No quería la guerra     
 
 ABC.     Página: 20, 22. Páginas: 2. Párrafos: 14. 

NO QUERÍA LA GUERRA

Durante algún tiempo, en plena guerra civil y aun después de ella, no se inclinaban mucho los

comentarios a subrayar el excepcional interés del documento mencionado, porque parecía como si con la

publicidad de la comunicación de Franco al ministro se quisiera dar a entender que su adhesión al

Alzamiento estuvo hasta última hora sometida a cautelas y a reservas, mientras muchos otros jefes

militares se habían comprometido ya plenamente y no aceptaban alternativas pacíficas, por considerarlas

imposibles. Así eran las cosas, efectivamente, y así han de interpretarseen honor y alabanza del General

Franco, para que se entienda que si. una vez declarada la guerra nadie le aventajó en la resolución de

llevarla hasta las últimas consecuencias, tampoco hubo nadie que le ganara en prudencia y en paciencia

antes de que el Ejército de África confiara a las armas la suerte del país. La carta es bastante extensa y no

es posible reproducir aquí el texto completo. Elegiremos algunos de los párrafos principales.

«Es tan grave —decía— el estado de inquietud que en el espíritu de la oficialidad vienen creando las

últimas medidas militares, que contraería una grave responsabilidad y faltaría a la lealtad debida si no

comunicara mis impresiones sobre el momento militar y los peligros que encarna para la disciplina del

Ejército, tan falto de satisfacción interior y en un estado de inquietud moral y material que se percibe,

aunque sin expresa exteriorización. en las corporaciones oficiales y suboficiales.»

Alude luego a disposiciones «que reintegran al Ejército a jefes y oficiales sentenciados en Cataluña».

Subrayalas noticias de «los incidentes de Alcalá de Henares, con sus antecedentes de provocaciones y

agresiones por parte de elementos extremistas». Cita la dislocación de las guarniciones. La «destitución

de jefes de pasado brillante y el elevado concepto en el Ejército, para ser reemplazados por quienes en la

opinión del 90 por 100 de sus colegas, están calificados como muy pobres en virtudes».

«No son mas leales a las instituciones —escribe— los que se aproximan a ellas para adularlas, y para

recibir merced, a costa de sus servicios colaboradores; los mismos se destacaron años pasados con la

Dictadura y la Monarquía.»

Viene después un párrafo que suscita reflexiones muy interesantes. Es éste:

—«Faltan a la verdad los que presentan al Ejército como desafecto a la República. Mienten los que

inventan complots a la medida de sus pasiones. Prestan un desgraciado servicio a la patria los que

adulteran o inquietan la dignidad y el patriotismo de la oficialidad, presentándola con síntomas de

conspiración y desafecto. La falta de dignidad y de justicia de los Poderes públicos en la. administración

del Ejército, en 1917, hizo posibles las Juntas Militares de Defensa. Hoy podría decirse virtualmente que

las Juntas Militares están formadas.»

Afirmaba a renglón seguido que «hay síntomas de futuras luchas civiles» y «considera fácil evitarlas con

providencias de equidad y de justicia». Adviértese, a la luz de lo que luego aconteció, la trascendencia de

esta afirmación, dada la personalidad de Franco. Denuncia el riesgo que encierra la convivencia colectiva

del Ejército; revela que, aun viviendo a muchas millas de la Península, Le llegan por diversos medios

noticias ciertas de la situación de espíritu de las guarniciones. La carta termina de este modo:

—«Considero un deber poner en su conocimiento lo que creo de tan gran importancia para la disciplina

militar, y que Vuestra Excelencia puede personalmente comprobar, informándose por aquellos generales

y Jefes de Cuerpo que, exentos de pasiones políticas, vivan en contacto y se preocupen de los problemas

militares y de los sentimientos de sus subordinados. Muy atentamente, le saluda su afectísimo

subordinado: Francisco Franco.»

Si el ministro Casares Quiroga, en vez de dar la callada por respuesta y de archivar la carta, sin enterarse

de su importancia, hubiera llamado al despacho a su comunicante para dialogar con él, para discutir, si era

preciso, con ánimo sereno y positivo acerca de las soluciones posibles, ¿habría estallado la guerra civil? Y

en todo caso, ¿qué actitud final se supone que hubiera adoptado el comandante militar de las Islas

Canarias?

