La gran prueba en una hora de angustia     
 
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LA GRAN PRUEBA EN UNA HORA DE ANGUSTIA

La vida de la Primera Bandera de la Legión, y la de su jefe, el comandante Franco, transcurrieron durante

los últimos meses de 1920 y los primeros de 1921 sin acciones de guerra. Se llevaban todo el tiempo las

tareas de organización, los cuidados de orden administrativo, la preparación castrense, en espera de que se

presentara, de pronto, el bautismo de fuego. Llegado ese instante, la Legión tenia que dar el mayor rendi

miento imaginable, según lo había prometido el fundador, y según lo esperaba España. Corresponde al

vizconde de Eza, ministro de la Guerra a la sazón, el honor de haber comprendido el interés nacional de

los planes presentados por Millón Astray. A Francisco Franco hay que atribuirle la responsabilidad y el

mérito en la formación de la mencionada Primera Bandera. Esta hubo de ser la Unidad que señalara los

criterios convenientes para alcanzar unos finalidades militares reiteradamente anunciadas y anheladas. La

Primera Bandera fue, pues, el modelo; y a medida que se fueron organizando otras, la consigna de los

jefes respectivos era ésta: «Hagamos las cosas de modo que la Unidad que vamos a crear se parezca a la

Primera».

Merece especial mención entre otras actividades un período de seis meses que el comandante Franco pasó

en la zona de UadLau con la Primera Bandera. Seis meses de instrucción incesante, de disciplina

rigurosísima, de maniobras de combate, tanto durante el día, como en horas de la noche, de los más

ásperas supuestos tácticos y de ilustración sobre distintos problemas mediante conferencias y lecciones

orientadoras. Podía, pues, decirse que cuando llegara la ocasión de acudir al primer llamamiento del

Mando la respuesta seria perfecta. Esto aconteció el 18 de abril, de 1921.

A las órdenes del coronel Castro Girona —a quien Flanco recordaría frecuentemente con respeto y

afecto— la Primera Bandera emprendió marcha hacia Targa, Tiguisas y Tagasut, formando parte de una

fuerte columna. Torga fue ocupada después de un choque muy duro. «Acampamos —dice un testigo— en

el zoco de Sidi-Alí, de Beni Aros. La situación era comprometida. Los moros estaban tan cerca (para

atacar y caer en masa sobre la Bandera, al amanecer) que oíamos sus toses.» En la tienda del comandante

hubo luz toda la noche. Antes del alba, el oficial de guardia fue allí para preguntarle «qué había que

hacer». Franco contestó: «Que toquen diana floreada». Los legionarios atacaron la línea enemiga y la

arrollaron. Vino luego la conquista de Tiguisas; luego, la de Tagasut; finalmente, el 18 de mayo se entró

en Xauen.

Siguieron las operaciones para la ocupación de Miskrela. El comportamiento de los

legionarios produjo admiración. Franco estaba satisfecho. A partir de aquellas jornadas, ya no se daría

situación difícil o compromiso apretado en que no interviniese la Legión. Por lo pronto, la zona de

Larache reclamaba una acción enérgica para salir al paso de la subversión cabileña que estaba

hostilizando los campamentos españoles de vanguardia. Ardía en guerra buena parte del territorio de Beni

Aros y de algunas cabilas vecinas. En vista de ello, el día primero de julio de aquel año 1921, Franco

recibió la orden de trasladarse a la zona mencionada, y hubo de entrar en fuego sin perder un minuto.

Bajo un sol abrasador se combatió desde el amanecer hasta el crepúsculo de la tarde. No se borrará de la

memoria de Franco el nombre de Robba el Gozal. Costó mucho esfuerzo defender esta posición. Y el día

22 de julio de 1921, cuando apenas quedaba tiempo para unas horas de descanso, recibió una orden

secreta muy urgente, según la cual, debía trasladarse con sus tropas a Tetuán, y hacerlo a marchas

forzadas. Una vez en Tetuán, y tras brevísimo reposo, continuaría hasta Ceuta. ¿Qué acontecía? El caso es

que el 23 de julio embarcaba la Bandera •en el puerto ceutí a bordo del «Ciudad de Cádiz». Destino,

Melilla. Sanjurjo iba al frente de las unidades de socorro. El vizconde de Eza, ministro de la Guerra, había

dicho a los periodistas madrileños: «La Comandancia de Melilla se ha desplomado. Todo el territorio de

la zona está en poder de los cabileños rebeldes». En su «Diario». Franco anota: «Sólo se sabía que en

Melilla había ocurrido un gran desastre». La publicación «España en sus héroes» ha recogido una breve

impresión de aquéllos instantes. Los legionarios, con Franco a la cabeza habían recorrido cien kilómetros

en día y medio, cargados con un pesado equipo. Llevaban dos noches sin dormir. «Esta noche hay que

dormir de prisa: seis horas en tres», dijo el comandante a sus soldados cuando estuvieron u bordo.

El día 24 llegaban a Melilla; tres días después del hundimiento de aquella zona oriental del Protectorado.

SALVACIÓN DE UNA CIUDAD Y RECONQUISTA DE UN TERRITORIO

La angustia crecía, la gran prueba se iba haciendo cada vez más difícil y más grave. No es posible resumir

la situación con más exactitud que la que logra el propio Franco en el diario mencionado: «El

Ejército, derrotado. La plaza (Melilla), abierta. La ciudad, presa del pánico. Se decía que el general

Silvestre se había suicidado. De la columna del general Navarro no se sabía nada. El dolor nubla nuestros

ojos, pero hay que reír y cantar.»

