Advenimiento de la República. Cierre de la academia de Zaragoza. Discurso sobre la disciplina     
 
 ABC.     Página: 16, 18. Páginas: 2. Párrafos: 17. 

ADVENIMIENTO DE LA REPÚBLICA. CIERRE DE LA ACADEMIA DE ZARAGOZA. DISCURSO

SOBRE LA DISCIPLINA

Sobrevino, en 1930, la sublevación en Jaca de los capitanes Galán y García Hernández. Querían

proclamar la República. Presidía el Gobierno el teniente general don Dámaso Berenguer. Al recibir

noticia de la rebelión de la antes citada guarnición pirenaica, Franco situó unas guardias de cadetes sobre

la carretera de Zaragoza. Los sublevados fracasaron antes de llegar a Huesca.

Y hénos ya en el 14 de abril de 1931. Adviene la República. Franco guarda silencio, como tantas otras

veces. Su corazón está con el Trono que se desploma. A lo largo de los años siguientes dirá muchas veces

que en aquella hora la Monarquía y la persona del Rey quedaran abandonadas por quienes tenían el deber

de defenderla. Calló —repetimos—, y nadie requirió su parecer. Había asistido con mucha preocupación

al trámite de desaparición del Gobierno presidido por Primo de Rivera. Ahora era un espectador atento de

las consecuencias engendradas por una serie importante de errores políticos. Entre tanto, la Academia

General hacía la vida corriente: clases, estudio, ejercicio de gimnasia, prácticas militares...

Pero cuatro días después de la proclamación del nuevo Régimen, la Prensa publicó la noticia de que

Franco sería nombrado alto comisario en Marruecos. Inmediatamente dirigió a ABC una carta en que

decía: «Ni el Gobierno provisional ha podido pensar en ello, ni yo habría de aceptar ningún puesto

renuncíable que pudiera, por algún motivo, interpretarse como complacencia mía anterior con el Régimen

recién instaurado o como consecuencia de haber podido tener la menor tibieza o reserva en el

cumplimiento de mis deberes o en la lealtad que debía, y guardé, a quienes hasta ayer encarnaron la

representación de la Nación en el Régimen monárquico.»

Un decreto del Gobierno provisional republicano, de fecha 30 de junio de 1931, cerró la Academia

General. El 14 de julio reunió el director a los cadetes para despedirse de ellos. La alocución que les

dirigió, y que se publicó en una «Orden del Día» de carácter extraordinario, dio lugar a una manifestación

emocionada de adhesión por parte de los cadetes. De ella reproduciremos un párrafo, muy leído y releído

desde entonces en todos los centros militares de nuestro país. Trata de la disciplina y dice así:

«¡Disciplina, nunca bien definida y comprendida! Disciplina, que no encierra mérito cuando la condición

del mando nos es grata y llevadera! ¡Disciplina, que reviste su verdadero valor cuando el pensamiento

aconseja lo contrario de lo que se nos manda; cuando el corazón pugna por levantarse en íntima rebeldía o

cuando la arbitrariedad o el error van unidos a la acción del mando! Esta es la disciplina que practicamos.

Este es el ejemplo que os ofrecemos.»

LOS AÑOS DE LA REPÚBLICA. CORUÑA, BALEARES

(NOTA PARA LOS LECTORES.— Bien pudiera suceder que más de un lector encuentre excesivamente

larga la referencia biográfica que hemos ofrecido a propósito de los años de actividad castrense de Franco

en Marruecos. Era difícil evitarlo; en primer término, por el carácter excepcional de la tarea allí cumplida;

en segundo, porque creemos absolutamente imposible entender una sola palabra de la personalidad de

Franco como Jefe del Estado español y Generalísimo de los Ejércitos, si no se sabe de antemano, al

menos en términos generales, algo de lo que hizo y logró como oficial y como jefe de tropas en la guerra

de nuestro Protectorado. En cambio, gran parte de lo que, sin la información de Marruecos resulta de

difícil comprensión en diversas ocasiones, se aclara y define con fuertes trazos a la luz del capitulo

marroquí de esta vida extraordinaria, cuyo resumen biográfico tratamos de presentar. Tal es la razón de

que nos hayamos detenido mucho en el capítulo mencionado.)

En este momento podríamos trazar la histórica línea divisoria en la existencia de Franco; y dividir ésta en

dos grandes capítulos generales; la pura y directamente militar, con Marruecos como escenario, aunque

ya apuntara en Franco la inclinación al estudio de los problemas políticos y económicos de España; y la

político-militar, proyectada sobre el destino del puebloespañol en términos que, probablemente ni el

propio Franco pudo imaginar.