En cierta ocasión, alguien le hizo esta pregunta al propio General Franco, el cual respondió: «Claro es que

tomada mi carta completamente en serio, el estallido de la guerra civil pudo no haber sido tan

irremediable como lo fue. Por lo menos, era posible el aplazamiento, hasta que los comunistas se alzasen

contra ed Estado republicano.»

RUMBO A CASABLANCA Y TETUAN

En ves de una contestación del ministro, que parecía lógica, lo que llegó a Tenerife el día 13 de julio de

1936 fue la sobrecogedora noticia de que agentes del Gobierno y del extremismo frente-populista

llevando una camioneta del servicio oficial de la Policía Armada, habían asesinado al jefe de la minoría

monárquica parlamentaria, don José Calvo Sotelo. «Hubo en toda España, peninsular e insular, un

movimiento de horror y una sensación dramática incoercible; como si ya no hubiera remedio posible. Y la

verdad es que no lo había. En efecto; cuatro días más tarde, el General Franco recibía el siguiente

telegrama fechado en Melilla: «General Solans al General Franco: Este Ejército levantado en armas

contra el Gobierno, habiéndose apoderado de todos los resortes del mando. ¡Viva España!»

Personas que tienen motivos para conocer cuáles fueron las reacciones intimas del General Franco en

aquellos momentos dan la seguridad terminante de que fue el día 13, ante el asesinato de Calvo Sotelo,

cuando la decisión de recurrir a las armas se apoderó plenamente de la mente y del corazón de Franco, sin

posible vuelta atrás.

Coincidiendo con el alzamiento de Melilla, el comandante general del archipiélago canario tuvo que

trasladarse a Las Palmás para presidir el entierro del gobernador militar de la Gran Canaria, don Amado

Balmes, compañero muy querido de los días, aún no lejanos, de la guerra en Marruecos. Un accidente

infortunado, cuando examinaba una pistola, produjo la muerte de este general. Madrid autorizó el viaje de

Franco a Las Palmas. Este viaje, la aventurada estancia en dicha ciudad, el bullir y rebullir de grupos

fieles al Frente Popular que daban señales de hallarse dispuestos a todo contra cualquier intentona de los

militares, la llegada de una avioneta inglesa al aeropuerto de Gando, pilotada por un señor Webb y

ocupada por un señor Pollack, turista británico a quien acompañaba una hija; el cruce de consignas

secretas, de saludos en clave, de mensajes confidenciales; los movimientos del citado piloto inglés; el

embarque de Franco en una pequeña motora para trasladarse por mar al aeropuerto; el aire de misterio con

que se aproximó a la avioneta y el vuelo hasta Casablanca en el primer salto, y a Tetuán en el segundo

son otros tantos episodios de unas jornadas perfectamente novelescas. Ya han sido narrados en más de

una ocasión por plumas muy autorizadas y conoce el lector todos los pormenores. Tuvieron parte

señalada en todo lo referente al avión y al viaje de Las Palmas a Tetuán don Juan de la Cierva, joven

inventor del autogiro, residente en Londres; el marqués de Luca de Tena; don Luis Bolín, corresponsal a

la sazón de A B C en Londres; el diplomático don José Antonio Sangroniz; el teniente coronel Franco

Salgado;don Demetrio Mestre; el general de Sanidad Militar señor Gabarda; el teniente coronel jurídico,

señor Martínez Fusset; el capitán Villalobos, y dos o tres personas más que cumplieron misiones

auxiliares.. La aventura pasó por capítulos emocionantes en Agadir y en Casablanca, donde fue necesario

tomar tierra y procurarse combustible. Igual que en el más complicado enredo novelístico del género

policíaco.

Con muy poca gasolina en los depósitos, y sin saber a ciencia cierta si la toma final de tierra había de

efectuarse en Tetuán, en Tánger o en Larache, el propio Franco, que en Casablanca, había guardado su

uniforme en una maleta y se lo había vuelto a poner para entrar en nuestro Protectorado marroquí, dio

orden de volar muy bajo sobre el aeródromo militar de Sania Rarmel. en Tetuán. Allí advirtió la silueta

del coronel Sainz de Buruaga, a quien sus compañeros conocían por el cariñoso apodo de «el Rubito».

Este fue el dato que determinó el aterrizaje. Minutos después, Sainz de Buruaga se presentaba a Franco

con la frase consabida: «Sin novedad en Tetuán, mi Generail.» Franco asumía inmediatamente el mando

en jefe de nuestro Ejército de África.

 

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