y sienten muy viva su responsabilidad como tales. Saben que su tarea

de trabajar como españoles y de orar como cristianos son des tareas distintas, pero en nada contrapuestas

y en mucho coincidentes. La Iglesia, que comprende, valora y aprecia la enorme carga que, en este

momento, echáis sobre vuestros hombros y que agradece la generosidad con que os entregáis al servicio

de la comunidad nacional, no puede, no podría. en modo alguno, regatearos su estima y su oración.

Ni tampoco su colaboración: aquella que le es específicamente propia. Hay una escena en los Hechos de

los Apóstoles que quisiera recordar en este momento. La primera vez que, después de la resurrección de

Cristo, se dirigía San Pedro al templo, un paralítico tendió la mano hacia él pidiéndole limosna. Pedro,

mirándole atentamente, le dijo: «No tengo oro ni plata, lo que tengo, eso te doy: en nombre de Jesús

Nazareno, levántate y anda.» El mendigo´ pedía una limosna y el apóstol le dio mucho mas: la curación.

LO QUE LA IGLESIA PUEDE DAR

Lo mismo ocurre en la Iglesia: son muchos los que tienden la mano hacia ella pidiéndole lo que la Iglesia

no tiene, ni es misión suya dar. porque no dispone de nada de eso. La Iglesia sólo puede dar mucho más:

el mensaje de Cristo y la oración.

Ese mensaje de Cristo, que el Concilio Vaticano II actualizó y que recientes documentos del Episcopado

español han adaptado a nuestro país, no patrocina ni impone un determinado modelo de sociedad. La fe

cristiana no es una ideología política ni puede ser identificada con ninguna de ellas, dado que ningún

sistema social o político puede agotar toda la riqueza del Evangelio, ni pertenece a la misión de la Iglesia

presentar opciones o soluciones concretas de gobierno en los campos temporales de las ciencias sociales,

económicas o políticas. La Iglesia no patrocina ninguna forma ni ideología política, y si alguien utiliza su

nombre pura cubrir sus banderías, está usurpándolo manifiestamente.

SERVICIO A LA COMUNIDAD

La Iglesia, en cambio, sí debe proyectar la palabra de Dios sobre la sociedad, especialmente cuando se

trata de promover los derechos humanos, fortalecer las libertades justas o ayudar a promover las causas de

la paz y de la justicia, con medios siempre conformes al Evangelio. La Iglesia nunca determinará qué

autoridades deben gobernarnos, pero sí exigirá a todas que estén al servicio de la comunidad entera: que

respeten, sin discriminaciones ni privilegios, los derechos de la persona: que pro tejan y promuevan el

ejercicio de la adecuada libertad de todos y la necesaria participación común en los problemas comunes y

en las decisiones de gobierno; que tengan la justicia como meta y como norma y que caminen

decididamente hacia una equitativa distribución de tos bienes de la tierra. Todo esto, que es consecuencia

del Evangelio, la Iglesia lo predicará, y lo gritan.: si es necesario, por fidelidad a ese mismo Evangelio y

por fidelidad a la Patria en la que realiza su misión.

A cambio de tan estrictas exigencias a los que gobiernan, la Iglesia asegura, con igual energía, la

obediencia de los ciudadanos, a quienes enseña el deber moral de apoyar a la autoridad legitima, en todo

lo que se ordena al bien común.

LA IGLESIA NO PIDE PRIVILEGIOS

Para cumplir su misión, Señor, la Iglesia no pide ningún tipo de privilegio. Pide que se le reconozca la

libertad que proclama para todos; pide el derecho a predicar el Evangelio entero, incluso cuando su

predicación pueda resultar crítica para la sociedad concreta en que se anuncia; pide una libertad que no es

concesión discernible o situación pactable. sino el ejercicio de un derecho inviolable de todo hombre.

Sabe la Iglesia que la predicación de este Evangelio puede y debe resultar molesta para los egoístas; pero

que siempre será benéfica para los intereses del país y la comunidad. Este es el gran regalo que la Iglesia

puede ofreceros. Vale más que el oro y la plata, más que el poder y cualquier otro apoyo humano.

Os ofrece también su oración, iniciada ya con esta misa del Espíritu Santo en esta hora tan decisiva para

Vos y para España, permitidme, Señor, que diga públicamente lo que quien es pastor de vuestra almar

pide para quien es, en lo civil, su Soberano.

EXALTACIÓN DE LA CORONA

LA IGLESIA NO PUEDE REGATEAROS SU ESTIMA Y SU ORACIÓN, NI TAMPOCO SU

COLABORACIÓN"

´PIDO PARA VOS ACIERTO Y DISCRECIÓN PARA ABRIR LOS CAMINOS DEL FUTURO DE LA

PATRIA"

REY DE TODOS

Pido para Vos, Señor, un amor entrañable y apasionado a España. Pido que seáis el Rey de todos los

españoles, de todos los que se sienten hijos de la madre patria, de todos cuantos desean convivir, sin

privilegios ni distinciones, en el mutuo respeto y amor. Amor que, como nos enseño el Concilio, debe

extenderse a quienes piensen de manera distinta de la nuestra, pues «nos rige la obligación de hacernos

prójimos de todo hombre». Pido también, Señor, que si en este amor hay algunos privilegiados, éstos sean

los que más lo necesitan: los pobres, los ignorantes, los despreciados: aquéllos a quienes nadie parece

amar.