El cerrojazo de la Academia de Zaragoza dejó a Franco en situación de disponible. Y como no era fácil

mantener inactivo y sin destino a un jefe de tal alto prestigio nacional, el ministro del Ejército —Manuel

Azaña en aquel momento— le designó para el mando de una de las Brigadas de la guarnición coruñesa.

Antes le había semisoterrado en los últimos lugares del escalafón o plantilla de los generales de brigada,

negando vigencia administrativa a los méritos profesionales que antes le habían valido reiterados

ascensos. Es justo dejar sentado que esta medida del ministro republicano de la Guerra no se limitó al

caso de Franco, sino que tuvo carácter general y se aplicó a cuantos habían ascendido por méritos de

guerra. Ese fue el criterio esencial de aquellas medidas de «degradación» que se adoptaron apenas

instaurada la República.

La actitud que el joven general adoptó ante la realidad del nuevo régimen fue bastante clara, aunque en

ciertos momentos la tuvieran algunos de sus compañeros por excesivamente cauta y elusiva. Franco se

sintió siempre, en su fuero personal e íntimo, monárquico. Pero la República era un hecho consumado; y

era voz casi unánime, entonces, que su triunfo se debía a la voluntad explícita del pueblo español. El

órgano periodístico de la Acción Católica y de las derechas democráticas, dirigido por una persona de tan

extraordinario prestigio como don Ángel Herrera, aconsejaba la colaboración, por si resultara posible que

los católicos españoles ejerciesen un influjo moderador y constructivo en la nueva política. El

representante del Papa en España, monseñor Tedeschini, no hacía misterio de su inclinación hacia

posibles acuerdos y compromisos tácticos, «a fin de evitar males mayores», según se declaraba. ¿Qué

podía hacer un joven militar conocido por su austeridad y su patriotismo, sino esperar, observar, estudiar

y dar tiempo al tiempo? Estos eran los pensamientos de Franco.

Al sobrevenir el intento de alzamiento del 10 de agosto de 1936, no era para nadie un secreto que el joven

general se negaba, lisa y llanamente, a toda participación en la rebeldía contra la República. Estaba

convencido de que no era llegado el momento; la situación del orden público, pese a diversos episodios

graves, no se había deteriorado hasta el punto de constituir un peligro inminente e intolerable, desde el

punto de vista de los supremos intereses nacionales.

Pasó en La Corana cerca de dos años. El mando de su Brigada llevaba anejo el desempeño de la

Comandancia Militar de la Plaza. El nombre de Franco se había replegado hacia un discretísimo silencio.

Sólo se volvió a saber de él cuando el Gobierno le nombró, con fecha 16 de marzo de 1933, comandante

general de Baleares, en plaza de superior categoría, puesto que se trataba de un destino de general de

División. Permaneció en Mallorca un año. Fueron doce meses de trabajo militar constante encaminado a

preparar un plan de defensa del Archipiélago Balear. De aquel plan han escrito cumplidos elogios plumas

militares. Cada monte, cada hondonada, las calas, las playas, los acantilados, fueron sometidas a estudio

del Estado Mayor. Franco recordó siempre con mucho agrado sus tiempos mallorquines.

En marzo de 1934, el ministro del Ejército del Gobierno presidido por don Alejandro Lerroux, don Diego

Hidalgo, «el notario que estuvo en Rusia», decretó el ascenso de Franco a general de División. Era la cota

máxima de los escalafones militares republicanos, puesto que había quedado suprimido el empleo de

teniente general. Este ascenso le obligó a viajar a Madrid en visita oficial Coincidiendo con ese viaje,

sobrevino el fallecimiento de doña Pilar Bahamonde, madre del general, a la que éste quiso hasta la

adoración. Sus colaboradores le vieron regresar con un punto de aflicción en el semblante. Efectivamente,

le había llegado al alma la gran desventura familiar. Por añadidura, venía de Madrid seriamente

preocupado acerca de la situación del país, que empeoraba por momentos, hasta el punto de que

empezaban a sentir grave alarma incluso los españoles más serenos y más dueños de sí mismos. José

Antonio Primo de Rivera se entrevistó con él; le explicó sus proyectos y le expuso la doctrina que estaba

difundiendo. Franco escuchó, interrogó mucho y se reservó su opinión.

Tres semanas después, don Diego Hidalgo hizo una visita de inspección a la Comandancia de Palma de

Mallorca. En tal ocasión se produjo un hecho que el propio ministro republicano relató complacido.