El desembarco de la Unidad legionaria en el puerto de Melilla fue un verdadero acontecimiento, y

produjo intensa emoción. Arriba, en lo alto de la, ciudad vieja, el Alto Comisario, general Berenguer, sin

más compañía que del general Jordana, jefe de Estado Mayor, el comandante Beigbeder y dos ayudantes,

se esforzaban por dar impresión de serenidad. Existía el peligro inminente de que los cabileños

victoriosos entraran en la ciudad, la saquearan y la pasasen a cuchillo. A los barcos de la escuadra, que

acababan de llegar al puerto se les dio orden de hacer fuego con sus piezas de mayor calibre sobre los

vericuetos del monte Gurugú, sin más propósito que el de ayudar al mantenimiento de la moral entre la

población civil. Afortunadamente, los jefes de las cabilas inmediatas a la plaza cumplieron sus promesas

de amistad. Pese a ello, la sensación de riesgo crecía a medida que iban pasando las horas. Si los

cabileños del ulterior llegaban a conocer el estado de indefensión en que se encontraba Melilla, se

lanzarían al asalto. Y el Alto Comisario no podría defenderse más que con un par de docenas de

carabineros pertenecientes a la Compañía de Mar.

Tal era la realidad de ´las cosas cuando llegaron la Primera Bandera de la Legión, por un lado, y el

Batallón de la Corona, por otro. El desembarco de los legionarios dio lugar a un inmenso suspiro de

alivio. Eran pocos en número, pero se les suponía capaces de multiplicarse a fuerza de coraje. Desfilaron

por las calles de la ciudad cantando. Millán Astray arengaba al pueblo. Franco comenzaba a ser casi un

mito. Fuera por lo que fuese, allá donde él estaba renacían la confianza y la fe. Aquella noche, la ciudad

durmió un poco más tranquila. Los melillenses no sabían que con los efectivos de una Bandera —800 ó

900 hombres— y muy poco más, había que cubrir un frente de 14 ó 15 kilómetros. Quienes conocían la

realidad no querían pensar demasiado en ella.

El 25 de julio tomó Franco las posiciones de Ait Aisa y Taguit Manin. El 26 avanzó hasta el Atalayen. Se

iba dando término, sin descanso, a la organización y entrenamiento de una segunda Bandera. Esta tarea se

la reservaba Millán Astray para su iniciativa. Cuando ya fueron dos las Banderas en combate, Franco

tomaba casi siempre el mando superior de ambas unidades. Durante el mes de agosto, combatió todos los

días, sin dejar uno solo. El 8 de septiembre se libró el duro combate de Casabona. El 23 llegó la Legión a

Tauima, la Cuarta Caseta, el aeródromo. El mes de octubre estuvo dedicado a las operaciones de

envolvimiento y ocupación del Gurugú. Sangrientos, los combates. Era uno de ellos (el de Sebt) mueren o

resultan heridos 143 legionarios. Una bala mata al ayudante de Franco. Se reconquista Nador. Vuelve a

ondear la bandera española, junto a la del sultán, en Zeiuan. Por fun llegan las vanguardias al

campamento de Monte Arruit, en donde la desolación y la muerte se ofrecen con el horror más macabro.

El 18 de noviembre lleva Franco a cabo la audaz escalada hasta la cumbre del monte Uixan.

Después de la toma de Nador, en ocasión de hallarse disponiendo nuevos avances, Millán Astray recibe

un balazo que pone en peligro su vida. Franco se hace cargo, interinamente, del mando de toda la Legión.

Le alcanza esta responsabilidad a los veintiocho años.

LA ESCALADA DEL UIXAN

El monte Uixan. llamado también «Monte de las minas» continuaba en poder del enemigo, pese a que

nuestras tropas habían, reconquistado una buena parte del territorio perdido. Los cabileños rebeldes se

habían atrincherado muy sólidamente. Disponían de un excelente sistema de trincheras. En reductos bien

acondicionados se amparaban grupos de tiradores a los que la artillería producía, por lo visto, escaso

daño, por la facilidad, que el terreno les brindaba, de procurarse refugio durante los bombardeos. De

noche, algunos de los citados tiradores descendían al llano y tiroteaban el campamento de la «columna

Sanjurjo». Franco propuso la conquista del monte mediante una atrevida operación nocturna.

«Salen las Banderas —se lee en el libro "Centinela de Occidente", de Galinsoga y Franco Salgado— sin

ganado y sin personal que sufriera catarro. Hay órdenes severas de no fumar, de no hablar; de ocultar los

fusiles para que no rebrillen a la luz de la luna; todo el material de ametralladoras, al brazo.» La artillería,

preparada en el campamento. La confianza de los legionarios —tanto oficiales como soldados— en

Franco, era absoluta... Sirven de guía unos policías indígenas, y el capataz de las minas. Suben las

compañías por distintos senderos. El silencio es impresionante. Se veían las columnas de humo

producidas por el fuego que mantenían encendido las guardias adversarias para calentarse y hacer el té.

Esto servía de orientación. Al amanecer, se oyeron unos disparos. Es la primera guardia enemiga que se

da cuenta de la presencia de los legionarios, y huye. Hay que proceder a toda prisa y Franco ordena el

asalto al pico más elevado. El enemigo sufre grandes pérdidas. Trata de huir, y caen muchos. Al poco

tiempo, la bandera de España ondea en el pico más alto del Uixan.

 

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