Pido para Vos, Señor, que acertéis, a la hora de promover la formación de todos los españoles, para que

sintiéndose responsables del bienestar común, sepan ejercer su iniciativa y utilizar su libertad en orden al

bien de la comunidad.

Pido para Vos acierto y discreción para abrir caminos del futuro de la Patria para que, de acuerdo con la

naturaleza humana y la voluntad de Dios, las estructuras jurídicopolíticas ofrezcan a todos los ciudadanos

la posibilidad de participar libre y activamente en la vida del país, en las medidas concretas de gobierno

que nos conduzcan, a través de un proceso de madurez creciente, hacía una Patria plenamente justa en lo

social y equilibrada en lo económico.

RELACIONES DE MUTUA AUTONOMÍA

Pido, finalmente, Señor, que nosotros, como hombres de Iglesia, y Vos, como hombre de gobierno,

acertemos en unas relaciones que respeten la mutua autonomía y libertad, sin que ello obste nunca para la

mutua y fecunda colaboración desde los respectivos campos. Sabed que nunca os faltará nuestro amor y

que éste será aún más intenso si alguna vez debiera revestirse de formas discrepantes o críticas. También

en ese caso contaréis, Señor, con la colaboración de nuestra honesta sinceridad.

Dios bendiga esta hora en que comenzáis vuestro reinado. Dios nos dé luz a todos para construir juntos

una España mejor. Ojalá un día, cuando Dios y las generaciones futuras de nuestro pueblo, que nos

juzgaran a todos, enjuicien esta hora, puedan también bendecir los frutos de la tarea que hoy comenzáis y

comenzamos. Ojalá pueda un día decirse que vuestro reino ha imitado, aunque sea en la modesta escala

de las posibilidades humanas, aquellas cinco palabras con las que la liturgia define el infinitamente más

alto Reino de Cristo: Reino de verdad y de vida, Reino de justicia, de amor y de paz.

QUE REINE LA VERDAD

Que reine la verdad en nuestra España; que la mentira no invada nunca nuestras Instituciones; que la

adulación no entre en vuestra casa; que la hipocresía no manche nuestras relaciones humanas.

Que sea vuestro Reino un reino de vida;que ningún modo de muerte y violencia lo sacuda; que ninguna

forma de opresión esclavice a nadie; que todos conozcan y compartan la libre alegría de vivir.

Que sea el vuestro un Reino de justicia en el que quepan todos sin discriminaciones, sin favoritismos,

sometidos todos al imperio de la Ley y puesta siempre la Ley al servicio verdadero de la comunidad.

Que sea el vuestro un Reino de amor, donde la fraternidad sea la respiración de las almas; fraternidad que

acoja las diferencias y. respetándolas, las ponga todas al servicio de la comunidad.

Que, sobre todo, sea el vuestro un Reino de auténtica paz, una paz libre y justa, una paz ancha y fecunda,

una paz en la que todos puedan crecer, progresar y realizarse como seres humanos y como hijos de Dios.

Esta es la oración. Señor, que, a través de mi boca, eleva hoy la Iglesia por vos y por España. Es una

oración transida de alegre esperanza. Porque estamos seguros de los altos designios de Dios y de la fe

inquebrantable que anida en, vuestro joven corazón para emprender ese camino. Que el Padre de la

bondad y de la misericordia ponga su bendición sobre vuestra augusta persona y sobre todos nuestros

esfuerzos. Así sea.»

LA ORACIÓN DE LOS FIELES

Después dé la homilía, el cardenal arzobispo de Madrid pronunció la siguiente oración de los fieles:

«Unidos en el Espíritu Santo por el que «lamamos "Padre", oremos, hermanos, a Dios Todopoderoso.»

Un diácono:

«Por la Iglesia santa de Dios: para que el Espíritu Santo la llene de sus dones y

ella dé testimonio ante el mundo del Reino del amor y de la vida, de la justicia y de la paz, roguemos al

Señor.

Por nuestro Rey Juan Carlos: para que el Señor le ilumine y asista, temple su espíritu y fortalezca su

corazón en el ejercicio de su autoridad sobre todos los españoles como un servicio de amor y de paz,

reguemos al Señor.

Por su augusta esposa la Reina; por su hijo el Príncipe y por sus hijas las Infantas: para que el Señor

mantenga en ellos el gozo, la paz y el amor, signo de la presencia de Cristo entre los hombres, reguemos

al Señor.

Por los gobernantes de nuestro pueblo: para que promueban la justicia, la libertad, la paz y el bienestar de

todos los españoles, reguemos al Señor.

Por todas las naciones y sus gobernantes: para que logren el progreso de sus pueblos en pacífica

convivencia por medio de la libre y activa cooperación, reguemos al Señor.

Por todos los que estamos aquí reunidos: para que, sin distinción de credos religiosos, de raza, ideología y

condición, trabajemos todos por una humanidad más justa, alegre y fraterna, reguemos al Señor."

El. cardenal:

«Escucha, Señor, las súplicas de tu Iglesia, para que nos mantengamos firmes en la confesión de 1a fe,

cumplamos con fidelidad los preceptos de Cristo y seamos apóstoles del Evangelio. Por Jesucristo

Nuestro Señor. Amén.»

 

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