«Era mi costumbre —nos refiere— pedir a los jefes de cada Región que con ocasión de mi visita

.pusieran en libertad a los militares detenidos.» Se enteró el ministro de que había en Prisiones Militares

un capitán preso. «Pregunté a Franco si pondría en libertad al oficial. Irguiéndose y saludando, respondió:

«Si el señor ministro me lo ordena, lo pondré en libertad; pero si sólo se trata de un ruego, me negaré.»

«Dije que debía de tratarse de una ofensa muy grave. El General replicó que era la mayor ofensa que

podía cometer un oficial: «abofeteó a un soldado» —dijo con sencillez. Felicité a Franco por su actitud.»

LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA DE 1934

El día 5 de octubre de 1934, el partido socialista, español y la Unión General de Trabajadores

desencadenaron una huelga general revolucionaria para protestar contra la presencia de la Confederación

Española de Derechas Autónomas en el Gobierno. Objetivo de la huelga era derribar el Gobierno

presidido por don Alejandro Lerroux y hacerse con el Poder; en suma, llevar la República hacia

finalidades Claramente socialistas. Buena parte de las fuerzas republicanas de izquierda apoyaron la

rebelión, o por lo menos, simpatizaron con ella. La Esquerra catalana, por ejemplo, no vaciló en sumarse

a la rebeldía. Lo mismo cabe decir de algunos núcleos de Acción Republicana y del radicalsocialismo. El

dirigente principal de la huelga en Madrid era el catedrático don Juan Negrín; en Cataluña, don Luis

Companys; en Asturias, Belarmino Tomás y González Peña. En la capital de la Nación, el fracaso fue casi

inmediato. En Barcelona tardó un poco más en llegar, pero también fueron reducidos pronto los

huelguistas. En cambio, cobró la rebelión un gran vuelo en Asturias. La mayor parte de la región quedó

en poder de las masas armadas. En Oviedo continuaba resistiendo la Fuerza Pública dentro de la catedral,

del cuartel de Pelayo y del cuartel de los Guardias de Asalto.

El ministro de la Guerra, don Diego Hidalgo, ordenó que, con la máxima urgencia, se estableciera

contacto con el general Franco y se le comunicara que debía presentarse en Madrid sin pérdida de tiempo.

El General se hallaba en la zona de León, con motivo de unas maniobras militares. Le sorprendió la

llamada del ministro. Cuando le tuvo en su despacho hízole saber que iba a encargarle de dirigir las

operaciones militares en Asturias para acabar con la situación revolucionaria. ¿No existía acaso un Estado

Mayor? Sí; pero el señor Hidalgo quiso que fuera Franco su Jefe de Estado Mayor en aquellos momentos,

sin que ello significara el abandono del destino en Baleares.

A la vista de los informes recibidos en el Ministerio, el General advirtió que los efectivos de que el

Gobierno disponía en Asturias eran visiblemente insuficientes. La revolución estaba bien armada, y el

espíritu de lucha de los mineros era fuerte. Franco aconsejó que determinadas unidades del Ejército de

África se trasladaran a la Península. Las mandaría un corone! en cuyas dotes de mando tenía plena

confianza; Juan Yagiie. La «columna Yagüe», organizada y transportada sin pérdida de tiempo,

desembarcó en Gijón. Formóse otra columna cuyo mando recayó en el general López Ochoa, conocido

por su ardiente republicanismo. Esta fuerza, partiendo de Galicia, había de penetrar en Asturias por la

carretera de la costa y avanzar hacia la capital por Trubia y Grado. Una tercera columna, a las órdenes del

general Bosch, operaría desde la provincia de León, salvaría algunos de los altos pasos o puertos de las

montañas asturianas y amenazaría las líneas de la rebelión por los caminos más directamente relacionados

con la zona minera. Pero las tropas del general Bosch fueron detenidas por el fuego de los

revolucionarios. Se dispuso el relevo de Bosch, y fue nombrado en su lugar un jefe a quien Franco

conocía muy bien: Amado Balmes; brillante soldado en sus mandos legionarios. Finalmente, y a fin de

completar el cerco de las posiciones revolucionarias, se preparó otra columna en Vizcaya y se entregó su

mando al coronel Solchaga, el cual partió inmediatamente hacia Villaviciosa y Avilés.

La revolución comenzó a perder aliento ante la acción del Ejército. Una tras otra fueron cayendo las

posiciones principales. Al cabo de unos días de lucha, Yagüe y López Ochoa entraron en Oviedo. Franco

llegó el 25 de octubre y estudió sobre el terreno los efectos del movimiento subversivo, pidió información

copiosa acerca de los problemas laborales que allí había planteados y procedió a organizar los servicios

militares de modo que rindieran la máxima eficacia.

 

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